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Malditas lesiones: Falcao y la tragedia de los cracks de cristal

El día que los periodistas abran un libro y dejen ir esos lugares comunes para siempre, a lo mejor Falcao deja de lesionarse.
Por
Álvaro Castellanos

Cada vez que el 9 retoma un buen nivel, se lesiona, se pierde grandes partidos y preocupa a todos. Y luego retoma un buen nivel, pero se lesiona, se pierde grandes partidos, preocupa a todos. Y así sucesivamente.

Por: Álvaro Castellanos

Por las llagas de Jesucristo, ¿qué le pasa a Falcao que siempre se lesiona? Porque además de recaer en problemas de rodilla también le dan en la cabeza, en las costillas o hasta en la ingle, que fue su última dolencia. Es como si la “buena energía” que le enviamos a diario con hashtags tan pendejos como #FuerzaTigre derramaran en él una sal imposible de recoger. Es una sal que, aparte, no merece. A diferencia de otros futbolistas colombianos, Falcao es un tipo ejemplar, buena gente, sacrificado, decente. Eso sí, ha logrado cosas increíbles, triunfos imborrables, pero su maldición impide que hayan sido más.

Muchas preguntas caen sobre el Falcao versión 2017. ¿Podrá estar en el Mundial de Rusia? ¿Evitará nuevas lesiones? ¿Le alcanzará para ir a brillar a algún club de elite mundial? ¿Ganará más títulos? ¿Volverá al mejor nivel que le conocimos en el equipo de Cementos Argos? Lejos de saberlo, su historia parece una telenovela dramática de guion predecible. Cada vez que el 9 retoma un buen nivel, se lesiona, se pierde grandes partidos y preocupa a todos. Y luego retoma un buen nivel, pero se lesiona, se pierde grandes partidos, preocupa a todos. Y así sucesivamente.

Para la memoria

Todos recuerdan la lesión que sacó a Falcao de Brasil 2014. Soner Ertek, un profesor de geografía que jugaba fútbol en sus tiempos libres, le rompió el ligamento cruzado de la rodilla izquierda en un juego irrelevante por la Copa de Francia. Pero pocos recuerdan que, a los 19 años, el ídolo se rompió el ligamento cruzado de su otra rodilla, la derecha, mientras calentaba para un River-Oriente Petrolero por Copa Libertadores. Era apenas 2005, pero Falcao, aun sin enviciarse a la plancha para el pelo, ya sabía qué era lesionarse. Dos años antes, en 2003, se perdió el Mundial Sub-17 de Finlandia por otra rotura de ligamentos: en un tobillo.

A pesar de tener la peor lesión del fútbol en ambas rodillas y un reguero de otras molestias físicas que le joden la continuidad y la confianza, Falcao se mantiene vigente en el mainstream del fútbol. Un milagro provocado por él mismo. Su reputación va más allá de su manager Jorge Mendes (que lo llevó sin suerte a Manchester United y Chelsea). Si Falcao sigue siendo una superestrella en Europa, es gracias a virtudes tan poco colombianas como la persistencia, el trabajo, el esfuerzo y la mentalidad ganadora.

 

No quiere «volver a rugir»

Cuando Falcao no pudo estar en Brasil 2014, la noticia trajo tristeza, lágrimas y millones de titulares idénticos tipo “El tigre quiere volver a rugir”, los cuales aún leemos cuando el samario recae en líos físicos. Tres años después de su peor lesión, que después no lo dejaría lucirse en Manchester ni en Londres, Falcao se sacudió la sal, botó su plancha para el pelo, modernizó el corte y brilló otra vez.

En esta campaña, el goleador histórico de la selección suma más de 20 anotaciones con el Mónaco y le metió una barbaridad de gol al City para sacarlo de la Champions, con gambeta, velocidad y pisadita incluidas. La increíble temporada de Radamel, que nos recordó su mejor versión cuando jodió al Chelsea en una Supercopa Europea, nos alborotó a todos. De ahí que la prensa reencauchara su porquería de titular, ahora convertido en “El tigre vuelve a rugir”. El día que los periodistas abran un libro y dejen ir esos lugares comunes para siempre, a lo mejor Falcao deja de lesionarse.

Sin embargo, lo sabemos, tanta efervescencia duró poco. Los colombianos, que vivimos de la ilusión para no morirnos de tristeza, lamentamos la última lesión que colecciona Radamel, en la ingle, y volvemos a inquietarnos sin saber si podrá recuperar su alto nivel. Ya reapareció y hasta anotó en el partido contra el Angers. ¿Cuánto durará esta racha?

Masacrar ídolos: deporte nacional

Iván Mejía, gran comentarista, aceptable columnista y un mala-leche consumado, dijo en 2015 que Falcao era “un ex-futbolista” por su exceso de lesiones. “Yo quiero mucho a Falcao pero me parece que es un exfutbolista. Él tendría que pensar en dejar de ganar millones y millones para su iglesia. Debe dedicarse a jugar al fútbol en un equipo de media tabla, donde pueda jugar 90 minutos”. Ahora que el goleador postergó su regreso a la selección, imagino al comentarista acariciando su arzobispal barriga, lanzando risas macabras, con una bata de satín y sosteniendo una copa de coñac, al estilo de los malvados clásicos.

