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¿Por qué el fútbol está tan alejado de la política y la protesta?

¿Qué pasaría si los jugadores rusos celebraran sus goles en el mundial (si es que hacen) levantándose la camiseta y dándose besos?
Foto: El Espectador - Presidencia
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Redacción Shock

¿Qué pasaría si los jugadores rusos celebran sus goles en el mundial (si es que hacen) levantándose la camiseta y mostrando mensajes que cuestionen a Vladimir Putin? ¿O si James abandonara una convocatoria decisiva en protesta por la muerte de los líderes sociales? ¿Algún jugador del mundial tendrá un gesto en contra de las políticas que reprimen la homosexualidad en Rusia? ¿Por qué a la FIFA se le cuelan tan pocos casos de protesta?

Por Fabián Páez López @davidchaka

Este año a Donald Trump le tocó cancelar la tradicional visita a la Casa Blanca de los ganadores del Super Bowl. El anuncio lo hizo faltando un día para el encuentro, pero fue por puro protocolo. No se puede decir que el presidente de los Estados Unidos se quedó con el peluquín hecho. Estaba claro desde un principio que el equipo campeón, los Philadelphia Eagles, no asistiría a la cita: de los más de 80 invitados, según ESPN, menos de cinco jugadores confirmaron su asistencia. Fue una nueva jugada de protesta hecha por los protagonistas del espectáculo deportivo más visto en ese país. Las figuras de la NFL no están de acuerdo con la indiferencia de Trump hacia el racismo y se lo han hecho saber.

La enemistad Trump – NFL empezó desde la temporada 2016-2017, cuando el ex mariscal de campo de los San Francisco 49ers, Colin Kaepernick, decidió quedarse sentado en el banco o arrodillarse mientras sonaba el himno nacional. Su mensaje era claro:

“No me voy a poner de pie y mostrar orgullo por la bandera de un país que oprime a los negros y a las personas de color”.

Atletas de todos los equipos y categorías siguieron su ejemplo hasta que la NFL (integrada en un 70% por jugadores negros) pasó una nueva normativa en la que obligaba a los deportistas a “respetar” los himnos o, de lo contrario, permanecer en el vestuario. El precio que tuvo que pagar Kaepernick fue el de no conseguir un contrato en la siguiente temporada, pero a fin de cuentas la NFL terminó siendo un aliado clave en la visibilización de la protesta del movimiento antirracista Black Lives Matter y, en consecuencia, enemigos de Trump.

La historia suena muy distante de algo que pudiera pasar en el universo FIFA. El impacto de un statement político de Falcao, Messi, Neymar, Ronaldo o cualquiera de los jugadores top tendría un impacto mundial enorme. No se imagina uno a los jugadores de Rusia dándose un beso en la boca, como manifiesto en contra de las políticas de Putin sobre el tema; mucho menos se espera uno que Falcao o alguno de los jugadores de experiencia aproveche la pantalla mundial para pedir a los candidatos de turno en Colombia que no dañen los acuerdos de paz.

El evento más popular del deporte rey es una vitrina con potencial para cualquier cosa. Así a uno que otro no le guste, es un hecho científico: no hay un fenómeno social más grande que el fútbol. Pero cuesta saber por qué se involucran tan poco los futbolistas en causas sociales. Sobre todo, sabiendo que la mayoría de los que logran el sueño de estar ahí les tocó bailar con la más fea. Bien conocida es la historia de Juan Guillermo Cuadrado, quien perdió a su padre por culpa del conflicto armado en Colombia, por ejemplo.

Claro está, a los pocos que han tenido la osadía de soltar una opinión en esta época de tolls de Twitter, tías indignadas con cadenas de WhatsApp falsas y medios peleando por ganar clics, les ha ido mal. En España Piqué tiene que jugar a diario con las rechiflas que se ganó por manifestar que estaba de acuerdo en que hubiera votaciones en el referendo catalán. Ni siquiera dijo porque iba a votar; de hecho, dejó escapar que la escisión le caería mal a ambos (a España y a Cataluña), pero el público no se lo perdonó.  

En Colombia también hubo insinuaciones. Durante el plebiscito por la paz de Colombia dos jugadores hablaron abiertamente de sus posiciones. El primero, fue Radamel Falcao, quien escribió en una carta publicada por el periódico El Tiempo que estaba con el sí.

"Sé que lo que viene para todos los colombianos no será nada fácil. Se tratará de reconstruir un país. Generaciones enteras que sufrieron por la guerra. Yo me imagino un país que tenga la capacidad de perdonar. Aún 70 veces si es necesario…”.

Daniel Torres, por el contrario, publicó un video en sus redes sociales en el que se dirigía al presidente Santos y afirmaba que no aceptaba lo que él estaba haciendo porque “no estaba del lado de dios”:

Pasemos por alto lo de Torres, quien fue intrascendente argumentativamente (así como lo fue para la selección) y tomemos como ejemplo al Tigre. ¿Qué pasaría en Colombia si en su mejor momento Falcao se hubiera negado a una convocatoria, aludiendo a que no quiere vestir los colores de un país que dijo no a la paz? ¿Si se hubiera sacado por lo menos una clichesuda camiseta con una paloma blanca para celebrar un gol? ¿Habría incidido aún más en las votaciones? O mejor: ¿qué pasaría si Yepes, el otro ídolo con suficientes años encima para hablar reflexivamente, hubiera expresado una opinión contraria? ¿Sería el autogol de Yepes?
 

La FIFA se ha encargado de tratar de mostrar el fútbol como una marca blanca. En el reglamento no está permitido que jugadores, técnicos e hinchas hagan algún tipo de manifestación durante el juego. Hay un cuidado sepulcral al respecto. Sin importar qué tan justa o mínima sea la causa hay castigo. De hecho, recientemente la Federación Inglesa anunció que Pep Guardiola fue multado por llevar un lazo amarillo en los partidos oficiales del Manchester City en el fútbol inglés. Le salió por unas 20.000 libras (USD 27.000) lucir durante varios meses la cinta amarilla cuyo mensaje implícito era en solidaridad con los soberanistas catalanes que están en prisión. ¡20.000 libras por un lacito amarillo en la solapa!

Aunque a muchos les gustaría ver a Pekérman de presidente, o a buenos tipos como Drogba de embajadores de cualquier cosa también hay ídolos que se caen de la nube cuando les sueltan un micrófono, como Maradona. Hace unos meses también circuló una noticia, ojalá falsa, que decía que Ronaldinho podría aspirar a un cargo político en Brasil por un partido de ultraderecha. ¿Queremos conflictuarnos así con el mayor mago y arquitecto del joga bonito? ¿Se pueden cruzar el campo de fútbol y el de la política sin echar leña a las peleas de afuera?

Quizá sea la transnacionalidad del fútbol la que impide que todos los jugadores se alineen con un mismo mensaje. Quizá sea que a la mayoría no le interese lo que pasa fuera de campo. Quizá muchos con buenas intenciones hayan terminado predicando individualmente por causas nefastas. Y quizá puedan más los petrodólares de la FIFA y nunca pase, pero cuando los jugadores se manifiesten en masa como los atletas negros que mostraron su simpatía con Black Lives Matter en la NFL, en temas universales como el racismo, la guerra, la pobreza o la violencia de género, será la graduación del fútbol como fenómeno trascendental. Por lo pronto, hay partidos que no se deben jugar y otros que son más que necesarios para regenerar naciones. 

 

 

 

 

 

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