Se encuentra usted aquí

Es hora de hablar del tortuoso camino de un hombre (joven) en el urólogo

“Doctor, es que yo orino en regadera.”
Foto: iStock
Foto: iStock
Por
Andrés Felipe Ramírez Rodríguez

Presentamos una crónica dolorosa para los hombres, ignorada para las mujeres que ya saben de memoria lo que es ir al ginecólogo. Un relato salvaje de una cita que pocos quieren tener pero que cuando toca, toca.

Por Andrés Felipe Ramírez

Desde hace años, cuando orino, el pipi se me va para el lado izquierdo. Me parecía algo normal y hasta un símbolo completamente coherente con la causa política, incluyendo la feminista: que todo apunte hacia la izquierda. Pero además, desde algún momento, ya no orinaba con contundencia, sino con lo que los científicos llaman “orinada en regadera”. 

Evité al máximo aceptar mis problemas urinarios y, más aún, compartirlos. Teniendo en cuenta que se me hacía verraco aceptar inconsistencias y hábitos sin contundencia en una actividad tan cotidiana y fundamental. A decir verdad era terrible pensar en mi vejez prematura. Tenía que reconocer que empezaba a manifestarse, no como le pasa a la gente normal, con una barriga in crescendo, o con pérdida deliberada de pelo, sino precisamente con mi más preciado aparato, el reproductivo, que no era tan preciado por reproductivo, sino por su dignidad, vitalidad y virtud.

Sin embargo, el problema se me hizo tan incómodo que decidí, después de largas cavilaciones mentales, casi todas nocturnas, ir al urólogo. En ese momento, la decisión era crucial para mi vida; de ahí en adelante podría ser diferente. Todo empezó con la llamada al consultorio, con mi voz suave y dubitativa para pedir la cita, y el posterior proceso de recolección de datos personales que en ese momento se me hacían demasiado personales. Tras el cuestionario de mi vida, la señorita me preguntó al otro lado de la línea con curiosidad latente cuál era mi motivo para asistir al urólogo. 

Seguramente veía en su pantalla que yo no tenía más de 30 años y se preguntaba qué podría motivar mi visita ante semejante destructor de masculinidades. Respondí con tranquilidad forzada que era un control de rutina. Después pensé que era lo peor que podría haber respondido, pues sugería que yo asistía con regularidad al urólogo. Estaba muy jodido.

Tras pedir la cita, duré ocho días pensando en aquel gran día. Era vital saber si mi doctor iba a ser hombre o mujer. No se sabía cuál era peor, aunque después de investigar exhaustivamente comprobé que había pocas urólogas; que me tocara una médica guapa era una posibilidad tan utópica como mi visita al ginecólogo. Analizaba con cautela el nombre del doctor, tratando de encontrar rasgos, tendencias sexuales, edad aproximada y un estrato social. Analizaba la hora de la cita y era la peor en ese momento para mí: un mediodía de consultorios llenos y de desocupados fisgones. Analizaba y analizaba la situación tratando de encontrar una excusa perfecta para no asistir, y las cosas se ponían bien feas pensando en cosas como “¿y si se me para mientras el doctor me examina?”, “¿será necesario que le muestre el pipi?” o “¿y si se me pone chiquito?”. Siempre que tengo miedo se pone chiquito, se esconde y se arruga aunque diga que no pasa ni en la piscina. Maldita vejez. 

Planeé algunos ejercicios para evitar pequeñeces y agrandamientos; kegel fundamental. Llegué con seguridad al centro médico, seguridad que me duró hasta que entré y empecé a sentir que todo el mundo me observaba y reía. Miraba de reojo mi entrepierna pensando que ahí no había nada. “Este seguro viene al urólogo porque no tiene nada”, deberían pensar todos.