Lo de Iván Mejía se trata, al fin y al cabo, de una maldad muy colombiana. Ser crítico está bien; ser un cafre, no. Pero es que bajar la caña nos fascina. Es una forma en la que ponemos en evidencia nuestras frustraciones. Nos encanta trapear el piso con los ídolos. Los destruimos con la misma pasión con que los creamos. Y Falcao lo sufre. Cuestionamos sus decisiones deportivas, atribuimos su peor lesión a la codicia de ir a ganar plata a Mónaco, donde no se declaran impuestos, como si fuera tan fácil ir a rechazar sueldos semanales de 1200 millones de pesos colombianos. Francia fue un desacierto deportivo, puede que sí. Pero con el periódico del día siguiente bajo el brazo, cualquiera tiene la razón. En fin.

Cracks de cristal

Las lesiones son un palo en la rueda que se atraviesa en el éxito de un deportista. Es el efecto colateral de saltar a una cancha, así que no sufrirlas es casi imposible. Es difícil pensar en futbolistas profesionales que no se hayan lesionado con algún grado de complejidad. Y todos, desde el tercer arquero de Fortaleza, hasta Messi y Cristiano, están en constante riesgo de que les machaquen los músculos, los huesos o ambos. Cuando las lesiones son constantes,  al futbolista le llega un problema endémico, recurrente. Una sombra de la que se hace imposible desmarcarse. Volver, jugar, recaer, recuperarse, volver, jugar, etc. Es la pesadilla de Falcao, pero también la de muchos futbolistas reconocidos y hasta legendarios.

Leyendas opacadas

Si Ronaldo Nazario de Lima, el real, el brasileño, no se hubiera lesionado tanto, hoy podría ser considerado el mejor futbolista de la historia. Igual fue tan bueno que le alcanzó para meterse entre los seis o siete mejores. A comienzos de 2000, cuando comenzaba a ponerse gordo, volvió con luego de seis meses de una lesión de tendón rotuliano. Inter de Milán jugaba la final de la Copa Italia contra la Lazio, un equipo súper poderoso en ese tiempo y, poco después de entrar a la cancha, haciendo una gambetica sobre el balón, el fenómeno se desplomó solo, se rompió del todo el tendón de la rodilla y su forma de jugar cambió para siempre. Cuando volvió, un año después, se convirtió en 9 de área. Ya no tomaba el balón y apilaba rivales. Se volvió un definidor. En 2002, ganaría el Mundial, y luego iría al Real Madrid de los “galácticos”. Pero, como si el azar no hubiera sido lo suficientemente cruel con él, jugó su último partido como profesional visitando el glamuroso Murillo Toro de Ibagué en un juego de Copa Libertadores en que su equipo, Corinthians, quedó eliminado a manos del Deportes Tolima.

Algunos escalones debajo de Ronaldo, no tantos, está el holandés Marco Van Basten. Los que lo vieron jugar ratifican que todo lo hacía bien. Era delantero, pero podía arrancar desde la mitad de la cancha y crear sus propias opciones de gol. Dúctil, lírico, definidor. Hacía que lo imposible pareciera fácil. El holandés, campeón de la Euro en 1988 e figura de ese AC Milan perfecto de finales de los ochentas, dejó de jugar a los 29 y se retiró a los 31 por una avalancha de lesiones en sus tobillos que se los dejaron de cristal. De no haberse lesionado tanto y haber jugado más tiempo, pudo llegar a estar casi al nivel de Johan Cruyff.

Real Madrid, experto consumado en marchitar futbolistas, arruinó la carrera de Kaká y la dejó en un declive que el brasileño no pudo revertir. Luego de ganar el Balón de Oro en 2007, último trofeo que no fue para Messi o Cristiano, Kaká salió de Milán a Madrid en 2009 con la expectativa de pasar a la historia, pero una pubalgia mal llevada (lesión producida por exceso de cópula) y operarse mucho después evitaron que brillara junto a Cristiano, Benzema y compañía. Cuatro años después, cuando Kaká logró escapar de Madrid, todo estaba consumado, física y emocionalmente para su carrera, que hoy concluye en la pusilánime MLS.

Goleadores, pese a todo

Si juntamos al francés Just Fontaine y al argentino Gabriel Batistuta tendremos, más de 650 goles en conjunto. El francés, dueño del récord de más goles en un Mundial (13 en Suecia-58), se tuvo que retirar a los 28 años. En una época de cuidados médicos nulos, el goleador del Stade de Reims no se pudo reponer de una fractura de rodilla y terminó su carrera muy joven, pero con casi 300 goles: una monstruosidad de cifra para la edad que tenía. El mítico Batistuta, que metió 356 goles en su carrera, dice que en su tramo final (Inter de Milán y el fútbol de Qatar) casi no podía correr. Famoso por ver el fútbol no como una pasión, sino como un trabajo donde quería ser el mejor, Bati-gol dijo hace unos años, medio en broma medio en serio, que a veces quería que le cortaran las piernas para evitar el dolor.

