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4 cosas que nos enseña la tele sobre la justicia colombiana

Robos, torturas, reyes locos, políticos megalómanos, muertos, poder e injusticia. ¿Televisión? No. La respuesta es Colombia.
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Redacción Shock

Robos, torturas, reyes locos, políticos megalómanos, muertos, poder e injusticia. ¿Televisión? No. La respuesta es Colombia. Hay algunas series que parecen un reflejo sórdido de nuestra realidad.

Por:Juan Sánchez @themute

Cada serie de televisión nos muestra un mundo único. Ese mundo tiene sus propias dinámicas y, cuando la serie es buena, todo encaja y funciona. En eso la ficción le gana a la realidad; es más fácil de articular porque se apega a lo posible (algo así dijo Mark Twain).

Hemos vivido gran parte de la historia de Colombia creyendo que un montón de ideales de la justicia se aplican relativamente bien, que las instituciones existen y funcionan, digamos. Pero la verdad es que no. Ni de cerca Colombia es un país justo. Eso a ratos le da un cierto aire fantástico a la cotidianidad, y por eso cada vez nos parecemos más a Actualidad Panamericana.

Ejem… Esto es una historia real.

Santiago Vargas, máster en derecho internacional público de la Universidad de Leiden, hace varias preguntas muy útiles: “¿Qué idea de justicia tiene el televidente? ¿Por qué? ¿Encuentra más satisfactoria la idea de venganza? ¿Es porque cree que en Colombia la justicia institucionalizada no sirve para nada?”. Para no volvernos filósofos del derecho, a lo que vinimos: para muchos que no sufrimos la guerra cotidianamente, juzgar cada situación es una decisión de blanco y negro, de buenos y malos. “La justicia no es solo un resultado; también es un procedimiento”, dice Vargas.

Es por eso que la justicia suele simplificarse; se cree que en la venganza está la retribución del daño que nos han hecho. Es entonces cuando entran las series. Cada una tiene una forma de mostrarle al televidente que existe un orden social y que los personajes tienen que apegarse a él, sea cual sea. Lo chévere es que a menudo esos personajes rompen esos moldes y nos ponen a parir piñas. 

La supervivencia del más fuerte: The Walking Dead Fear The Walking Dead

En la segunda temporada de The Walking Dead plantean un dilema interesantísimo: ¿qué hacer con un prisionero de combate? ¿Dejarlo vivo y esperar que su grupo venga por él? ¿Asesinarlo a sangre fría y deshacerse del problema? ¿Liberarlo confiando en que los deje tranquilos? ¿Todavía son válidos los códigos de la humanidad, o ha llegado la barbarie para quedarse?

Durante todo el episodio (S02E11 – “Judge, jury, executioner”) vemos la posición de cada personaje, y la degradación ética que ha tenido la humanidad apenas meses después del fin de la civilización. El sadismo de los guionistas parece afianzar la más básica de las premisas de la serie: (SPOILER ALERT) Dale muere de manera indignante a manos de un zombi, como diciéndole al espectador que en ese mundo ya no caben los mares de retórica que dan una justicia objetiva. Sobrevive el más fuerte, y si no le gusta, muérase.

Por ahí mismo va el personaje de Rubén Blades en la serie derivada (spin-off), Fear The Walking Dead. Daniel Salazar es un exmilitar salvadoreño desplazado por la guerra civil de su país después de trabajar interrogando, desapareciendo y torturando gente. Es un personaje arrepentido pero inamovible en un contexto que se lo exige. Tras fingir ser un hombre honrado durante su vida en Los Ángeles, nos damos cuenta de que realmente es un monstruo que entiende las nuevas reglas de juego. Como si nos dijera: existen la justicia y la venganza. Y después está la supervivencia. Aunque las últimas dos no se distancian mucho.

Claro, es absurdo equiparar a Colombia con un apocalipsis zombi, hasta que empezamos a ver de cerca que la ética y la justicia que aplican en las regiones más olvidadas del país, donde no hay instituciones y reina la ilegalidad, se acercan más a “la supervivencia del más fuerte” y a la venganza castradora que aparece en las series posapocalípticas.

Lo cual me lleva al otro extremo: incluso en la metrópoli donde debería reinar el orden y donde supuestamente existe un orden gracias a la administración de la justicia, tarán: la justicia cojea y además casi nunca llega. Generalmente se queda en coma y amarrada a la pata de la cama.

La inoperancia absoluta del sistema judicial: The Wire

La serie favorita de Obama retrata la realidad de la manera más cruda posible: el Estado es un nido de ratas y una casa de espejos a la vez. En la segunda temporada, que trata los sindicatos portuarios de Baltimore (Maryland, EE.UU.), muestran con especial precisión cómo la justicia simplemente no funciona; funciona una ética donde, por parafrasear esta escena, solo se puede meter la mano en el bolsillo de otros. Nada más. Los sindicalistas se protegen entre sí, y que se joda “la justicia”.

