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Los peligros del feminismo pop y lo que hay que agradecerle a Trump

La discusión de la inequidad de género está igual o más enredada que la discusión política en nuestro país.
IStock
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Por
Victoria Cornejo

La era del Trumpismo ha tenido un efecto parecido al que tuvo el Sí y el No en el plebiscito por los Acuerdos de Paz con las Farc. En un país en donde la guerra hace parte del paisaje era difícil entender la importancia de ese plebiscito y lo que se estaba jugando. Los pocos que estuvieron atentos a lo que estaba pasando, se unieron como nunca antes. Se encargaron de que la gente se interesara por la situación, se movilizaron, crearon iniciativas artísticas, fueron a conocer las regiones más afectadas, hicieron mesas redondas, tertulias, libros, cuentos, documentales y hasta películas con respecto a la guerra en Colombia. Por esos días el tema de conversación en los pasillos de las oficinas, restaurantes, universidades y colegios era el plebiscito. A pesar de que llevamos más de 50 años en guerra nunca nos habíamos preguntado las cosas que nos preguntamos durante esos días. 

Por: Victoria Cornejo 

Como en casi todas las cosas de la vida, hasta que no se toca fondo no se hace algo al respecto. Lo mismo está pasando con Trump. El guache del espectáculo presento su candidatura y todo parecía un chiste, como cuando el Cuentahuesos se postuló al senado o la Gorda Fabiola al concejo de Bogotá. A medida que avanzaba la campaña las cosas se ponían un poco más serias, pero igual, nadie creía posible que el dueño de Miss Universo fuera a ganar hasta que ganó. El nuevo presidente de los Estados Unidos era un señor con escándalos de acoso sexual. La indignación fue mundial y la victoria de Trump fue como una bofetada para las mujeres del mundo, fue como pasar por encima de todas para subir al podio sin que nada más importara. Trump puso sobre la mesa el tema del acoso sexual y la inequidad de género.

En octubre del 2017 el New York Times y el New Yorker reportaron que más de una docena de mujeres habían acusado al productor hollywoodense Harvey Weinstein de acoso y abuso sexual. A raíz de eso nació el hashtag #MeToo con el que las mujeres de varias partes del mundo denunciaban casos de acoso sexual. El impacto en las redes fue masivo y muchas mujeres se atrevieron a hablar de algo que jamás habían hablado en su muro de Facebook contando detalles de cómo en el colegio, en el trabajo, en el Transmilenio, etc… se habían sentido acosadas.

Se consultaba a feministas para tratar de definir qué es y qué no es acoso, ya que a raíz del #MeToo todos estábamos algo confundidos con los límites del acoso. Como cuando una usuaria de Uber denunció al conductor porque después de finalizar el viaje él le escribió a ella que le “había parecido una mujer muy agradable” y que quería saber si era posible conocerla un poco más, y al final le dice “si no quieres no hay problema. Gracias”. La usuaria lo denunció por acoso y el caso salió en todos los medios. Pero ¿es acoso decirle a alguien que le parece agradable?

Cuando el machismo se vuelve un tema recurrente y uno empieza a detectarlo en la vida cotidiana, hasta los más pequeños detalles están cargados de inequidad de género. A las mujeres nos acostumbraron a que son los hombres los que llevan el ritmo de las relaciones desde “me invitó a salir” hasta “me pidió la mano” y hemos normalizado eso a tal punto de que ya no sabemos qué es y qué no es. Todos los escándalos de los últimos meses han tergiversado un poco más la discusión y las redes sociales, como siempre han sido el lugar donde se da la discusión. Las feministas han alzado la voz y nos han hecho caer en cuenta de que necesitamos una liberación y reivindicación de los derechos y en gran parte Trump nos ha traído hasta acá. 

Pero para hablar de feminismo no basta solo con ser mujeres, porque muchas veces lo que e pasa es que por exigir nuestros derechos de manera deliberada estamos cayendo nosotras mismas en el mismo machismo. Es muy irónico que en la pasada entrega de los Golden Globes todas las actrices quisieran sentar un precedente al irse vestidas de negro en señal de protesta por las injusticias que viven en la industria del entretenimiento, cuando son ellas mismas las que han creado todos estos estereotipos de lo que debe ser una mujer y lo que debe ser un hombre.

Pero así como el tema del momento en Hollywood y en el mundo es el feminismo la manera de verlo no debería ser desde un bando o desde otro, todas las mujeres unidas en contra del patriarcado a un lado del ring, porque entonces damos la vuelta entera y volvemos al mismo lugar. Involucrar a los hombres y hacerlos caer en cuenta de que el patriarcado es también para ellos una cárcel que los ha hecho privarse de muchísimas cosas sin razón alguna, de esconder su sensibilidad y ser fuertes -como si eso fuera virtud- y vestir colores oscuros, entonces otra manera de plantear la discusión podría ser generando un poco más de consciencia en todos y todas porque es que el machismo no es una cosa que solo nos ha afectado a nosotras. Hay que involucrarlos a todos porque o sino de nada sirve haber llegado hasta este punto. 

Luego de los Golden Globes un grupo de artistas francesas escribió un manifiesto en contra del puritanismo sexual en donde explican por qué no están de acuerdo con ciertas cosas que ahora estamos exigiendo las mujeres. Por qué creen que la seducción torpe y la galantería no son un delito y por qué movimientos como el #MeToo pueden tener repercusiones negativas en nuestra sociedad que cada vez está más dividida.

Suficiente hemos tenido con Uribe o Santos y el Sí o el No y la guerra o la paz como para ahora estar pensando que tenemos que luchar todas contra todos por nuestros derechos. Ideal sería luchar todos (con o de hombre del hombre que se refiere al ser animado y racional mujer o varón) en contra del machismo y que los hombres se vistan de colores y las mujeres tomemos las iniciativas sin miedo y dejando a un lado los códigos que nos han insertado de esperar a que nos inviten, esperar a que nos propongan. 

Si exigimos una sociedad igualitaria deberíamos empezar por nosotras mismas y dejar de exigir que sean ellos quienes paguen la cuenta y abran la puerta. Antes de empezar a juzgar y a gritar a los 4 vientos que “somos feministas” deberíamos empezar a dejar esos códigos en los que el hombre es el macho proveedor y la mujer la hembra que lo complace. Dejemos la caballerosidad y volvámonos iguales. 

Que la discusión esté en boca de todas es un gran paso, pero no es solo eso, hay que indagar y cavar y romper la capa superficial del asunto que es el hoy feminismo pop para sumergirnos en todo lo que desde nosotras mismas tenemos que empezar a hacer, y por supuesto que ellos tienen que empezar a hacer. Chévere sentirnos empoderadas y el girlpower, pero no nos dividamos porque corremos el peligro de estar polarizados no solo políticamente sino socialmente, más de lo que ya estamos. 

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