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¿Por qué está mal que Ricky Martin quiera que sus hijos sean homosexuales?

Así no, Ricky, así no
GettyImages. Montaje: Shock
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¿Cómo así, pero por qué nos tenía que hacer eso? gritaban algunas de sus seguidoras ante la contundente noticia y los peores comentarios con micro fascismo escondido no se hacían esperar… “con lo guapo que era Ricky Martin, lástima que sea gay”. El suceso podría ser un guion perfecto para una película protagonizada por Matthew McConaughey: el hombre más deseado del mundo y con un contundente harem a sus espaldas le gritaba al mundo que amaba a los hombres.

Para finales de la década de los noventa Ricky estaba en su mejor momento. No solo había hecho la canción oficial del Mundial de Francia 98 (y una de las mejores) La Copa de la vida, sino que ya era un ícono en el mundo. Con la Bomba, el macho alfa con aires latinos no paraba de subir en los listados.

En el 2008 se hizo padre de dos gemelos mediante un vientre sustituto y dos años después declaró abiertamente que era gay.

“Hoy acepto mi homosexualidad como un regalo que me da la vida. ¡Me siento bendecido de ser quien soy”, escribió el cantante en su página oficial! Fue sorpresa para muchos y para otros un caso más de “productos construidos por la industria musical” que tiran la toalla. 

Ya han pasado ocho años, y esta vez el boricua ha vuelto a ser noticia, pero no con su sexualidad, sino con la de sus hijos. En una entrevista a la cadena ABC dijo:

No lo sé, mis hijos están muy jóvenes. Pero desearía que fueran homosexuales. Es una cosa muy especial. La forma en la que veo las cosas ahora que no tengo que esconder nada, de ninguna manera o modo: veo colores. Luego ves el arcoíris. Ahora comprendo por qué el símbolo (del orgullo gay) es el arcoíris. Es simplemente real. Todo es tangible. Te hace ser una persona más fuerte"

¿Pero por qué está mal esa declaración?

Ese ego desmedido de los padres de querer que sus hijos sean a su imagen y semejanza y que cumplan todas sus expectativas e incluso los sueños que ellos no pudieron lograr es una piedra en el zapato para cualquiera y un obstáculo para avanzar la vida con libertades. No solo querer que la sexualidad de su hijo sea una u otra, o querer que el primogénito estudie la misma carrera de su padre y abuelo, sino detalles que parecen insignificantes como imponer al niño la forma de vestir, hacen que las relaciones entre padre e hijo sean complejas.

"¿Pero por qué mi hijo salió tan diferente a mí?" "¿por qué no le gusta ir a la iglesia?" por supuesto no hay una regla general para explicarlo, pero la rebeldía y ese deseo casi pasional de querer llevar la contraria puede ser una reacción a esa cantidad de presiones que empiezan a ser una bomba de tiempo desde temprana edad. (todos fuimos adolescentes, podemos dar fe de eso)

Vivimos en épocas donde el que diga que no quiere un hijo homosexual puede ser sacrificado en las ardientes redes sociales, pero eso no quiere decir que lo contrario a eso sea precisamente positivo. Decir ojalá mi hijo sea homosexual, prefiero eso antes de un heterosexual, tampoco debería ser el derecho de las cosas o el “lado bueno” de la historia.  

Pero no nos equivoquemos, no es un raciocinio que se genere desde lo moral, ni el pensamiento de un cierto procurador que no queremos nombrar. No se trata de que el cantante no debería “dañar a los niños desde chiquitos” como se lee en las redes sociales o “ese señor no debería privarlos de los valores una familia normal” como argumentaría cualquier persona en contra del matrimonio y la adopción entre personas del mismo sexo.

Se trata de ser consecuentes y justos, de dejar ser y aceptar y de no buscar ver en los hijos o en la pareja o en el prójimo el reflejo de lo que nosotros somos.