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Carlos Trilleras, la joya oculta del arte gráfico en el Mercado de las Pulgas

Resistencia indígena y arte urbano: las claves del trabajo de Carlos Trilleras.
Por
Redacción Shock

Si han hecho el tour del grafitti en Bogotá, si se han hecho el plan dominguero de ir al mercado de las pulgas del centro bogotano, seguro se han encontrado con las obras de Carlos Trilleras: un artista que entre murales y camisetas es una de las joyas que hay que conocer en el centro de la ciudad.

Por: Diana Romero // @solopopo // Fotos: Daniel Álvarez y cortesía Carlos Trilleras

La historia del Mercado de Pulgas San Alejo está un poco estropeada por tanto desplazamiento. Nació en 1981 en el Chorro de Quevedo y con tanto problema hippie alrededor, la escena se convirtió en un problema de espacio público. Luego, en su época de oro y casi por 10 años estuvo en la carrera 3 entre 19 y 22. Desde hace 22 años funciona en la carrera 7 con 24, es patrimonio cultural y su único distintivo o señal física es un bafle instalado en la entrada del parqueadero, que a todo volumen funciona como aviso.

Más de 40 mil personas que transitan por la carrera 7 entran a conocer el trabajo de 350 comerciantes en un parqueadero arrendado por la Asociación del Mercado. Todo el que llega tiene que pasar por un periodo de prueba para luego convertirse en socio, como Carlos Trilleras, conocido por el mural Kuna Tule de la Candelaria, quien lleva seis años.

En una rutina de domingos y festivos, Carlos viaja desde Bosa para colgar sus camisetas, buzos y mochilas en la carpa 302 del Mercado de Pulgas San Alejo. Todo aquel que pasa por la carpa esquinera de color amarillo se detiene para observar con detenimiento los diseños de este artista, impulsado a pintar por su profesora de matemáticas cuando estaba en el colegio, quien al parecer calculó en él un talento innato.

Desde los 10 años el artista ha sido independiente. Su escuela comenzó cuando no existía el plotter y se ofrecía para hacer los avisos de bares, tiendas y barrotes, hasta los murales de algunos colegios, mientras se dedicaba a pintar cuadros al óleo de las cosas que más le tramaban. Hoy cada pieza que hace es única.

Carlos, un tipo alto, robusto y sencillo, atiende con muy buena onda la gente que se acerca. Lo único que lo ofende es que le pidan rebaja, porque sabe que su trabajo es único y que vale. Nuestra charla fue intermitente por la cantidad de gente que se detiene con curiosidad y con asombro. “¡Buenas!, cualquiera a 30 mil, todo el procedimiento es manual. Es pintura acrílica a base de agua para tela”, era discurso que hasta yo me aprendí mientras vendía una camiseta con técnica reflectiva, que después terminé declamándole a la gente en los dos minutos que cuidé el stand.

Su trabajo está inspirado en las culturas indígenas del país, y su deseo es rescatar nuestras raíces y nuestra identidad como país. Precisamente, una de sus obras más famosas y representativas es un homenaje a una de las luchas de una comunidad indígena Kuna en Panamá. Sus piezas se han convertido en obras de exportación y sus murales son referentes infaltables en los principales tures de grafiti que hay en Bogotá. Hablamos con él sobre las técnicas que usa a la hora de elaborar sus piezas y de su indignación por aquellos que se andan lucrando a punta de mentiras.

¿Por qué empezaste a hacer camisetas?

Siempre me he dedicado a la pintura. Pero la guerreaba más con mis cuadros. Yo hacía las camisetas para mí primero, con todos los detalles, mamado de que todo el mundo tuviera lo mismo. Después nació la idea de crear esto. Ya llevo 6 años aquí, ya soy socio. Me gusta plasmar el aura, el espíritu de las cosas, algunas imágenes me las regalan. A veces soy muy convencido con lo que hago, a veces borro cuadros porque no me siento completo, a veces veo hacia atrás y digo, “necesito mejorar”. Hace tres años estoy un poco más completo con lo que hago, aunque siento que aún me falta. Todo mi trabajo es un rescate de las culturas indígenas y su resistencia.

Danos un ejemplo de resistencia en tu obra.

El muro de La Candelaria es una comunidad Kuna, de la parte de Panamá. Lo hice con ese objetivo y tiene un recorrido visual muy vasto en cuanto a armonía, colores y equilibrio. Quería representarlos en su resistencia como pueblo Kuna Tule. En 1925 se pararon en contra de las autoridades panameñas que los obligaban a occidentalizar su cultura a la fuerza. En esta revolución se proclamó la República de Tule, de corta existencia. Cuando se unificó nuevamente con Panamá, los Kunas, con el aval del gobierno panameño, lograron crear un territorio autónomo llamado comarca indígena de Kuna Yala, que garantizaba la seguridad de la población y cultura Kuna; esa la historia que hay detrás del mural que titulé Resistencia Kuna.

