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Porque todas las mujeres tenemos valor y no precio, ¡No me acuesto con puteros!

No en vano podemos ver a muchos hombres defendiendo el “derecho” a que las mujeres nos pongamos un precio pero a ninguno promoviendo a que lo haga su hija.
Foto: Gettyimages
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Es necesario condenar socialmente al putero y no a la puta, no aceptar tener sexo con alguien que sabemos ha pagado por tenerlo con alguien más y rechazar cualquier escenario que permita entender a la mujer como una mercancía.

Por Carmenza Za @Zacarmenza

Hace tres años escribí este texto ‘¿Seré prepago, maestro?’ en el que me preguntaba si acaso no seríamos prepago todas las mujeres, sin importar la tarifa o el pago en especie que cobrara cada una.

Todavía no tengo la respuesta a esa pregunta y ya no recuerdo cuáles fueron los cabrones que se volaron sin pagarme, pero lo que sí tengo es una serie de inquietudes nuevas que ya no sé si me las trajo la edad, el desempleo que me hace considerar todo tipo de alternativas para sobrevivir o el amor que lo pone a uno en contradicciones diarias. O todo al tiempo, sumándole la menstruación y el ciclo lunar.

Pretender igualar la experiencia de todas las mujeres, en lo que respecta al sexo, es tal vez el primer desacierto que encuentro en aquel escrito del 2015; no se puede universalizar la experiencia individual de nadie. No todas las mujeres vivimos nuestra sexualidad de la misma forma, no todas accedemos a la misma información y no todas tenemos las mismas oportunidades, por lo que no todas podemos “elegir”  o “decidir” si jugamos a ser prepagos (que es el nombre light que le hemos puesto a la prostitución de los no tan bajos estratos) o no.

Lo que sí experimentamos todas es la potencialidad de putearnos: siempre habrá un lugar para nosotras en ese mercado, siempre habrá alguien dispuesto a pagar por nuestro sexo -sin importar nuestra apariencia física-  y siempre habrá una forma ingeniosa de hacerlo o llamarlo, para disfrazar que se trata del “oficio más antiguo del mundo”. Las modelos web cam y los sugar dadys son ejemplo de cómo la industria sexual se adapta rápidamente a las nuevas formas de comunicación y se camufla en términos aparentemente más aceptados por la sociedad, de nuevo, más lights.

Y claro, en tanto todas somos potencialmente prostituibles, parecería que la opción es que todas cobráramos la tarifa que nos parezca adecuada, ya sea en dinero, servicios o cuidados. Pero, ¿de  verdad estamos de acuerdo con que todo pueda tener un precio?

Lo cierto es que no resulta rentable que todas las mujeres cobremos por tener sexo, por lo que el sistema económico se las ha ingeniado para dividirnos entre las que tienen “valor” y las que tienen “precio”: las santas y las putas,  las de la casa y las de la calle, las del tener algo serio y las de no presentar en la casa, respectivamente. La diferencia entre las unas y las otras está lejos de tener que ver con una moral privilegiada, unos modales exquisitos o algún tipo de superioridad natural y se aproxima más a ser el resultado de una profunda desigualdad social.

En general, son las mujeres más pobres, las racializadas o las inmigrantes, las que tienen menos oportunidades, menos acceso a recursos, menos educación, mayores índices de pobreza y, con ello, menos posibilidades de elegir otra cosa que vender su sexo. Hay que ver, por ejemplo, cómo ha aumentado la cantidad de mujeres que llegan de Venezuela a Colombia y que terminan dedicándose a la prostitución, o la cantidad de colombianas que han migrado a Europa y Norteamérica para la misma actividad; hay que ver cómo las rutas de turismo sexual se dan mayoritariamente en países del “tercer mundo” y en aquellos con altas cifras de población inmigrante.

Jugar al “todas somos prepago”, “todas cobramos de alguna forma” o continuar en la lógica del “Si te portas bien te lo doy. Si te portas mal, te corto los servicios”  fortalece la idea de que nuestras relaciones sexuales son algo mercantilizable. Eso, para las que tenemos  la posibilidad de elegir una  actividad económica distinta  o de jugar a putearnos por “gusto” puede parecer irrelevante, pero tiene un profundo impacto en la vida de todas.

Es mentira que todas las mujeres hayamos sido prepagos alguna vez porque eso supone negar que la prostitución es una actividad forzada por el contexto, en la que las mayores afectadas resultan ser mujeres con otra cantidad de opresiones ligadas a su raza o su clase.

Los puteros, por más que defiendan su consumo de prostitutas como si se tratara de un simple “acuerdo de negocios” saben que están pagando, no por un servicio, sino por ejercer un poder sobre alguien: por usar a una mujer que ven como un ser inferior (en otra época le habríamos llamado esclavitud, ¿no?).

No en vano podemos ver a muchos hombres defendiendo el “derecho” a que las mujeres nos pongamos un precio pero a ninguno promoviendo (o siquiera considerando) que sus hijas, madres o esposas hagan lo mismo.

Nosotras, por nuestra parte, también hemos fingido que la prostitución es algo “de las otras”, que son otras mujeres a las  que comercializan, incluso si estamos en algún oficio sexual. Aislar el problema y responsabilizar a los individuos de lo que es un asunto colectivo, parece expiar nuestras culpas y permitirnos seguir acomodadas en el privilegio de no tener que ser nosotras las putas, de poder ser las de presentar a la familia.

Un primer paso para acabar con una industria y una cultura que trafica con niñas, que vende mujeres migrantes en las fronteras o que obliga a las más necesitadas a vender sexo, implica que nosotras mismas dejemos de permitir que se nos comercialice a cualquier nivel. Volver a apropiarnos de nuestra sexualidad desde el deseo propio y el consentimiento y no como “pago” o “premio” para alguien más.

Es necesario condenar socialmente al putero y no a la puta, no aceptar tener sexo con alguien que sabemos ha pagado por tenerlo con alguien más y rechazar cualquier escenario que permita entender a la mujer como una mercancía disponible para el mejor postor. Nos urge entender, principalmente, que todas las mujeres tenemos valor y ninguna debería tener precio.

 

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