Se encuentra usted aquí

Precariedad, desinformación y dependencia de lo viral: ¿murió el periodismo?

Hoy es periodismo James Rodríguez jugando «cuca-patada» o cualquier fotogalería de gatitos torciendo la jeta. El oficio está en un pésimo momento.
Foto. Gettyimages
Foto. Gettyimages
Por
Álvaro Castellanos

El periodismo, los periodistas y los medios de comunicación pasan por un pésimo momento; y aunque es muy difícil determinar si la crisis del oficio tiene solución, hoy, más que nunca, la autocrítica es necesaria.

Por Álvaro Castellanos // @alvaro_caste

Preocupa que un día se caiga YouTube y que los noticieros nacionales tengan que cancelar sus emisiones. O, peor aún, que les toque aumentar los atracos con imágenes de cámaras de seguridad, o videos de celular grabados en vertical. Igual, todo bien, porque para completar el amontonado de la emisión, se pueden sumar los memes más chistosos de cualquier temita efímero, y los publirreportajes insufribles de los programas del canal. Y listo. Ahí tienen su noticiero. No todos son así, pero la mayoría caen en eso.

Preocupa que los periodistas, carentes muchos de la cultura y la lectura que necesitan, ensucien sus informes con los lugares comunes de siempre. «Líquido vital», para no decir agua; «El tigre volvió a rugir», cuando Falcao hace un gol; «Momentos de pánico se vivieron en…», al comenzar una noticia dramática; «Rompió el silencio», para algún personaje que decide hablar; o «Tomar vías alternas», como consejo inservible para escapar del tránsito. El castellano es una fuente inagotable de recursos, pero muchos periodistas viven raspando el plato con las mismas fórmulas lingüísticas; con las mismas frases hechas.

Preocupa que los portales digitales estén hipotecados bajo el exabrupto de «lo viral», del trending topic, de las indignaciones selectivas, de trivialidades sobre personajes reconocidos, y del antes y el después de los famosos. De que James Rodríguez perdió el «cuca-patada» del entrenamiento; de que Lina Tejeiro o Jessica Cediel hicieron cualquier cosa; de que el niño de Sexto Sentido pasó de ver gente muerta a comérsela, porque ahora está gordísimo. De fotogalerías incoherentes de gaticos torciendo la jeta, para sumar clics, visitas. De noticias que, bajo ninguna circunstancia, son noticias. El periodismo está agonizando, si es que no murió ya.

Preocupa que los medios informen, o dejen de hacerlo, de acuerdo a las agendas e intereses de sus dueños. Eso siempre ha pasado, pero, en tiempos de polarización política como los que vivimos, se nota más. Preocupa que los periodistas políticos corran a ponerle los micrófonos encima a Uribe, en lugar de darles voz a las víctimas porque, claro, lo que el actual Senador diga mueve odios y el odio es taquillero. Que los periodistas deportivos sólo sepan hacer «preguntas-comentario», o que crean que el fútbol es sólo el juego y no la mejor forma de explicar el mundo. Y que los periodistas culturales crean que está prohibido criticar, porque suelen ser amiguitos de las bandas, los jefes de prensa, las productoras, las editoriales y, por pura conveniencia, optan por sesgar su criterio.

 

 

Preocupa también el clickbait: esa maña cansona de vender humo o desinformar con los titulares para inducir al clic (¡y no te imaginas lo que pasó!). Preocupa el hoax: el fenómeno creciente de noticias falsas que de tanto repetirse pasan a ser consideradas como reales. Por culpa del hoax (o gracias a él) surge un sitio como Actualidad Panamericana, con noticias falsas que, detrás de las risas, sientan un precedente sobre toda la desinformación que llega apretujada dentro de las redes sociales.

