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Créanlas: un cachaco sobrevivió (y con creces) al Carnaval de Barranquilla

A los costeños se les complica sacar a un cachaco del molde en que lo tienen: aburrido, mal bailarín, demasiado serio y poco sabroso.
Por
Raúl Riveros

A los costeños se les complica sacar a un cachaco del molde en que lo tienen: aburrido, mal bailarín, demasiado serio y poco sabroso. ¿Qué pasa cuando un rolo se mete a una cumbiamba en pleno Carnaval?

Por: Raúl Riveros // Fotos: EFE

El Carnaval de Barranquilla es un evento fuera de serie.  No creo que haya sido el principal motivo para abandonar Bogotá y venirme a vivir a la Arenosa, pero sí fue bastante influyente. Llegué en Junio del año pasado y de las primeras cosas que noté es que el carnaval está presente todo el tiempo en la cultura de la ciudad: el que tiene un puesto de jugos es el mismo que usa un disfraz característico que alegra a miles de personas en cada desfile; la que atiende en un restaurante es la misma que ganó el concurso de fachadas; el profesor del colegio de la esquina es el que personifica a La Muerte para los bailes de Garabato; o el tendero del barrio es el mismo que organiza la verbena en esa cuadra. 

Me quedó claro que ahora, viviendo en Barranquilla, el Carnaval no podía ser simplemente cinco días de locura, desenfreno, recocha, borrachera, desparpajo, farra y pernicia. Ahora tendría que participar y aportar, ser uno de los "hacedores del carnaval". La decisión fue rápida, quería bailar en los desfiles. Fui a la Casa del Carnaval y me uní a la cumbiamba Barrio Abajo dirigida por Maritza Better, que es uno de los grupos de danza que participaría en los desfiles y competencias del Carnaval. A pesar de que hay una cantidad considerable de personas del interior en las cumbiambas, a los costeños se les complica sacar a un cachaco del molde en que lo tienen: aburrido, mal bailarín, demasiado serio y poco sabroso.

A pesar de que hay una cantidad considerable de personas del interior en las cumbiambas, a los costeños se les complica sacar a un cachaco del molde en que lo tienen: aburrido, mal bailarín, demasiado serio y poco sabroso.

Mi primer ensayo para la cumbiamba fue en diciembre. Llegué con las mejores expectativas y disposición de aprender. Sin embargo había pasado una hora desde la cita y éramos muy pocos. Se canceló el ensayo y volvieron a convocar a la gente para dos días después, con el mismo resultado. Me preocupó un poco pensar que nunca iba a haber gente para bailar. Comenté mi preocupación con los bailarines con experiencia pero con un par de "cacha, cógela suave, porque ajá", me desarmaron y, la verdad, me relajaron. Un mes después por fin tuve un ensayo con suficiente gente. La directora me vio bailar y le dijo a los compañeros experimentados que en el próximo ensayo me enseñaran y corrigieran.

Así se hizo y me dispuse a bailar lo que yo creía que era cumbia con varios compañeros pendientes. Los costeños son conocidos por su amabilidad, y en este caso no sería la excepción. El tema es que se pasaron un poco de amables; eran cuatro personas hablándome al tiempo y cada una con una corrección diferente: "sube bien los brazos, que no parezca que te pesen", " levanta el talón del pie de atrás", "no eches la espalda hacia atrás", "cachaco pero sube los brazos, no los hombros!", "sonríe que la idea es cortejar a la pareja", "que no bajes la espalda, saca el jopo si es necesario" y un "hey pero estás tenso, disfruta la cumbia, ¡no joda!".

El relajante natural, el que lo hace bailar bien a uno en las fiestas (o creer que está bailando bien), que es el aguardiente, no era posible en este momento, aunque sí sea habitual su consumo en los desfiles y presentaciones. Tocaba a palo seco, poder asimilar todas las indicaciones que me habían dado mientras disfrutaba el baile. Porque eso sí está claro, si no se goza, no se hace bien. Caí en cuenta que era la primera vez que estaba en un ensayo de baile con músicos en vivo. Contábamos con un grupo de millo espectacular. Muchos amantes extranjeros de la cumbia están dispuestos a viajar miles de kilómetros y a pagar montones de dinero por escuchar este tipo de música. Yo tenía el privilegio de mejorar mis torpes pasos de cumbia al son de la flauta de millo, la tambora y el llamador ejecutados con maestría por este grupo. Tenía que gozármela, no había motivo de estar tenso.

