Se encuentra usted aquí

Razones para entender por qué los latinos no llegaron a la final del Mundial

La diferencia entre Latinoamérica y Europa está en lo que pasa después de superar las diferentes situaciones particulares de cada jugador.
GettyImages
GettyImages
Por

“Este mundial ha demostrado que los grandes jugadores existen en los equipos pero son sostenidos con base en un rendimiento colectivo, no individual, y todos aquellos que dependíamos de lo individual nos fuimos para la casa…”

Por: Alejandro Araújo

En un potrero de Villa Fiorito, Argentina, y con una pelota de trapo, dio sus primeras patadas el que para la mitad del mundo futbolero es el mejor jugador de la historia, Diego Armando Maradona. En otro potrero, en Bauru, Brasil, y con otra pelota de trapo aprendió a jugar el que lo es para la otra mitad, Pelé.

Este par de “extraterrestres” le enseñaron al mundo que el talento lo es todo, magia en cada pase, en cada gambeta, en cada centro y en cada remate, velocidad física y mental, inteligencia sobrehumana. El mundo se rindió a sus pies. Gracias a ellos, cientos de niños en condiciones similares se ilusionan porque ven en el fútbol una forma de salir de pobres, de ayudar a sus familias, de ser famosos y quedar en la historia.

El fútbol latinoamericano se construyó con base en el talento que desarrollaban los niños que dejaban de ir al colegio para ir a los potreros a jugar. En esas circunstancias aparecían los habilidosos, pero también estaban los rudos, los que dejan pasar el balón o al jugador, nunca a los dos, los que entran a la cancha con alfileres para pinchar a los rivales en los tiros de esquina, los que esperan que el árbitro se descuide para darle un codazo al rival, porque el fútbol, como todo, es reflejo de la cultura en la que se desarrolla y la cultura latinoamericana, tristemente, es una cultura tramposa.

Aparece la garra (Término futbolero para referirse a la entrega, la pasión y la volutand que deja el equipo y/o sus jugadores). Pero hay que saber diferenciar la garra de la trampa. Enrique Macaya Márquez, periodista argentino, dice que “el fútbol es un juego de engaño, vos amagás para acá y te vas por otro lado…” Pero una cosa es simular faltas y otra es coger al arquero desprevenido dando indicaciones al central y cobrarle rápido el tiro libre al ángulo como Maradona a Gatti, una cosa es darle un rodillazo en la espalda a Neymar y dejarlo por fuera del mundial y otra es ver a los croatas acalambrados después de 120 minutos contra Rusia luchando cada balón y jugando bien a pesar de la desesperación. La garra no es pegar patadas todo el partido, la garra es tener cabeza fría para seguir jugando con el balón al piso a pesar de la presión de quedarse afuera del mundial.

Ahora, a los europeos tampoco les tocó fácil. Luka Modric, capitán y figura de Croacia, nació en Zadar y creció en una pequeña población en las afueras de ahí, Obrovac. Vivía en una casa muy humilde con sus padres y su abuelo, por quien recibió el nombre. Cuando estalló la guerra de Los balcanes, a principios de los 90, los rebeldes serbios mataron a su abuelo e incendiaron su casa obligándolos a huir de regreso a Zadar y vivir en el Hotel Kolovare, que se usó como centro de refugiados.

Luca, con solo seis años, pasaba el día jugando a la pelota en frente del hotel y tuvo la suerte de ser visto por un entrenador del club de fútbol de Zadar, quien lo reclutó para sus divisiones inferiores. Su familia se mudó a otro campo de refugiados que quedaba al lado de las canchas del club, que eran blanco de cientos de granadas diarias. En el 93, por fin, acabó la guerra y Modric siguió su camino. Firmó con el Dínamo de Zagreb, después con el Tottenham y llegó al Real Madrid.

Como él, Ivan Rakitic también tuvo que huir por la guerra con su familia a Suiza, y Mandžukić, a Alemania. Estos solo por mencionar algunos de los jugadores más importantes, pero toda la selección vivió situaciones similares, situaciones que los llenaron de ese espíritu de lucha y supervivencia que vemos en cada partido, en tres tiempos de alargue, en jugar un partido más que el resto y nunca rendirse, en estar por debajo del marcador y remontar, en mostrar garra, la verdadera garra.

Por el otro lado están los franceses, a los que muchos han denominado 'la selección africana'. Diez de los once titulares son hijos de inmigrantes. Su figura, Kylian Mbappé, hijo de un camerunés y una argelina. Samuel Umtiti, emigró con sus padres desde Camerún a los dos años de edad. Los padres de Paul Pogba llegaron a Francia en el 90, provenientes de Guinea. El papá de Dembelé es de Malí y la mamá, de Mauritania, y así, muchos más, todos buscando mejores opciones de vida, huyendo de las difíciles condiciones de sus países de origen y tristemente teniendo que soportar un contexto de xenofobia muy grave en Francia. Porque se quejan y les hacen la vida imposible, pero para celebrar que la selección llegó a la final, ahí si están en primera fila.

La diferencia entre Latinoamérica y Europa está en lo que pasa después de superar las diferentes situaciones particulares de cada jugador. No está en el talento individual, está en la organización, en los proyectos serios, en que las federaciones de fútbol de cada país europeo hacen las cosas al derecho, no se roban la plata descaradamente como en nuestro continente, además tienen claro que si los equipos juegan bien, la gente va a los estadios; si las ligas son atractivas, los patrocinadores se van a fijar en ellos; si es seguro para las familias ir a un partido, la economía crece y todos ganan, y tarde o temprano esto se ve reflejado en las selecciones.

“Este mundial ha demostrado que los grandes jugadores existen en los equipos pero son sostenidos con base en un rendimiento colectivo, no individual, y todos aquellos que dependíamos de lo individual nos fuimos para la casa y hoy quedan los equipos, más que las estrellas.” Claudio Borghi, campeón del mundo en 1986 en el programa La tarde del mundial.

.