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Las botas de la revolución se hacen a medida y a mano

En un rincón del barrio carpintero La Cabaña, en Bogotá, contra todo pronóstico, tres generaciones se dedican a revivir el arte de la zapatería artesanal
Fotos: Alejandro Gómez
Fotos: Alejandro Gómez
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Redacción Shock

Trabajando con herramientas que fácilmente tienen 100 años de historia, Cristián gesta sobre su estómago zapatos, como si se tratara de engendrar hijos. Y es que un zapato se construye sobre el abdomen, como un bebé. O al menos eso decía uno de sus referentes, el zapatero Norman Vilalta. Para personas como él, o como Cristián, incubar un par de botas implica tiempo y paciencia. Dos componentes subversivos en un mundo acostumbrado, desde los ochenta, a la pronta moda. Un segmento caracterizado por la rapidez, la baja calidad y los trabajadores con condiciones precarias.  

Por Adela Cardona Puerta - @adelafajury
Fotos: Alejandro Gómez // Video: gioramirez15

La revolución de Cristián está en su oficio como zapatero artesanal, en su manera propia de hacer, que resuena con las palabras de la banda Conflict: “el punk se trata de hacer tus propias reglas, de hacer lo tuyo”.

Una sublevación contra el sistema que va mucho más allá de las botas Boover por las que se le reconoce y que hacen parte de su vida pasada como miembro activo de la escena punk bogotana. Ahora va a contracorriente creando zapatos a medida, con su padre, y enseñándole a su hijo un quehacer excepcional. Son tres generaciones dedicadas a revivir un arte en extinción, en un rincón del barrio La Cabaña, contra todo pronóstico. 

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La revolución se hace a medida y con las propias manos

Una de las características de la estética punk es el llamado do it yourself (hazlo tú mismo). Bajo ese principio funciona la Zapatera La Libertad: son Cristián, su viejo y su hijo quienes hacen los zapatos con sus propias manos, de principio a fin. No hay cadena fordista de operarios que solo han aprendido a hacer una parte del proceso. Son dos aspirantes y un artista zapatero quienes se la meten toda a hacer un par de botas. A punta de cuchillos, pedazos de vidrio, hueso, una Singer y, ante todo, tiempo.

“Para fabricar como lo hacemos nosotros, se necesitan más o menos veinte días. En el terminado se van tres días más y hay que sumarle otro par para armar suela y tacón en cuero. Si es pintado a mano, puede demorarse aún más. Lo bueno es que es un zapato que te puede durar diez años y, si se cuida bien, hasta veinte o más”. 

Cuenta Cristián, y lo compara con el tiempo que puede implicar hacer un zapato que apenas está cementado, pegado con tachuelas, y hecho con una suela prefabricada que asemeja haber sido cosida para pretender ser “hecha a mano” pero no lo es. “Para fabricar un zapato así se gasta un día y si es de imitación cuero te puede durar, si mucho, por ahí seis meses”. 

Para él, debería haber una forma de diferenciar entre quienes hacen las cosas como ellos y quiénes la hacen de otra. “Una suerte de etiqueta que verdaderamente certifique que estás caminando sobre unos zapatos hechos por un artesano, que te diga si son hechos 100% a mano o con una máquina manejada por un operario, o con tal técnica automática”. Una manera de proteger lo valioso del oficio y proteger al consumidor también de la publicidad engañosa. 

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Y es que notar que algo será durable, que está hecho a mano o de manera artesanal no es fácil para el ojo poco entrenado de un consumidor de a pie: por fuera todo se ve igual. El secreto está en el proceso, en la estructura, en los materiales y —antes que nada— en la experticia del artesano. 

En su taller, por ejemplo, Cristián y Luis elaboran piezas teniendo en cuenta la especificidad de cada pie. Porque el largo de un pie puede ser parecido al de otra persona, pero el empeine puede ser más alto o más bajo, la medida plantar distinta o uno puede tener pie plano u otro no. 

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Por eso, en La Libertad se tiene en cuenta cada centímetro del pie, cada juanete, para luego escupirlo. Así describe Cristián el proceso: 

“Toca coger un tronco de madera y fabricar la horma en madera, con las indicaciones de tu pie. De ahí se sacan los moldes, para después de encintar la horma. Luego cojo los patrones, elijo el cuero: miro para donde tiene que estirar, para que el corte le dé bien a la horma. Después pongo el cuero a guarnecer, es decir, coger las piezas de cuero y unirlas. 

Luego de eso, viene lo complicado: fabricar la plantilla. Se necesita de agua, cuchillos y sol. Se remoja en agua, se pone en la horma, se apunta para que coja la forma de la horma. Y al otro día se empieza a figurar, que es darle la forma a ese pedazo de cuero: se empieza a tallar a mano, para darle una especie de canales por dónde va a venir cada hueco.  

