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Bajarse del carro no es bajarse de estrato

Por
Redacción Shock

No es por criticarles su condición socio-económica, es por simple y llano sentido común. La eficiencia en transporte urbano que ofrece un automóvil es ínfimamente menor que la que ofrece los sistemas de transporte masivo y/o alternativo.

Hagan el favor de bajarse del carro, son una minoría egoísta que afecta a toda la comunidad. Y no lo digo yo, lo dice la geometría básica.

Por @superhyperacido // Fotos: Archivo Shock.

Mal contados, los que habitamos Bogotá somos unos 10 millones de seres humanos. Una cifra nada despreciable que, para ponerla en perspectiva, vamos a calcular que se necesitan aproximadamente 250 estadios como ‘El Campin’ para arrumarnos a todos. Menos mal no vivimos tan arrumados, ¿o sí? Pues es que no hace falta que estemos todos entre un estadio para darnos cuenta de la cantidad que somos, solo basta con embutirse (o al menos, intentarlo) en un Transmilenio a las 5:30pm, o tratar de llegar de un lado a otro de la ciudad entre el carro en hora pico.

Tal vez los 10 millones no nos veamos las caras todos los días, pero aun así la ciudad ofrece hermosos cuellos de botella como los mencionados previamente para que algunos miles nos tengamos que ‘arrejuntar’ entre los buses a cierta hora, o hacer visita mientras el trancón. Todos quisiéramos más buses y más avenidas pero la triste realidad es que eso no resolvería mucho (y esto ha sido demostrado por varios estudiosos de la movilidad y el transporte urbano), porque si hubiera más buses, se necesitarían más avenidas, y si se construyeran más avenidas, más gente utilizaría su carro, lo que haría que el nuevo espacio en las vías adquirido sea ocupado por los que no sacan el carro para evitar el trancón y sus gastos extra (gasolina, parqueadero y mantenimiento) y todos los nuevos buses estarían entonces subutilizados por causa de la gente que se bajó de ellos para subirse al carro. ¿Qué estaríamos haciendo? Nada. El trancón seguiría ahí...

Entonces, ¿Qué se puede hacer? Pues bien, se trata de un proceso colectivo, de un guante que nos tenemos que chantar todos. La solución para esta situación de ‘transporte de humanos’, es algo que puede darse a largo plazo y que requiere del esfuerzo colectivo de todos.

Básicamente la cosa es así: por condiciones sociales, históricas y políticas, la ciudad se ha desarrollado horizontalmente. Esto ha hecho que, con el devenir de los años y el crecimiento de Bogotá como urbe, la mayoría de la gente haya optado por vivir en lo que se entiende como la periferia. Por un lado, los 60 años de violencia en el campo colombiano han generado un desplazamiento de la población rural a las urbes de manera crónica, y luego con las guerrillas, el narcotráfico y los paramilitares eso ha aumentado. Esta población llega en muy precarias condiciones a la capital (y a otras grandes ciudades también) y, dada su falta de recursos y de familiares a quienes acudir en ayuda, se han visto obligados a montar pequeñas invasiones en barrios pobres y apartados de la ciudad, que posteriormente van creciendo con el paso de los años. Por otro lado, la emergente clase media capitalina, antojada como las ratitas del cuento del flautista de Hamelin por los grandes constructores y su influencia en el consejo de la ciudad, comienza a alejarse del corazón de la misma, para habitar en casas distribuidas por la sabana capitalina (y no olvidar las monstruosas ciudadelas VIS). Barrios como Cedritos, El Batán, Colina Campestre o La Alhambra, ciudadelas como Mazurén, Marantá, Colsubsidio, o Ciudad Verde, terminaron convertidas en el hogar de millones de bogotanos que aun trabajan en el centro de la ciudad o en chapinero y barrios unidos y que deben trasladarse a ellas a diario.

Teniendo clara esta distribución demográfica y los traumas de transporte a la que nos obliga, puedo ahora sí sugerir mi propuesta para que recuperemos nuestro tiempo y lo aprovechemos para un mejor vivir. Primero que nada, por más que nos duela, y de muchas formas, bajémonos del carro. Nada genera más tráfico que los vehículos particulares. Solamente en Bogotá, estos representan más o menos el 70% del tráfico de la ciudad, pero transportan nada más que al 30% de los ciudadanos aproximadamente. No solo son más costosos, además funcionan con combustibles fósiles y generan contaminación auditiva. ¿Cómo hacer para bajarse del carro entonces? Es innegable la comodidad que ofrece y ni siquiera empecemos con el status asociado culturalmente a la posesión de un vehículo propio. Sin embargo, no hay que venderlo, ni mucho menos se le va a llenar de polvo en el garaje. Lo que hay que hacer, es dosificarlo. Por ejemplo, cada semana hábil, podríamos hacer un ligero sacrificio al ego y tomar el transporte público, dos días una semana, tres días la otra, y así sucesivamente para los días en los que el carro tenga pico y placa.

Si bien el transporte público no es tan cómodo, al haber menos vehículos va a ser más rápido (sobre todo ahora que tienen paraderos asignados y no hay esa guerra del centavo). Para los otros días en los que no haya pico y placa, qué tal si (y aquí es donde viene el mayor esfuerzo colectivo), empezamos a organizarnos en nuestros lugares de trabajo para recogernos y llevarnos unos a otros? Si una persona recoge a dos de sus colegas, eso ya representa dos carros menos en la calle y aproximadamente 1 espacio más para un bus (que puede llevar más de 30 personas). Además, es importante resaltar el componente humano que ofrece la posibilidad de empezar a compartir con nuestros colegas tiempo de plática y compañía en el carro.

Como tercera opción, se nos presenta una que Bogotá se ha esforzado mucho por incentivar, que contribuye al medio ambiente y a la salud, y que es sin duda la que más contribuye en términos de movilidad: la bicicleta. No sólo la ciudad cuenta con muchos kilómetros de ciclo-rutas y algunos ciclo-carriles que se han venido implementando, sino que además busca seguir moviéndose en esa dirección. Por supuesto no imagino a mi padre de 55 años, en traje de paño, yendo al trabajo en bicicleta, seguramente esta no es la opción para él, pero sí lo imagino siendo recogido por algún colega, o utilizando un sistema público de transporte, cualquiera que sea el de su preferencia. Para los demás que sí podríamos pedalear cómodamente, esta puede ser una gran opción.

Lo anterior a corto plazo. A largo plazo, lo que deberíamos empezar a hacer como ciudadanos inteligentes, es procurar acercar nuestro trabajo al lugar en donde vivimos, o acercar nuestra vivienda al lugar donde trabajamos, así todo el problema del transporte se vería reducido a unas cuantas cuadras, o a un corto viaje en bus o bicicleta. Es una solución a largo plazo porque puede que muchos de nosotros ya estemos radicados en una zona de la ciudad, pero para los que no, cuando preveamos nuestro próximo cambio de domicilio, tengamos esto en mente.

P.D.: Para los que no creen lo de los carros particulares, solo es que traten de movilizarse por las zonas conflictivas de la ciudad un sábado a mediodía, cuando ningún carro tiene pico y placa.

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