 

 

Preocupa la inmediatez de Internet; darle un mal uso a la posibilidad de informar en tiempo real. Preocupa que tanta información al mismo tiempo termine desinformando. El escritor y filósofo Nicolás Gómez-Dávila dijo hace un par de décadas que «los medios actuales de comunicación le permiten al ciudadano moderno enterarse de todo sin entender nada». Más visionario no podía ser. Preocupa «la chiva», la primicia, que en palabras de Germán Castro Caicedo «es el cáncer del periodismo», pues hoy en día no importa informar mal, sino informar primero. Y preocupa además que quienes tenemos acceso a la información no leamos, porque estamos todos ocupados escribiendo pendejadas en Twitter.

Preocupa tanta pornomiseria. Aprovecharse del dolor. Mostrar fotos del cuerpo sin vida de Martín Elías dentro del ataúd, bajo el pretexto de informar; o contar cómo se suicidó el hijo de un Congresista de izquierda, solamente por escupir morbosidad o por manifestar de la peor forma el desacuerdo ideológico. Preocupa la «revictimización». Recobrar cada tanto la muerte de Yuliana Samboní con el único objetivo de maximizar su dolor y captar audiencia. Preocupa el periodista rémora, vampiro, inescrupuloso, mercenario. El que está dispuesto a venderle su alma al Diablo con tal de obtener un puñado de retuits. Ryszard Kapuściński, uno de los periodistas más afamados del siglo XX, tiene un libro llamado Los cínicos no sirven para este oficio. El libro, entre otras lecciones, hace un llamado urgente contra el amarillismo, pero por lo visto, muchos periodistas usarían sus páginas para madurar aguacates.

 

 

Por otro lado, preocupa que en el periodismo actual ya casi no se investigue, que no se haga seguimiento de las tragedias, los casos judiciales, que la reportería cotice a la baja o, incluso, que todos terminen (terminemos) como periodistas de opinión. La opinión hoy en día está supravalorada. Todos somos opinadores. ¿Y para qué? ¿Se construye opinión? ¿Cambia algo?

Los líderes de opinión de nuestro tiempo parecen ser esas cadenas horribles de WhatsApp con noticias falsas. Qué derrota tan brava para el periodismo que esa información genere más credibilidad entre la gente. En octubre de 2016, una cadena de WhatsApp aseguraba que Colombia se convertiría en «Venecuba» si ganaba el «sí» en el plebiscito, y la desinformación terminó imponiéndose. ¿Y nuestros líderes de opinión? Bien, gracias. Tomándose el mentón en la foto de su columna con una biblioteca de fondo. Pura cuestión de ego.

 

 

Dijo Voltaire hace siglos que «no estoy de acuerdo con usted, pero daría mi vida para que pudiera decirlo». Evidentemente, hay que valorar la posibilidad de opinar que brinda la democracia, pero eso no quiere decir que cualquier opinión sea respetable. Esa corrección política es una de las más grandes mentiras de nuestro tiempo. «Yo tengo derecho a marchar contra la adopción igualitaria y respéteme que es mi opinión». No, hermano. Discriminar no es un derecho y exigir respeto por hacerlo jamás será una opinión válida.

Finalmente, preocupa enterarnos que algunos directores de medios ganen sueldos con siete ceros a la derecha, mientras los demás periodistas reciben monedas, y a los recién egresados los remuneran con «la oportunidad de aprender». Y para dar un alarido más de indignación, preocupa que luego de gastar 140 millones de pesos en estudios, la labor de un periodista con maestría en comunicación digital se limite a arrejuntar los mejores memes que dejó Miss Universo o un Real Madrid-Barcelona.

Del periodismo preocupa todo lo anterior y seguro muchas otras cosas que han quedado por fuera de este sobrevuelo. Pero vayamos por partes.

Los periodistas y el periodismo

La precariedad como tendencia en el periodismo comienza desde temprano; desde la universidad, desde el salón de clase, pero incluso también desde antes. Y ambas partes, alumnos, profesores e instituciones tienen la culpa. Si en algo estamos de acuerdo los periodistas egresados de facultades de comunicación social es que todo, o casi todo, lo que aprendimos durante varios es años fue sencillamente inservible. Es decir, del oficio uno apenas comienza a aprender cuando lo ejerce. Hay una evidente desconexión entre lo que pasa en el salón y lo que pasa en la calle, en la sala de redacción y en la cabeza de los dueños de los medios.

Durante los años de universidad, se queda uno subrayando fotocopias de Jesús Martín Barbero, de Néstor García Canclini y de cuanto filósofo existió. ¿Y para qué? Si es por utilidad, lo que deberían enseñar es a sacar el RUT, a radicar cuentas de cobro y a entender las diferencias entre la ARL riesgo uno, dos o tres. Sería una clase importantísima, podría llamarse «Cuentacobrismo» y eso sí que sería un aprendizaje funcional.

Ahora bien, si de parte de los programas de estudio de las universidades hay grietas y goteras, la responsabilidad del estudiante, del individuo, es quizá mayor.

Es debatible, pero finalmente quien pone el nivel en una clase no son los profesores, sino los estudiantes. Y el nivel de indolencia, de desconexión, de desinformación de un estudiante promedio de periodismo es conmovedor. No leen una revista, no se informan, no indagan, no se cuestionan. La mayoría llega a calentar un pupitre de un salón de clase por puro descarte; tomando al periodismo como un «escampadero»; porque quieren huirle a las matemáticas o porque en la casa les exigen estudiar algo, y la comunicación es la «opción fácil». Peor aún, muchos otros estudian periodismo porque quieren ser famosos y lo triste de esta historia es que, si tienen las conexiones necesarias, lo logran, así sean malas personas o no cuenten con el mínimo de cultura en la cabeza, ni estén en capacidad de juntar un sujeto con un predicado.

En 2012, el periodista Alejandro Pino reveló la siguiente pregunta formulada a un grupo de estudiantes de la Universidad Externado. «Nombre tres países de Europa (que no sean España, Alemania, Francia, Italia o Reino Unido) con sus capitales». Y, óigase bien, el 60 por ciento de los encuestados erró en la respuesta. Jóvenes privilegiados, con absoluto acceso a la información, papás con plata, TV por cable, Netflix, Internet ilimitado, y que seguro conocen Europa, no pudieron responder a esa pregunta. Un efecto extremo de no informarse, de no interesarse, de no leer.

En 2011, el profesor Camilo Jiménez renunció a su cátedra de Evaluación de textos de no ficción, de la facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana, en la cual llevaba nueve años; y en una especie de carta exteriorizó sus razones.  «Un párrafo sin errores (…) Era solo componer un resumen de un párrafo sin errores vistosos. Y no pudieron (…) De 30 alumnos, tres se acercaron y dos más hicieron su mejor esfuerzo. Veinticinco muchachos, entre su tercer y octavo semestre, no pudieron durante cuatro meses escribir el resumen de una obra en un párrafo atildado, entregarlo en el plazo pactado y usando un número de palabras limitado (…) Debe ser que no advertí cuándo la atención de mis estudiantes pasó de lo trascendente a lo insignificante, como el estado de Facebook».

Por culpa del desinterés y de la escasez de capital cultural de los estudiantes de comunicación, es común que hoy en día los mejores periodistas, los que llegan a ocupar cargos importantes en medios reconocidos, no hayan estudiado periodismo. Los más valiosos, los más destacados, suelen ser filósofos, politólogos o psicólogos, porque tuvieron mejores hábitos de lectura, más cultura, más preparación, más conciencia. En definitiva, cuentan con un background sólido sobre sus propios saberes y luego les basta con un posgrado de dos años para aterrizar correctamente en el oficio. En Colombia, la tarjeta profesional de periodista se abolió en 1998 y desde ahí cualquier persona puede ejercer el oficio. En su momento, pareció odioso y hasta injusto, pero hoy sobran razones para verla como una medida sensata.

A propósito de la incultura que salpica al periodista promedio, proviene tal vez la frase más recordada del gran Jaime Garzón: «amigo periodista, hágase bachiller». Y una parecida, del mexicano Juan Villoro, dicha a un auditorio de estudiantes de la maestría en periodismo de la Universidad El Rosario: «El único consejo que les puedo dar es que lean, o terminan de periodistas».

La ausencia de cultura, de lectura, y por ende de escritura, es un bache que comienza a formarse desde la infancia misma. Lo atestigua la escritora Piedad Bonnet en una columna escrita en 2015. «El nivel de escritura de los estudiantes colombianos es un verdadero desastre (...) La gran mayoría, incluidos los universitarios, no tiene ni idea. Y esto lo afirmo después de leer casi un centenar de cuentos ¡que son ya los elegidos como finalistas entre más de treinta mil!». Así las cosas, es fácil culpar a Internet, a las redes sociales, al iPhone, a los memes, a los gifs, a Snapchat, a los YouTubers, pero el problema va más allá y pasa por la educación, tanto escolar como universitaria.

Las universidades colombianas, y esto no es un secreto, se están comportando como captadoras compulsivas de dinero. En campos humanísticos, como la comunicación, les interesa recibir la plata de las matrículas, y pare de contar. No hay un filtro para admitir estudiantes decentes y, ya en la carrera, bastará con una pizca de sentido común para transitarla y aprobarla sin esfuerzo alguno. Y es esa mayoría de egresados, vagos, desinteresados, quienes hoy en día integran algún medio de comunicación.

No quiere decir que todos los periodistas sean así, o que no aprendan en el camino, pero sí se trata de un número preocupante. Sin embargo, y no es por defender al gremio, la precariedad informativa muchas veces no es culpa del periodista, pues es apenas un empleado, el eslabón más débil en la cadena de un oficio deformado, maltrecho, de diferente naturaleza a la que le conocíamos hace unos años y roto por dentro. El periodista joven es como el nuevo político que, pese a sus buenas intenciones, tendrá que acoplarse a un modelo insano si es que quiere pertenecer a él.

Los medios y el negocio

En febrero de 2017, Adriana Gómez Moreno, una usuaria en Facebook, respondió con ironía a un posteo de la versión digital del diario Publimetro. «Ufff, qué noticia tan importante», dijo ella sobre la publicación de algún contenido intrascendente. Y la respuesta del community manager del medio fue extraordinaria. Ameritaba, fuera de chiste, imprimirla y pegarla en la nevera.

«No lo es, lo sabemos, pero es una curiosidad que tiene el mayor tráfico de la semana. Lamentablemente a la gente no parece importarle nuestros especiales sobre corrupción, proceso de paz, crisis de movilidad en Bogotá, etc., pero los seguiremos haciendo porque son necesarios, son importantes y es nuestra misión como medio. Esto es para pagar la nómina que hace éstas y otras investigaciones y darle gusto a una masa que pareciera despreciar el verdadero periodismo, pero ama lo viral». Ahí quedó explicado todo. 

Desde hace una década la gente dejó de comprar el periódico y ahora lo lee por Internet. Y desde que las audiencias son digitales, los lenguajes informativos, para bien o para mal, cambiaron. La concentración que implica leer un contenido con análisis y contexto se relegó a las versiones impresas, porque en las digitales se da por sentado que el don de concentrarse se evaporó del todo gracias a las ventanas abiertas del computador, las notificaciones de Facebook, Twitter, Instagram, Tinder y los chats de los amigos en WhatsApp. Por eso, hoy en día, son los contenidos cortos, ligeros, temporales, virales, sobre famosos, o el horóscopo, los que se llevan los clics. Los que se llevan la plata.

Algo que la gente suele pasar por alto es que todos los medios de comunicación, o al menos los privados que son la inmensa mayoría, son empresas, empresas periodísticas, pero empresas de todos modos. Y, como tal, deben ser rentables. ¿Cómo lograrlo? Puede ser mediante alianzas, mediante diferentes modelos de negocio, pero sobre todo mediante publicidad. Y así como la gente ya no compra el periódico, sino que lo lee por Internet, las marcas prefieren desplegar sus campañas vía web; para llegarle a más gente.

Por ejemplo, antes de leer este texto, es probable que a usted se le haya abierto una pauta que ocupó toda la pantalla, sobre la cual usted pudo dar clic o no. Y seguramente al lado derecho del artículo haya un cuadrito, más moderado, con otro tipo de anuncio que también llama a cliquear en él. Cuando estos anuncios se despliegan, se genera una «impresión» y una ganancia, la cual aumentará si se accede a los anuncios.

Esto se responde solo: ¿qué contenido llama más al clic? ¿Las conclusiones de la plenaria del Senado sobre la reforma a la justicia? ¿O apeñuscar cinco fotos de Macaulay Culkin, flaco, desgarbado, que lo muestran como si fuera adicto al crack? Ahí tienen. Por eso la información irrelevante es más rentable. Aparte, en el primer caso, al periodista le implica desplazarse al Congreso, pedir subsidio de transporte y tomarse tres horas de trabajo de campo. En el segundo, cinco minutos son suficientes para subir las fotos con dos párrafos básicos de texto. Y encima es un contenido más exitoso. La comida rápida de la información. Más digerible, representa menos esfuerzo y genera más plata.

Las cifras de rendimiento web se pueden justificar, claro, pero por medio de reportes más complejos que demostrar la existencia del Espíritu Santo. Visitas, usuarios únicos, tiempo de navegación por usuario, usuarios activos, etc. Los medios digitales, con o sin extensión del impreso, son víctimas de la dictadura del clic: quirúrgica, específica, detallada y enfermiza, pero «monetizable» y que viene exterminando poco a poco al periodismo de verdad.

En tiempos mediáticos de menos profundidad y más viralidad, las investigaciones se han ido ahogando entre el desinterés y la apatía de la gente. Esta conducta lleva a dejar de lado, por ejemplo, el seguimiento a noticias tan trascendentales como la tragedia natural en Mocoa, Putumayo, que a comienzos de abril de 2017 dejó 329 muertos y 70 desaparecidos, según el último reporte oficial. ¿Qué pasó con las donaciones? ¿Con la reconstrucción de la ciudad? ¿Con los cuidados para evitar nuevas avalanchas? Eso no lo sabemos, pero en cambio estamos más enterados de Maluma de lo que está él mismo.

Figuras periodísticas en vía de extinción como las salas de redacción, las unidades investigativas y los reportajes llevan a que cada vez se cuestione menos a los poderosos, que se escudriñe menos, que se investigue menos. Y para economizar gastos, los medios se equivocan con despropósitos como el del «reportero ciudadano», donde se legitima la tendencia de que cualquier persona con un Smartphone puede informar. Pobre Miguel Ángel Bastenier, eminencia del periodismo, que murió hace unos días atestiguando cómo el oficio que tanto defendió está pasando por su peor momento.

La parte más seria

En abril de 2017, la emisora Blu Radio divulgó un aparte de una charla en el Palacio de Nariño entre el presidente Juan Manuel Santos y un grupo de empresarios de los gremios más importantes del país. «Los medios están perdiendo el norte (…) Llamen ustedes a los dueños para influenciar en los contenidos; para que al final el producto de los medios sea de optimismo y de confianza» Efectivamente, los empresarios estarían fácilmente en capacidad de apartar sus pautas y joder a los medios de comunicación que, por su naturaleza, necesitan vender. Y Santos, que alguna vez trabajó como periodista, lo sabe.

Afirma Daniel Coronell en una columna de 2016 que «el periodista debe defender el derecho de los ciudadanos a saber lo que está pasando y cómo se toman las decisiones que los afectan. El periodismo, cuando es genuino, debe ser un contrapoder, y el periodista está para averiguar lo que no le conviene al poderoso y publicarlo». Por esto, el recordatorio amistoso del primer Nobel de paz con finca en Anapoima no sólo es profundamente repudiable, sino otra forma de censura.

La censura, lo tenemos claro, es un problema que pone en jaque a los medios en su misión de informar. Y como las grandes empresas periodísticas son propiedad de grupos económicos poderosos, al generarse un cruce de intereses entre lo que un medio quiere denunciar y lo que sus propietarios no están interesados en que se dé a conocer, aparece la censura.

Un caso muy recordado de combate a la censura en la prensa colombiana ocurrió en 1982, cuando el diario El Espectador denunció al Grupo Grancolombiano y los autopréstamos que hacían con recursos de los ahorradores. El extinto conglomerado, que era un gran anunciante en el periódico, retiró su pauta y comprometió peligrosamente la subsistencia del medio que, aunque pasó tiempos difíciles, por suerte, se recuperó y hace poco, en marzo de 2017, cumplió 130 años gozando de muy buena salud.

Tomando ese referente, los medios de comunicación tienen como máxima prioridad el popular adagio oficinista de «no patear la lonchera» y eso, hasta cierto punto es entendible, pero cuando ya hay mucho que ignorar o que tapar es cuando comienza a oler muy mal.

Atada a la censura aparece, en otros casos, la autocensura, más de tipo individual y comúnmente ejercida por los periodistas para no quedarse sin trabajo, para no recibir amenazas o, incluso, no morir en el ejercicio de su profesión. Según cifras de la Fundación para la libertad de prensa (FLIP), en 2016 no hubo periodistas asesinados en Colombia, pero no comencemos a echarnos maicena encima, porque en todo el país se registraron 262 denuncias de amenazas a periodistas. Es decir, el mensaje de optimismo y confianza que Juanma busca infundir en los medios es absolutamente indefendible. Sí, se logró desmovilizar al actor más activo del conflicto colombiano, pero aparte de eso, el país viene en picada en casi cualquier sentido.

En Colombia, el periodismo, los periodistas y las empresas periodísticas lucen como atrapados en un círculo kafkiano, burocrático, del cual no pueden salir. Los medios importantes están en manos de grupos económicos con intereses estratégicos y eso sesga su compromiso con la información. A los periodistas les exigimos calidad, investigación, pero están mal preparados por culpa del sistema mismo, y en muchas ocasiones sus malas prácticas son inducidas por las partes más altas del organigrama en el que trabajan. Y mientras tanto, para garantizar su preservación, los medios privilegian la ligereza, minimizan costos y comprometen su calidad.

Equilibrar la oferta de sus contenidos y usar lo viral para permitir la publicación de temas serios, es una clave fundamental para que los medios dejen de deambular como muertos en vida, pero para que también puedan llegar a final de mes. Otra tarea pendiente, por muy difícil que parezca, consiste en hacer una autocrítica concienzuda sobre lo que se está haciendo mal con el fin de procurar cambios. En este reconocimiento de fallas, será fundamental marcar unas bases editoriales concretas y designar directores de medios decentes y competentes que consigan enderezar sus criterios.

Ojalá Colombia tuviera más medios «independientes»; es decir, con la menor cantidad de lazos con el poder y, por ende, una relativa libertad informativa. Sin embargo, ya que el país está tan golpeado e infestado de corrupción, este anhelo se complica. Periodísticamente, no hay de otra que resignarse a la mayoría de preocupaciones que rodean al oficio, con la esperanza de que los noticieros le bajen a los videos de atracos en cámaras de seguridad, y que los periodistas abran un libro de vez en cuando para aumentar su vocabulario. Con respecto a esta columna, muy larga para Internet, queda desear que ojalá ninguna fotogalería del «antes y después» de algún famoso en decadencia haya sido creada para subsidiar su publicación.

Publicidad