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Oda, lamentos y quejas al baño público

Sicoanalizamos los baños públicos, el tipo de papel higiénico que ofrecen, el arte en sus paredes y puertas, y las penas que nos hacen pasar.
Foto: Gettyimages
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Por
Andrés Felipe Ramírez Rodríguez

Basado en mi amplio conocimiento de baños públicos alrededor de la ciudad, puedo constatar que estos espacios son privilegiados para revelar cantidad de cosas sin tener que decir una sola palabra. Las características del baño y el tipo de usuario revelan mucho del lugar y del ser humano, sobre todo cuando uno siente que se va a estallar por dentro.

Por: Andrés Felipe Ramírez Rodríguez

Sentado algún día en los baños del Terraza Pasteur, mientras sostenía la puerta con el pie derecho porque el cerrojo estaba averiado, me cagaba literalmente de la risa de la cantidad de mensajes sucios y deseos reprimidos plasmados en la puerta de metal roja, además de pipis y huevas pintadas por todo lado y números de celular ofreciendo todo tipo de fantasías. Surgían en mí preguntas como: ¿será que la gente deja el teléfono suyo de verdad o se mofa a un amigo? ¿Qué pasa dentro de las cabezas de las personas que, mientras cagan en un baño público de muy mal gusto, se les ocurre sacar algún artefacto, esferos, destornillador, puñal, y rayar en una puerta este tipo de cosas?

Luego me dio la curiosidad antropológica de saber qué se pinta en las puertas de los baños de mujeres. ¿Será que pintan enormes vaginas y ofrecen servicios o serán más proclives las mujeres a pintar lenguas viperinas o pipis muy afrodescendientes? ¿Qué tipo de deseo o represión se manifiesta en las puertas femeninas? Quisiera entrar al baño de mujeres y curiosear la vida social, así como lo hacen las señoras del aseo en el baño de hombres.

Todas estas preguntas que me remitieron a pensar que cagar en sí mismo es una acción con un valor simbólico particular, donde se elevan plegarias casi al nivel de la adoración de un dios, con suspiros profundos y ojos cerrados. El baño público se convierte por poco un templo en el que como en casi ningún otro lugar se puede apreciar la humildad humana; en definitiva, nubla la conciencia e ignora la dignidad. Ni en la iglesia del 20 de Julio se puede ver con tanta frecuencia lo que significa sudar y recordar a Dios pidiéndole con total humildad que el baño esté desocupado, que el dispensador de papel no se trague la única monedita, que por favor no se tape el baño y que el papel sea de calidad.

Y llega a ser en ocasiones motivo de festejo nacional, y hasta recrea una sensación de renovación, de un nuevo vivir, acompañado de un “gracias Dios mío por haber puesto este baño en mi camino si no, no sé qué habría sido de mí”. En los baños se comparten intimidades de nivel superior y las miradas entre sus visitantes son cómplices de una satisfacción única del acto creativo, de hacer algo uno por uno mismo, de observarlo con orgullo nadar con espontaneidad cuando ha sido producto de lo más profundo de las propias entrañas. Es la mejor versión de un artista contemporáneo que crea desde el lugar más puro y espontáneo; todo esto revelado en un espacio social compartido que da muestras de vida y solidaridad humana.

Y no solo esto, las características del baño y el tipo de usuario revelan mucho del lugar y del ser humano, sobre todo cuando uno siente que se va a estallar por dentro, cuando las venas titilan con intensidad, hay una sensación inminente de muerte, y a la persona se le quitan las ganas de disimular, se quita todas las máscaras y muestra su verdadera cara en lugares públicos que ahora hacen las veces de ágora.  

Y dentro del ágora hay distintos tipos de espacios de acuerdo a su posición en la escala social; baños públicos gratis que no escatiman cuando de papel higiénico se trata. Otros que sacan lucro de sujetos que son un relojito con sus labores residuales y su desprolija incapacidad para controlar esfínteres. Para esto toca andar con monedas de 200 viejas de las grandes porque las nuevas no sirven y por si acaso de 100 porque algunos baños usureros, con sus máquinas literalmente tragamonedas, cobran 300 pesos por 4 irrisorios cuadritos de papel ordinario.