"...me explicaron la simbología del baile, que un pie debe marcar el paso y el otro debe ubicarse un poco por detrás, ya que se está imitando el paso de un esclavo, que tiene un pie con un grillete, así que lo avanza un poco y el otro llega arrastrado".

En medio del ensayo me explicaron la simbología del baile, que un pie debe marcar el paso y el otro debe ubicarse un poco por detrás, ya que se está imitando el paso de un esclavo, que tiene un pie con un grillete, así que lo avanza un poco y el otro llega arrastrado. Me hizo sentir aún más respeto por el baile y todavía más intenciones de ejecutarlo bien. Siguieron los ensayos y la coreografía iba cogiendo forma. Yo me estaba sintiendo más sabroso ensayo tras ensayo, aunque era claro que faltaba mucho para bailar como los capos. Como es habitual en los grupos de baile había muchas mujeres y pocos hombres. Estábamos a una semana de un evento precarnavalero donde se daba la mayor puntuación para ganar el Congo de Oro. Era una presentación en una tarima en el estadio Romelio Martínez: cinco minutos en los cuales tocaba hacer una coreografía entre todo el grupo y luego baile libre con la pareja.  Tenían que bailar mínimo 15 parejas.  Las cumbiambas tradicionales, que llegan a contar hasta con 40 parejas, presentan para este evento a los 20 o 25 bailarines más experimentadas. Nosotros éramos pocos, teníamos que bailar todos.

En los últimos tres ensayos antes de esa presentación se vivió todo el estrés que no se había visto antes. Fue pasar del "cógela suave" a los afanes. En Bogotá cuando una discusión sobrepasa cierto volumen de voz es por algo realmente grave, pero aquí ya me he dado cuenta que no es así. El costeño es escandaloso y bochinchero por naturaleza, así que por fuertes que fueran los regaños y las recriminaciones, no indicaba que fuera a pasar a temas mayores. De todos modos faltaban tres días para la presentación y no teníamos grupo de millo para tocarnos en el Romelio.

El domingo 24 de enero era el día de la presentación. Calculamos que había 35 grupos en frente nuestro, entre Cumbiambas, Garabatos, Sones de Negro y Mapalés. La entrada al Romelio generaba mucha emoción, pero después de estar tantísimo tiempo en espera la situación ya era desesperante. Además la tribuna estaba cada vez más vacía. Ya íbamos a completar 10 horas desde que habíamos llegado a la cita, el cansancio y el sueño por la trasnochada del fin de semana estaban opacando a la emoción por el baile en la tarima. Por fin se acercó nuestro turno y con él la ansiedad y los nervios. El "tensionadito bacano", como decía el gran René Higuita. Recordamos los pasos, hicimos los últimos cuadres con la pareja, la oración con todo el grupo y nos dispusimos a subir a la tarima, no sin antes prender los velones, algo que nunca habíamos hecho en los ensayos.  

Cada velón se compone de 20 velas normales, debidamente arrejuntadas y amarradas, y de unas cuantas servilletas enrolladas, que ayudan a que se mantenga prendido. En el juego del coqueteo durante el baile, la mujer utiliza la vela para evitar el acercamiento del macho.  Cuatro segundos después de prender el velón, sentí la cera de las 20 velas resbalarse por mi mano, sin yo poder dejar de sonreír mientras sentía el quemonazo. Rogué que nunca me tocara cortejar de verdad a una mujer con un velón bailando cumbia, ¡qué peligro!

El presentador nos anunció y realizamos la entrada, los hombres primero, velón en la diestra y sombrero en la siniestra, mientras las mujeres se organizaban detrás nuestro en círculo. Inició la música y también el coqueteo con la pareja, para entregarle el velón. Dos negativas, en la tercera la reciben, suena más duro la tambora y el pito atravesado y al momentico el “ueeeeeeeeeeeeepa” que salió del alma casi como un grito de gol, ¡y a bailar!

Corría una de esas "brisas decembrinas", que este año llegaron en enero, y casi me arranca el sombrero de las manos, algo que hubiera sido fatal. Lo apreté fuerte, saqué el jopo, aflojé los hombros, marqué bien el paso, exageré más la sonrisa (no tuve que hacer ningún esfuerzo para esto) y continué con la primera parte del baile: la coreografía que habíamos ensayado.

"En mi caso, que estaba con una pareja también primípara, la orden era clara: no cagarla".