En otro episodio, aparece una emocionante charla entre el criminal y el fiscal: el fiscal intenta intimidarlo usando retórica sobre su falta de “valores” en un caso de asesinato. Omar lo mira con displicencia y lo remata equiparando al abogado con cualquier otro criminal. “Yo tengo la escopeta. Usted tiene el maletín. Todo es el mismo juego, ¿no?”, dice. Todos quedan perplejos y, al final, Omar queda tranquilo (libre) incluso después de declarar ante juramento que mentiría en su testimonio si eso le quitara la policía de encima. Se me parece a alias Popeye.

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Ver a personajetes como Paloma Valencia o José Félix Lafaurie echando madres en contra del proceso de paz como si se tratara del mismísimo anticristo me ha hecho preguntarme muchas, muchas cosas. Pertenezco a esa pequeña fracción de colombianos que ha tenido el privilegio de ver el conflicto a través de las noticias, o cuando mucho por medio de historias, testimonios.

La culpa no (siempre) es de los políticos. En un país de abogados como Colombia parece haber una permanente malinterpretación del concepto de “justicia”. Suele venir asociada con la venganza antes que con la retribución y recuperación de la armonía de una vida en sociedad. ¿Dónde hemos visto esto antes? Ah, sí, en la televisión.

No es como que se reúnan todas las noches a planear formas de estafar a la gente.

Dice nuestro amigo Vargas (el máster en derecho internacional público):“Hay que señalar que el tipo de medios y contenidos que consumimos determina las ideas que tenemos en torno a la justicia (como idea) y, por eso, la forma en que juzgamos la administración de la justicia (como institución) en Colombia. La gente suele buscar satisfacción proporcional al daño que le hicieron. No ve nada más en la justicia. Por eso aprueba que maten a un asesino pero siente repugnancia si ese asesino mantiene el poder matando más gente”.

Así es, Walter. Tenemos que hablar. 

La justicia es difícil de tratar porque no es un concepto racional. Está necesariamente ligada a las emociones, a la noción de armonía de un orden social y, para meterse con algo todavía más absurdo, la felicidad. Por eso es tan fácil asociar la justicia con la venganza. El orgullo nos hace creer que la venganza traerá paz porque nos retribuye por el daño que alguien más nos ha hecho. Jodidísimo de medir, aplicar y llevar a un plano real.

Entran en escena personajes que nos ayudan a entender cómo ven la justicia aquellos que deben protegerla, administrarla o impulsarla. O cómo no la ven. Por ahí mismo aparece un personaje que además nos conecta con nuestra realidad.

La justicia como obstáculo del poder: House of Cards

Durante toda la serie se ve cómo Frank Underwood manipula, tergiversa y tuerce leyes, personas e historias para llegar a la presidencia de EE.UU. Lo más interesante es la forma en que entiende la justicia: no puede. Está tan metido en sus delirios de grandeza que al enfrentarse a una brújula moral entra en corto circuito.

¿Cómo es posible manifestar el poder a través de algo que no sea el miedo? La justicia le sirve a él como un mecanismo de control y como una forma de mantenerse en el filo de sus intenciones. Pero poco más. Su única ley es esa: cazar o ser cazado. Pragmatismo despiadado puro y duro.

Todos los colombianos llevamos un Frankcito en el corazón.

Encima, hay un montón de pseudolíderes que se comportan como si fueran reyes. ¿Se acuerdan de Eduardo Merlano? ¿Del concejal de Chía que terminó borracho en la Escuela de Cadetes? Ese recuerdo fresquito nos lleva a…

La justicia arbitraria: Game of Thrones

Uno de los personajes más deprimentes de Game of Thrones, Ned Stark, dice en los primeros capítulos que aquel que impone la sentencia debe ser también el verdugo. Lo dice poco antes de cortarle la cabeza a un desertor adolescente cagado de miedo. Esa fidelidad a sus propios valores es lo que más adelante le cuesta la vida.

Stark se mide por una serie tradicional de valores que no encajan en el sistema arbitrario que lo rodea, y por eso pierde la cabeza. Curioso que aquel que pregona que un solo rey debe ser juez, jurado y verdugo muera decapitado por el capricho de un rey preadolescente. La ley solo funciona si el rey (o el dueño del castillo, o el dueño de las fincas) está feliz. Poco más hay que agregar. 

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¿Qué otra forma hay de hacer justicia? Según la tele y algunos sectores del país, dándose en la jeta, por supuesto.