Luego se usa el cáñamo o lino importado y se encera con ceras y aceites vegetales.  Esto se hace para que se impermeabilice y no se pudra. Solo haciendo ese hilo me gasto un día.  Cuando ya está terminado, se empalma el cerco a mano cosiéndolo.  A continuación, se rellena de corcho y se le pone el cambrión —que hace que el zapato tenga altura, mantenga su forma,  y no se desparrame para los lados o se quiebre–. Es como un edificio con sus vigas metálicas. Luego se rellena con cuero y queda una suela que no es prefabricada”.

Es un proceso que muy pocas personas en el país saben hacer en la actualidad. “No hay mucha gente que tenga interés en aprender el arte de la zapatería, porque lo que busca la mayoría es una manera de ganar dinero. Y en la zapatería no se puede. Hace treinta o cuarenta años se podía. Ahora un par de zapatos no pasa de 40 o 50 mil pesos”, dice Luis. 

“Por eso la gente que hace un zapato a mano ya no existe tampoco. Somos personas en vía de extinción las que sabemos hacer un zapato entero. Los amigos que sabían se han ido muriendo y no dejaron como herencia a sus hijos este oficio. La mayoría de estos zapateros antiguos le dieron estudio para salir adelante porque vivieron este arte, que para mí es el más bonito del mundo, como algo horrible”. 

Su hijo, Cristián, a pesar de que quiso en algún momento ser maestro de Ciencias Sociales o Historia, hoy considera que el oficio es más importante que tener un título: “la mayoría de personas piensan que estudiar en una universidad lo es todo, que  con eso cogieron el cielo a dos manos y ya van a tener una estabilidad económica. Y uno sí debe tener una carrera, pero también debe tener un oficio. Y lo digo porque viajé por varios países de Latinoamérica y un zapatero se necesita acá o en Cafarnaún”. Por eso a su hijo le enseña desde pequeño de dónde sale la plata de su papá: “para que le sirva para viajar y para no tener que rendirle cuentas a ningún patrón”, dice. 

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Ese es justamente uno de los problemas que Cristián quiere solucionar. “En abastos, los que han dado su trabajo son campesinos y los que tienen prestigio son los de Abastos. Lo mismo pasa en el gremio de los zapateros: el que tiene prestigio es el dueño de la fábrica o las marcas, no los que se cortaron las manos y dejaron de estar con sus hijos por dejarle dinero a otro. Lo que queremos con mi viejo es que las personas fabriquen sus propios zapatos y que se valore su trabajo. No que vengan personas que pretendan pagar 50 mil pesos por un trabajo que mi papá hace de alta calidad”. 

Su papá lleva 43 años en la zapatería. Fue el único ayudante de su hermano desde que tenía 13 años, trabajó como obrero para una empresa que fabricaba zapatos ortopédicos y tuvo una fábrica en la que trabajaron hasta 60 empleados. Fue allí donde le enseñó a Cristián a montar ojaletes y cargar el cuero desde que tenía 9 años. Luego todo se vino abajo. Las condiciones cambiaron: la importación extranjera sin protección del Estado, la entrada de materiales sintéticos baratos y la exportación del buen cuero colombiano al exterior hicieron que su trabajo fuese demasiado caro para el mercado. 

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Reparaciones para una vida digna

Años después de que su padre cerrara el negocio, Cristián le propuso que volvieran a trabajar como antes: a mano, a medida y con cuero colombiano. “Nosotros usamos cuero colombiano porque lo que queremos es fabricar con material bueno, servirle a las personas que curten cuero. Para que el dinero se quede acá en Colombia yo le compro al curtidor y él le compra al carpintero que fabrica mesas”, cuenta. 

Para él esa es la razón de ser del dinero. No es acumularlo para comprar casas o carros —como dicta nuestro capitalismo—, sino para distribuirlo, usarlo para ayudar y compartir. Esto pretende hacer cuando logre recoger lo suficiente para enseñarles a madres cabeza de familia de barrios periféricos cómo reparar zapatos, para que tengan una forma de ganar dinero mientras están con sus hijos. “Quiero que puedan trabajar en un taller de reparación con el conocimiento completo, no como en la mayoría de las remontadoras, atendidas por personas que llegaron de asalto, que dejan las cosas mal hechas”, explica. Cristián no se ve como el soñador burgués que se realiza con casa, carro y beca. Sueña con una parcela a las afueras y la zapatería le permitirá hacerlo en algunos años. Pero no quiere que solo se lo permita a él. Por eso es elemental la labor que desempeña como maestro, ya no de ciencias sociales, sino de su oficio, para que este perdure y perduren también las historias de las personas que lo practican. 

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El punk no ha muerto 

Las botas, el símbolo de cercanía con los movimientos obreros que utilizaron los punks, los skinheads o los rudeboys en sus orígenes en Reino Unido, en la Zapatera La Libertad suponen también un acto anárquico. Una decisión consciente de apostarle a la experticia que cargan tres pares de manos que, puntada tras puntada, y aunque alejados del movimiento, viven el punk. O al menos el ímpetu de resistencia que le caracterizaba.

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