La segunda parte, muy importante para la puntuación, era bailar libre con la pareja, manteniendo el círculo y la distancia con los de adelante y los de atrás, pero era el espacio para que cada dupla se luciera. Esto para los de experiencia. En mi caso, que estaba con una pareja también primípara, la orden era clara: no cagarla. No había necesidad de lucirnos o de intentar algo complicado. Simplemente seguir bailando de la manera más armoniosa posible. Mi mirada tenía que estar concentrada en mi pareja, aunque por el rabo del ojo alcanzaba a ver a otros bailadores haciendo pasos más complicados, pero la orden era clara.

Terminaron los cinco minutos y salimos de la tarima, muy contentos pero también con la zozobra por algunos errores cometidos y su posible repercusión en el puntaje final. Esa noche entregarían un máximo de 300 puntos. Yo me sentía realizado, más allá del puntaje me había gozado al máximo esos cinco minutos y había coronado la orden. Nos sentamos a observar los grupos faltantes y a esperar que dieran los resultados. Hasta ahora ningún grupo había logrado el puntaje perfecto, los 300 puntos. Se aceleró bastante el corazón cuando estaban dando la lista, hasta que llegó nuestro turno: doscientos noventa y seis punto tres. Otra vez estallamos en júbilo y nos abrazamos todos. La culminación perfecta para ese gran día.

Los ensayos de esa semana fueron radicalmente diferentes. Pasamos del estrés de la semana previa a la alegría, las bromas, la recocha y la gozadera. Teníamos 15 días de descanso hasta el carnaval, donde debíamos rematar con broche de oro en la Gran Parada de Tradición, que sería el domingo. El sábado íbamos a participar en un desfile popular, que no contaba para la clasificación final, pero que era muy importante, ya que se le hacía un homenaje a la cumbia, así que iban a desfilar todos los grupos cumbiamberos uno detrás de otro, abriendo el desfile.

Ahora el tema era diferente, nuestra coreografía era para una presentación en tarima de cinco minutos, y lo que se venía era un desfile de dos horas donde tocaba bailar mientras nos desplazábamos. El estado físico era fundamental pues se venían dos días bailando por mucho tiempo y a pleno rayo de sol. 

En los ensayos se planificó el recorrido para el desfile y se trató de pulir más la técnica. Ahí comprendí lo difícil que es para uno de cachaco, sin ser bailarín, poder ejecutar totalmente bien los pasos. Los costeños llevan el baile en la sangre, desde pequeños en el colegio realizan presentaciones y observan otras, con bastante frecuencia. El baile es algo natural acá. No tiene nada de extraño pasar por la calle y ver a alguien bailando sin ningún tipo de pena ante todos los transeúntes. En Bogotá es raro ver a alguien en la calle que no esté tiritando de frío.

Cachaco que se respete llega a Carnaval y se enloquece, bebe desde que se levanta y baila (así no sea muy bien) y recocha que da miedo. Para mí viviendo acá debería ser diferente, los años anteriores me entraba el demonio por los cinco días, ahora debía controlarme. Sin embargo es complicado cuando vienen amigos que casi nunca veo y cuando toda la actitud de la ciudad gira entorno a la fiesta. El viernes de carnaval se me iba yendo la mano, no dormí ni descansé casi para el desfile, aunque logré embolatar el guayabo tomando "frías" desde el desayuno. A las 9 de la mañana ya se sentía un ambiente espectacular en las calles. Una vez más llegué bien tarde a la cita y una vez más fui de los primeros. Otra vez se notaba el estrés por cosas de vestuario, confusiones en los pasos, diferencia en el maquillaje, etc.

Yo la cogí suave, las cervezas no eran tan buena idea por la dificultad de orinar durante el desfile, así que tocó pasarse a un licor fuerte. Los expertos dicen que ese desfile, con las inclemencias del sol y de la calle es muy difícil a palo seco, y yo les creo. En el bus el aguardiente se repartía de un lado para otro, mientras nos dirigíamos a la Calle 17, en el sur de la ciudad, desde donde iniciaba el desfile en el que pasaríamos por los barrios más calientes de Barranquilla.

Nos advirtieron que tuviéramos cuidado con celulares, cámaras y plata. Este desfile no tenía palcos ni vallas, el público lo observaba desde el bordillo y en sillas, así que no había tanta seguridad. Prefiero esto, un desfile para el pueblo, que lo pueda observar quien quiera, tenga o no plata. Mientras caminábamos para ubicarnos en nuestro puesto me deleité con todo el paisaje de la calle: cumbiamberos, Garabatos, tamboreros, disfraces, negritas Puloy, toritos, extranjeros, vendedores, borrachos, ladrones, locos, maricas, y lo que más me gustó: montones de niños y niñas de todas las edades.