Con discreción saludé a la guapa recepcionista, quien pidió mi cédula y nombre con coquetería, la cual cambio cuando miró su pantalla. “Felipe Ramírez, ¿12:40 con el urólogo?”, preguntó. Si estaba rojo antes, ahí estaba encendido de pena y de rabia; muchas miradas se concentraron en mí, que iba rumbo al urólogo, el posible fin de mi hombría.

Me senté inseguro haciendo como si nada, respondiendo a cada cuestionamiento con certeza en mi cabeza. Pero, ¡qué carajos! Era un tipo precavido que ama su cuerpo y su aparato reproductivo, nada más. Finalmente el doctor salió y me saludó con cordialidad y me dio la mano. Mierda, qué asco. ¿Cuántos pipis habrían cogido esas manos hoy que ahora son tan cordiales?

Entré a su consultorio que olía a pipi y a formol, y le manifesté mi incomodidad. Al tipo le importó un carajo y me empezó a interrogar sobre toda mi vida. En ese momento el urólogo sabía más de mi vida sexual que cualquier persona en el mundo. Preguntó hasta vainas que yo ignoraba, y todo iba a quedar guardado en ese computador para siempre. Mi vida sexual ahora podía ser pública, aunque no reunía prácticas tan aceptables como para serlo. Por favor, que mis papás nunca vean esto.

(Lectura paralela obligada: De cómo me sacaron del barrio Santa Fe después de 12 años de excesos)

Vi al fondo del consultorio a un señor saltando al vacío, como en paracaídas: así había sido mi decisión de ir a esa consulta. “Doctor”, dije con certeza, rápido y sin pensar, “el problema es que yo orino en regadera, mi pipi se va hacia un lado cuando orino”. Cuando iba a terminar de explicar mis problemas urinarios el doctor me interrumpió, y me preguntó casualmente:

-¿Y cuándo se le para? ¿También?

Frené mi discurso con un “no” rotundo. Me miró esperando que yo recapacitara. Tras un silencio incómodo le dije, “no sé, la verdad, doctor, tendría que preguntar”. La palabra “disfunción” taladró mi cerebro y me puso pálido cuando caí en cuenta que venía la peor parte: mostrarle el pipi, era obvio. Estaba paralizado.

¿Cómo estaría? ¿Será que sí estaba presentable o me iba a hacer quedar mal ahí todo chiquito y arrugado? Mierda, no lo sentía, creo que se escondía. ¡Mierda este man!

-Siéntese en la camilla y bájese los pantalones hasta las rodillas.

Mierda, estaba muy chiquitooo. Mucho hijueputa, si nunca es así, ¿por qué me hace quedar mal? Carajo me lo va a coger. Mierda, voy a cerrar los ojos y voy a pensar en una mujer bien buena. No, que imbécil, seguro se me para…

-Todo está normal don Felipe. Por favor venga por aquí y trate de orinar. Muéstreme cómo orina.

¿Qué? Este tipo está loco, ¿me quiere ver orinando?

Caminé como un imbécil con los pantalones abajo hasta el baño y traté de orinar, pero fue imposible; tener a este sujeto detrás no me lo permitió.

-Puede subirse los pantalones, creo que todo está normal. Ahora simplemente debe orinar con los pantalones completamente abajo y espichar debajo de los testículos cuando termine. Seguro le funciona, eso es todo.

“¿Eso es todo?”. Doctor, ¿cómo carajos iba a ser hombree sin poder orinar parado en cualquier parque? Imagínenme orinando en la calle con los pantalones abajo y espichándome debajo de las huevas para desocupar bien. Hijueputa, yo sabía; esto iba a cambiar mi condición.

Hasta luego doctor…Hijo de puta…

Traté de abrir.

Mierda no puedo. ¿Qué es esto? Este tipo me encerró…

Lo sentí venir detrás.

¿Qué pasa doctor?

Me temblaba la voz.

-Está con llave. A veces falla, no se preocupe.

Carajo, ¿a veces falla? Pipi, doctor, yo, ¿llave? ¡Jueputa! Ya podía respirar mejor.

Mierda, ya no soy el mismo…

Temas relacionados: