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Razones definitivas para renunciar a Halloween de una vez por todas

Como siempre, el problema no es la celebración, sino la gente.
Archivo Shock: Miguel Ángel Torres
Archivo Shock: Miguel Ángel Torres
Por
Álvaro Castellanos

Dice la historia que hace más de tres mil años, cuando en Irlanda terminaba la temporada de cosechas y comenzaba el solsticio de otoño, los espíritus de los muertos se levantaban de sus tumbas y hacían contacto con los pobladores, quienes encendían velas en las ventanas de sus casas para que las almas de los difuntos encontraran el camino hacia el descanso eterno. Dicho esto, cuesta entender cómo demonios esa conmemoración pagana europea terminó convirtiéndose en una horda de borrachos mal disfrazados que se arriman los genitales al son de un reggaetón. Más allá de esta deforme adaptación histórica, hay que decir que Halloween suele ser divertido, pero como sucede con casi todo festejo masivo, la gente se lo tira con su sobreactuación. Conscientes de esta problemática, presentamos nueve razones definitivas para renunciar a Halloween de una vez por todas.

Por Álvaro Castellanos | @alvaro_caste

  1. La cancioncita imbécil

En épocas de exagerada corrección política, la celebración de Halloween viene envuelta en ese empaque súper imbécil de tibieza que sugieren las convenciones sociales de nuestro tiempo. De esto se desprenden nefastas consecuencias, como la censura al clásico «triki triki Halloween; quiero dulces para mí; y si no me dan, rompo un vidrio y salgo a mil». Aquel hermoso cántico, que todos usamos de niños con espontánea atarvanería, terminó reducido a un insípido «quiero paz, quiero amor, quiero dulces por favor». La canción, sin exagerar, es más imbécil que las secuelas de Actividad Paranormal. Uno la escucha cuando suena el timbre de la casa y dan ganas de salir a repartirles herpos podridos a todos. Como diría la esposa del Reverendo Alegría: ¡¿alguien quiere pensar en los niños?! Porque con esa semilla tan descafeinada que «los papitos» y «las mamitas» están dejando en ellos, difícilmente podremos esperar algo bueno cuando les toque enfrentar el tenebroso mundo de los adultos.

  1. Las fiestas empresariales

         Hay que ser muy miserable en la vida para convertir a Halloween en un ritual oficinista. Pues bien, el ser humano, con su maldad incalculable, lo consiguió. Como si se tratara de esa porquería llamada «Amigo Secreto», es cada vez más común que los departamentos de recursos humanos de las empresas les impongan a sus cubiculistas disfrazarse de temas ridículos, y juntarlos a todos en espantosas reuniones de felicidad por encargo, en las que se ven tan tarados como avergonzados. Participar de estas fiestecitas es supuestamente de carácter opcional, pero al final resulta ser obligatorio porque no vaya y sea que se les embolate la renovación del contrato. De estas recochas corporativas nada puede salir bien y al final siempre habrá algún empleado alcohólico que termine vomitándose sobre la esposa del jefe; o algún otro despistado que deba disfrazarse de personaje de Star Wars, pero llegue con el capul y las orejas puntiagudas del Señor Spock.

  1. El Halloween navideño

Habrán notado que una vez termina «Amor y amistad», los comercios comienzan a atiborrar sus vitrinas de árboles de Navidad y decoraciones de mal gusto. No respetan noviembre, ni octubre, ni nada en la vida. Pero como todo es susceptible de empeorar, últimamente se les ha ocurrido fusionar Navidad con Halloween. ¡Hágame el hijueputa favor! Lo peor es que la gente muerde el anzuelo y, sin pensarlo dos veces, va reventando la tarjeta por concepto de ambas celebraciones. Suena muy demente, pero no creo que estemos lejos de que las tiendas vendan maracas de calabaza, villancicos con letras de Misfits, o máscaras de Freddy Krueger con gorrito de Papá Noel.

  1. Los disfraces de moda

En un país dominado por el descriterio, es habitual que desde Semana Santa los jóvenes ya estén planeando de qué se van a disfrazar en Halloween. Se lo toman tan en serio, que uno llega a esperar ideas únicas y espectaculares. Pero, en definitiva, casi siempre terminan caracterizándose del personaje de moda. El año pasado, por ejemplo, se impuso el disfraz de la pelada pintorreteada de colitas de Suicide Squad. Y, para 2017, seguro veremos en cada esquina a 800 payasos Pennywise que, en realidad, quedarán más parecidos a esos que tiempo atrás se paraban con un megáfono a la entrada de los restaurantes.

  1. Los disfraces conceptuales

Como ser «diferente» se volvió muy normal, los disfraces abstractos, contradictorios o conceptuales siguen ganando fuerza en Halloween, especialmente en entornos chocolocos y socialbacanes, como agencias de publicidad y productoras de televisión. Sobresalen entonces los disfraces de Chocoramo, de empanada de lechona, de RUT, de fotocopia ampliada de la cédula al 150%, de político honesto, de resiliencia, de serendipia, de procrastinación y del concepto aspiracional que sea, siempre y cuando no tenga sentido. Si es para que se sobreactúen a ese nivel con la creatividad es mucho mejor que terminen usando sus disfraces naturales de fanático del rockcito con camiseta de Jack Daniel’s, o de hipster vegana de capul y Dr. Martens.

  1. El «putidisfraz» y el machismo

Se acerca Halloween, la «noche de las brujas», o «el día de los niños» (de nuevo, la corrección política), y comienza el debate crónico de todos los años. Mientras miles de señoritas se arriesgan a una pulmonía y alistan sus disfraces de «enfermera sexy», «conejita sexy» o «Rafael Pardo sexy», en Twitter y Facebook llueven comentarios a favor y en contra del «putidisfraz». Que está mal. Que está bien. Que deberían «respetarse» y no salir a la calle mostrando el culo. Pero la mayoría son del tipo «qué rico»; que «si son gordas, no se exhiban medio en bola», y un montón de juicios de valor machistas que provocan prenderle fuego al computador y tirarlo por la ventana. Frente a la imbecilidad patriarcal de muchos hombres, e incluso de muchas mujeres que viven compitiendo entre ellas porque también son machistas, poco se puede hacer. Difícilmente van a cambiar sus sesgos. Sin embargo, el peor de los males resulta ser reciclar el debate y recordar que, en definitiva, lo más importante es dejar a las mujeres vivir como quieran. Para mí, está bien que se disfracen de lo que les venga en gana. Aunque, eso sí, en caso de usar putidisfraz, no está de más que se escondan un gas pimienta entre el liguero. Por si acaso.

  1. Los zombis

Qué lindos eran los muertos vivos cuando almorzaban cerebros en películas poco pretenciosas y de bajo presupuesto. Sin embargo, con la llegada del nuevo milenio, esta tipología se volvió tan popular que desde hace unos años ocupa el trono del terror. Infortunadamente, la cosa se puso tan desesperante que uno se encuentra zombis hasta en la sopa. Preocupa mirar debajo de la cama, o abrir la nevera en medio de la noche y toparse con un grupo de zombis, y ya no de esos chirris y divertidos, sino de los ultra-digitalizados y de altísimos presupuestos como los de The Walking Dead o Guerra Mundial Z. En consecuencia, el disfraz de zombi, la literatura de zombis y las películas de zombis están tan perrateados que provoca volver a ver a los vampiros recuperando su trono muy pronto.

  1. La competitividad

De un tiempo para acá la vida se volvió una competencia y el bienestar, una dictadura. Hoy en día reina una presión social fastidiosísima por acumular estudios como si fuera una lista de supermercado y por casarse, tener hijos, billete, una casa con jardín y, en ese proceso, comer sano, correr maratones y empacarse en una trusa a las 4 de la mañana para subir cerros en bicicleta. Ahora resulta que toca ser feliz y superarse a uno mismo todos los días. Esa competitividad absurda se nota hasta en Halloween. Un montón de señoritas y señoritos compiten por tener el mejor disfraz como si se tratara de un cosplay en una Comic Con. Entre más futurista, elaborado o traqueto sea el disfraz, mejor. Y no, hermanos, la vida no es una competencia. Ahí sí me parece más divertido quedar como payaso de restaurante que como el payaso de It.

  1. Las consecuencias

Seamos sinceros. El colombiano se aprovecha de cualquier festejo que le sirva de pretexto para emborracharse; para volverse mierda como si no hubiera mañana. Ya sea Navidad, día de la madre o Halloween, al otro día se reportan muertos, desaparecidos y apuñalados como consecuencia de las altas ingestas de alcohol, especialmente si se trata de aguardiente, pues, como es bien sabido, el aguardiente pone violenta a la gente. Y como somos tan violentos, Halloween siempre será un motivo perfecto para gastarse la plata, emborracharse, despicar una botella y terminar en una estación de policía quitándole los cordones a los zapatos por habernos dado en la jeta con otro borracho disfrazado.

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