Realizamos una coreografía ensayada con todas las demás cumbiambas, la verdad no tengo idea qué tan coordinada salió. De hecho no tengo idea de muchas cosas de ese desfile, entre la borrachera, la emoción y la concentración para no embarrarla. En Carnaval es muy común un canto: "es cachaco, es cachaco". Lo hacen cuando alguien manifiesta mucho su cachaquez, ya sea por su pinta, su acento o, en mi caso, podría ser por no bailar bien. El objetivo del día de hoy era salir invicto, sin que me hicieran el cántico.

El desfile avanzaba y se ponía mejor, la alegría del público era impresionante, sentir la emoción que tenían es algo indescriptible. El paso de la "cumbia sentada", que es la más usual, la lenta, es muy corto y se avanza muy poco, así que frecuentemente los músicos aceleraban el ritmo para tocar puya y así avanzar más rápido. Esto alegraba más al público y a los compañeros. Yo creo que ya no podía estar más eufórico.

Tanta emoción me hizo perder algunos pasos y ganarme unos cuantos regaños de mi pareja y de algunos compañeros, pero nada grave afortunadamente. Desafortunadamente la borrachera y la felicidad no lograba opacar del todo el dolor en los pies y en los hombros, que en algunos momentos llegaba a ser insoportable. Tras hora y media ya nos acercábamos a la cancha de fútbol del barrio Simón Bolívar, donde finalizaba el recorrido. Aunque el cuerpo pidiera descanso daba pesar que se terminara. Yo sentía que no quería dejar de bailar nunca, que de ahora en adelante me desplazaría a todos lados con el pasito cortico de cumbia, que cada vez que caminara o me moviera utilizaría la postura del baile.

La plata se me había acabado, pero nadie le iba a negar un trago o una cerveza a un cumbiambero. Lo ideal sería hidratarse con agua, pero lo más sabroso es hacerlo con licor y llegar a niveles de éxtasis aún más altos que con la sola música. Estuvimos un rato en la cancha y luego tomamos el bus de regreso a la casa. Para mí todo seguía siendo gozadera, pero ya en la casa aterricé un poco por varios regaños, que hizo la directora, porque había unos perdidos, otros mal ubicados, por haber contestado el celular durante el recorrido y en mi caso personal: por haber abandonado a mí pareja en algunas situaciones por quedarme con el público. Yo pensaba que se podía interactuar libremente con las personas, y aunque sí está bien hacerlo de manera prudente, a la pareja no se le puede abandonar jamás durante el baile.

Terminamos por fin y me fui a la otra parte del carnaval, a la farra con mis amigos, no sin antes lavar mi vestido y comer muy bien. Nos habían puesto cita a las 9:30am el día siguiente y nos recomendaron no parrandear mucho. Los compañeros dijeron que estaban agotados para salir a rumbear, yo estaba cansadísimo pero no había chance que me quedara en la casa esa noche.

La fiesta se extendió más de lo debido y a las 7am logré acostarme, así que apenas a las 10:30 estaba saliendo de mi casa.  Faltaba todavía armar el velón, el día anterior no habíamos usado pero esta vez con el jurado sí tocaba. Me advirtieron que le bajara al trago ese día y que me concentrara más.

Yo la verdad no me había sentido muy ebrio, el tema es que estaba muy contento, hablando y recochando mucho más de lo normal, y ellos lo asumieron como borrachera. "Ya costeñizamos a este man, no joda!" era lo que decían. Así que decidí fue bajarle a tanta manifestación de alegría, para evitar que creyeran que estaba ebrio y se molestaran.

Nos hicieron las últimas recomendaciones y salimos para la Vía 40, dispuestos a ganarnos el máximo de 200 puntos que entregaban en este desfile para ganar uno de los Congos de Oro. Aquí sí habría palcos y mayor seguridad y comodidad. Lo malo es que el público estaba más lejos y era más distraído, así que era más difícil contagiarlos de alegría. Empezamos a bailar y sucedió algo con lo que yo no contaba, y era que escuchara más la música de otro grupo que la del nuestro. Yo estaba en la parte final, nuestro Millo iba en la mitad y el Mapalé que desfilaba atrás sí tenía a sus músicos adelante, así que me tocó escuchar el ritmo aceleradísimo del Mapalé mientras bailaba cumbia.