 

Andar lesionado


En esta categoría, en la que podría ir Falcao, hay dos jugadorazos aún jóvenes que han visto estacadas sus carreras por andar lesionándose: Sergio Agüero y Marco Reus. El “Kun”, ídolo consumado de Manchester City, lleva varios años dando tumbos y cayendo en baches futboleros por culpa de pequeñas lesiones musculares y de ligamentos que no lo dejan jugar con el potencial de Independiente y Atlético Madrid, que lo tenían casi al nivel de Messi. En tanto, el delantero del Borussia Dortmund fue uno de los mejores de la selección alemana de los últimos años, pero su lluvia de lesiones (desgarros, rotura de ligamentos de tobillo, distención de ligamentos) ha caído con furia y con el peor timing posible: apenas para perderse el Mundial de 2014 y la Euro de 2016. En tres años, el crack del Dortmund ha sufrido más de 10 lesiones oficiales. Pese a todo, Reus sigue jugando al fútbol aferrado a su voluntad y su talento. Sebastian Deisler, otro alemán, tuvo que retirarse en 2007, con 27 años, luego de cinco operaciones de rodilla que le produjeron una depresión de nivel psiquiátrico.

Olvidados lentamente

Bayern Múnich conserva dos cracks “dosmileros” que poco a poco han ido desapareciendo de la recordación de los hinchas. El holandés Arjen Robben y el francés Franck Ribéry. Del primero uno ya no se acuerda ni de sus piscinazos porque juega muy poco. Tuvo más suerte que Kaká, porque si bien en Real Madrid acumuló nueve lesiones musculares en dos años y casi no jugó, pudo saltar al Bayern, donde ha sido figura y sumado toda cantidad de títulos durante ocho temporadas. Su lista gigante de lesiones, que van de serios problemas de rodilla, pasando por desgarros y dolencias en meniscos e ingle hacen que el holandés de revejido semblante no interese más a otros equipos por su propensión a las lesiones. Tal vez más olvidado está Ribéry que en 2014 estuvo fuera seis meses, se perdió el Mundial, y en 2015 no pudo jugar en casi todo el año por romperse los ligamentos de un tobillo y recaer en pequeños resentimientos. En la última temporada no se ha lesionado, pero es poco lo que jugó por la superpoblación de talento de su equipo.

Ser olvidado poco a poco es algo que sufrió Pablo Aimar, el argentino mundialista en 2002. En 2015, después de ir diluyéndose y de pasar por destinos tan serie B como Malasia, el “payaso”, con su aspecto juvenil de siempre, no alcanzó a regresar oficialmente con River Plate. Luego de diversas operaciones de tobillo decidió frenar su vuelta, agradeció por todo y dijo adiós.

En Colombia

Detrás de la ausencia de Falcao de Brasil 2014, también se quedaron fuera otros jugadores como Edwin Valencia, un jugador de cristal que poco le sirve su posición de volante central. Lugo de vivir lesionado en Fluminense y Santos, su llegada a Atlético Nacional en 2017 tuvo toda la repercusión, pero a la fecha apenas ha jugado unos minutos por culpa de diferentes percances físicos como desgarros.

Otro nombre de selección Colombia que ha jugado oficialmente poco en los últimos años es Camilo Zúñiga. En Watford ha tenido lesiones reiteradas de tobillo, pero que siga jugando en la actualidad es medio milagroso, porque durante su época en Napoli, llegó a considerar el retiro del fútbol por «osteofitos», la aparición de una especie de hueso en la articulación de una rótula, que lo hizo jugar 24 partidos a nivel de clubes entre 2013 y 2016. Más que una lesión, era una enfermedad que casi lo saca del fútbol. Paradójicamente Zúñiga sí fue al Mundial y hoy busca jugar más en un fútbol inglés, que poco favorece a los colombianos.

El peor de todos

Se llama Abou Diaby, es francés y hace más de una década era un interesante prospecto que salió del Auxerre con rumbo al Arsenal. El quijotesco volante, que llegó a ser comparado con Patrick Vieira por su calidad como mediocampista de largos recorridos, llegó a los Gunners en 2006, pero semanas después de su fichaje sufrió una fractura horrorosa de tobillo que lo forzó a ser operado tres veces para poder jugar de nuevo. La reacción en cadena de su tobillo roto derivó en un número inconcebible de lesiones: 40 (cua-ren-ta, en serio), en las siguientes siete temporadas. Dolores abdominales, contusiones en la cabeza, problemas de espalda, desgarros, lesiones de muslos, esguinces y la lista sigue. El pobre Diaby casi debe permanecer en una urna de cristal sellada al vacío para no lesionarse. En el presente, «salchicha», como lo apodó el narrador Bambino Pons por lo endeble, tiene 30 años y juega en el Olympique de Marsella. «Juega» es un decir, porque, claro, hace meses está lesionado.

 

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