¿Por qué es importante el rescate de las culturas indígenas?

Es fundamental. Si alguien quiere formarse como artista, tiene que formarse con esas bases. Haga poesía, música, lo que sea, comience con sus raíces y luego haga lo que se le dé la gana. Si razonan un poco saben que deben volver a las raíces. Yo represento en mi trabajo comunidades Nukak Maku, de San José del Guaviare; zapatistas, mexicanos; Naza, del Cauca; Incas, del Valle Sibundoy; Emberá Chamí y Katío, del oriente de Chocó; Kogui y Wayuu. A veces le boto lápiz de las 100 y pico de comunidades que hay en Colombia. Sobre todo a las que están más afectadas. Harto Embrerá y Nukak Maku. Me gustan los rasgos, las cuestión latina, lo que somos, el despojo, el destape.

¿Qué técnica usas para tus camisetas?

La técnica es manual, todo es a pulso. Están hechas en screen. Se revela una foto y aunque normalmente es trabajado para letras y cuestiones básicas, yo lo uso de forma artística. Se deja secar por ocho días. Todo lo que plasmo aquí son mis pinturas al óleo. Al cuadro se le toma la foto, se pone en escala de grises, se rasquetea y se retoca encima. Otras son directamente a mano. Hago la ilustración encima de la camiseta, lo esbozo con pasteles –son esas tizas lápices que se pueden borrar- y marco lo que quiero.

¿Cuánto te tardas haciendo cada diseño?

En cada camiseta tardo aproximadamente media hora, a veces más dependiendo del trabajo de la imagen. Lo más importante para mí es la conexión que tiene que haber con la imagen. Me gusta llevar mis cuadros a los muros para representar aspectos importantes de la identidad colombiana. Es bonito que la gente que llegue a Colombia, se lleve todo un recuerdo de lo que somos, de eso que nos representa como país. De hecho, en este momento la gente que más se lleva camisetas, que se engoma, es la gente de afuera. Ellos valoran más lo que tenemos en casa. Es curioso porque en el último mural que pinté de un chamán, llegaron muchos extranjeros que se querían tomar fotos. Es bonito, es la recompensa de lo que uno va desarrollando, lo que uno busca. Dejar huella con identidad.

¿De dónde salen los diseños para cada pieza?

A veces las imágenes son propias o de amigos que han estado con las comunidades compartiendo y me las van regalando. Las imágenes le hablan a uno, lo incitan a pintar. Es un proceso que debe fluir, como una conexión. Es necesario.

¿Cómo crear consciencia desde la imagen?

Cada vez que viene alguien al stand trato de educar en cuestión de lo que hago, de vender la historia también. Una vez fui a retocar el mural de La Candelaria y me di cuenta de que mucha gente se estaba lucrando y hablando cosas que no tenían nada que ver con la imagen. Un guía del tour de graffiti que hay por ahí, dijo que quien estaba retratada era María Sabina, una chamana y curandera mexicana. Yo me quedé callado esperando a ver qué decía y seguí pintando. ¡Mentira!

Otra señora, por ejemplo, dijo que ella era la indígena Bacatá, que Bogotá supuestamente se llamaba así por esa indígena y que nosotros la idolatrábamos a ella. Y es que no aguanta que yo haga algo con un sentido y la gente lo tergiverse. Da piedra. Un amigo que también pinta y le parece bacano, porque dice que se vuelve un mito, pero es un mito sin identidad, sin autor. En El Tiempo, por ejemplo, le pusieron como pie de foto al mural: “Color wayuu”, inclusive está el nombre aún y eso no tiene nada que ver con los Wayuu. Alguna vez les escribí que ese no era el nombre real, pero en la labor periodística no se toman la molestia de buscar la verdad.

El hecho de que haya gente haciendo un tour de graffiti en el que no se investiga de quien es cada pieza y se tergiversa la historia, genera una problemática para los artistas. Es necesario que investiguen. Nosotros lo hacemos con un fin y no aguanta que cambien el sentido. Yo trato de fomentar el conocimiento por las comunidades que tenemos en el país y hay gente que simplemente ve que son muchas y no se interesa, pero es fácil: se pueden distinguir por los colores, el maquillaje, los atuendos y los rasgos. Solo así en realidad se puede rescatar lo que somos.