"Maldije a todo aquel que haya sentido pena de bailar en público, aunque eso incluyera casi a todos mis conocidos de la capital. No comprendía que hubiera alguien que voluntariamente fuera capaz de abstenerse de bailar".

Seguimos desfilando y empezaron a notarse los efectos de tanto ajetreo. Dos compañeras se descompensaron y tuvieron que dejar de bailar por un tiempo. A otros compañeros se les alcanzaba a notar el sufrimiento en cada paso, aunque en ningún momento se le demostrara esto al público. Cada vez que pasábamos por donde había jurado nos avisaban para concentrarnos más y ejecutar mejor los pasos. El velón no lo habíamos prendido, la verdad nunca supe por qué. Solamente para la parte final lo encendimos y bailamos unas cuadras así. Ahí alcancé a sentirme mal. Al cansancio general, el malestar por llevar 3 días bebiendo, las ampollas de los pies, el sol, se le sumaba ahora una bendita vela que aumentaba aún más la temperatura y que quemaba la mano fuertísimo con la cera. Qué descanso cuando se la entregué a mi pareja, después de un par de intentos fallidos, como estaba planificado en la coreografía.

Reconocí a varios amigos y familiares en los palcos. Aunque no podía saludarlos me puso extremadamente feliz verlos y poder bailar enfrente de ellos. Maldije a todo aquel que haya sentido pena de bailar en público, aunque eso incluyera casi a todos mis conocidos de la capital. No comprendía que hubiera alguien que voluntariamente fuera capaz de abstenerse de bailar.

Yo me sentía en otra dimensión, que estaba levitando sobre la Vía 40.  Todo era alegría, música, baile y, por supuesto, coqueteo.  Con la pareja propia, con la del lado, con la de adelante, con la espectadora del palco, con la que pasaba vendiendo cerveza, con la que fuera.  Miradita por allá, sonrisita por acá, picadita de ojo que se fue, besito al aire que llegó. Ya ni siquiera se pensaba en hacer los pasos bien, simplemente se sentía que todo fluía y que no era sino dejarse llevar.

Faltaban las últimas cuadras, ya se aproximaba el final de esta aventura que aunque para mucha gente fuera algo normal y habitual, para mí era una experiencia única. Desde los ensayos, conociendo a los nuevos compañeros que ya se volvieron amigos, escuchando sus anécdotas de carnavales anteriores, absolutamente todo lo que encerró esta vivencia me estaba pasando por la cabeza en ese momento, casualmente cuando hicimos la parte más hermosa del desfile.

Al final del recorrido queda la cárcel de la ciudad y los reclusos se acercan a unas terrazas alejadas que tienen para observar el desfile. Pasamos por ese pedazo de medio lado, para quedar de frente a ellos y saludarlos. Se encontraban muy lejos, pero igual se sentía la algarabía y la emoción de estas personas que están privadas de la libertad y perdieron la oportunidad de ver una cumbiamba con frecuencia.

Creo que no lloré porque la deshidratación producto del guayabo y el desfile me había dejado hasta sin lágrimas. Fueron dos minutos realmente hermosos, no solamente para mí, sino para todo el grupo. 

Creo que no lloré porque la deshidratación producto del guayabo y el desfile me había dejado hasta sin lágrimas. Fueron dos minutos realmente hermosos, no solamente para mí, sino para todo el grupo. El desfile terminó inmediatamente después y todos nos abrazamos con mucha emoción, como si no hubieran anulado el gol de Yepes. Ya no importaban las discusiones, los problemas, el desorden, la llegada tarde, los regaños. Nada. Ya habíamos logrado culminar de manera exitosa y satisfactoria este magnífico proyecto.

Fuimos caminando a la sede, mientras hablábamos, recochábamos, hacíamos chistes y bailábamos. Me despedí de todos los compañeros esperando verlos pronto y que no volvamos a  compartir hasta el otro año. Fui a seguir el Carnaval con mis amigos, dos días más de rumba en los cuales sería imposible llegar al éxtasis del final del desfile, pero donde igual se disfrutó y gozó al máximo, tanto que hoy Miércoles de Ceniza tengo una depresión post carnavalera fuertísima, una tusa casi peor que una amorosa, acompañada por la ansiedad de saber el resultado del desfile, aunque tengo toda la seguridad que coronamos un Congo de Oro y que me tendrán que seguir teniendo paciencia en la cumbiamba, porque no pienso volver a vivir un Carnaval sin desfilar.

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