Hay que tener mucho cuidado en la medida en que estas máquinas pendejas se pueden tragar las monedas si no se ponen en el orden correcto: primero la de 200 debajo la de 100. Es que es catastrófico, elevado al nivel de parto, que nada salga por no meter bien la plata y tener que salir corriendo por todo el centro comercial, o por las calles, a cambiar monedas, transpirando hedor habiendo tenido que ceder previamente el lugar privilegiado al idiota de sonrisita maricona que estaba detrás de uno en la máquina, y que por obvias razones no iba a colaborar.

En estos casos las personalidades precavidas, ordenadas y cuadriculadas salen a relucir y llevan siempre en la maleta pañitos húmedos porque además son conscientes que ese papel ordinario irrita la colita. Ese papel ordinario que encontramos en baños de papel gratis, ese papel periódico de miscelánea de barrio que no tiene ninguna consideración con el ano, es invasivo y parece que fuera hecho con vidrio molido sin estar bien molido.

En el peor de los escenarios los dueños de los establecimientos y estos centros sanitarios lo hacen pasar a uno por la pena de sacar el papel delante de todas las personas, porque por alguna razón desconocida no está en cada cubículo, sino que a manera de control social, lo hacen público a la entrada del baño. Y eso si no hay una persona a la entrada que recibe la plata, controla los cuadritos higiénicos que entrega hasta que toque mirarla con complicidad y decirle muy pasito, “otro poquito, por favor”. Qué humillación.

Caso diferente a baños de universidades y oficinas elegantes, en los que uno se siente cagando en el Vaticano; baños rebosantes de papel gratis suavecito, acolchado doble o triple hoja con pliegues perfectos para la colita, que producen bienestar y donde uno siente que le está dando lo mejor a su cuerpo. Lugares donde no hay que cohibirse de utilizarlo porque cada estación tiene su proveedor individual.  

En esos baños de papel suavecito tipo Vaticano, que en un centro comercial están en los últimos pisos, uno seguramente se encuentra con lujos como ganchos para colgar la maleta o la chaqueta. Además, se siente tranquilo porque la cerradura es confortable, brillante y segura, permite buscar entre la maleta algún juguete para entretenerse, algún libro o, en el mejor de los casos, la revista 15 Minutos para cagar con soltura, gusto, espontaneidad y desenvolvimiento absoluto mientras lee estupideces. Porque definitivamente en ese momento hay que tener el cerebro con poca actividad para que funcione el matrimonio cagada-lectura, cagada- juego. Alguna vez intenté leer el Ulises de James Joyce en el baño y fue fracaso rotundo; era como si el cerebro requiriera demasiada atención para entender y no se soltara a algo aparentemente insignificante.

Las historias de cagones inminentes revelan otro asunto de carácter sociológico que puede acabar con el buen desarrollo de cualquier ser humano en su relación con los retretes. Situaciones bochornosas como la fatal tapada de sanitario de visitas en reunión sin chupa, donde en un afán y desespero por salvarse se jala y se jala la cuerda mientras la marea se va poniendo pesada y el inodoro rebasa sus niveles, pueden acabar con la dignidad de una persona y dejar huellas imborrables en su vida social al nivel de video porno robado y subido a la red. De ahí la necesidad de adquirir habilidades sociales, etnografiando la presencia de papel, churrusco y chupa por si acaso, y adquirir destrezas en el manejo de estos utensilios benditos. La chupa tiene sus mañas y hay que saberla sentir y oír para ubicarla en el lugar correcto y menearla con cierto swing para que realmente cumpla su función; eso solo se logra con práctica, mucha práctica.

En definitiva, en la cagada, en los baños y en sus subidas y bajadas se puede reconocer la simpleza de la vida, dándole un valor sublime al inodoro, a la moneda de 200 grande, al papel suavecito, a las revistas estúpidas, a los ganchos para colgar nuestras cosas, a la comodidad del inodoro que me eleva al nivel del baño del Papa Francisco y donde experimento lo más sublime de la vida. A su vez revela un espacio privilegiado de disputa política y puesta en escena de los debates más profundos de la sociedad. En un baño, como difícilmente en otro lugar, se recrea todo un arsenal comunicativo corporal. Sería para alquilar balcón la posibilidad de observar las nuevas estrategias comunicativas en baños mixtos en donde mujeres y hombres comparten sucias subjetividades y donde gente diferente muestra en su cuerpo inconformidades mientras otros cagan, otros orinan, algunos parados, otros sentados y otros en los pantalones.

 

 

 

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