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De cómo una red social cambió el mundo tal y como lo conocíamos. Capítulo V.

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Redacción Shock

Por: Juan Pablo Castiblanco Ricaurte // @KidCasti

Capítulo V: Espejito, espejito.

Si la bruja del cuento de Blancanieves tenía su propio espejito que le aseguraba y reafirmaba que ella era la más bella del reino, los humanos del siglo XXI tenemos a Facebook para que nos diga que somos los más cool, los más inteligentes, los más cómicos, los más fiesteros, los que hacemos planes más interesantes, los que tenemos los mejores amigos y los dueños de la relación más pura y romántica. 

Facebook fue el responsable de volver a crear una revolución copernicana. Revolcó nuestro sistema social para reorganizarlo como uno de tipo egocéntrico; uno donde todo gira alrededor de lo que el usuario publica, dice, comenta, oye y, sobre todo, le gusta. Por eso Facebook, en su propia página (Facebook.com/Facebook), destaca cinco hechos biográficos: su debut (2004),  la inclusión de estudiantes de bachillerato (2005), la apertura para todo tipo de personas (2006), la entrada de la empresa a la bolsa de valores de NASDAQ (2012) y el lanzamiento del botón “me gusta” (2008). ¿Por qué, en la corta pero espesa biografía de una empresa multimillonaria que ha absorbido otros servicios web, que ha consagrado a su creador como una de las personalidades más influyentes del mundo, es tan importante el desarrollo de una simple forma de interacción?

Porque el like es la partícula elemental de la vida según Facebook.

El like es tan importante para el funcionamiento de esta red que incluso hay muchos que piden su antagonista, el botón “dislike” o “no me gusta”, o su hipérbole, el botón de “me encanta”. El like ha condensado en un solo tipo de interacción virtual estrategias de coqueteo, aprobación de posturas ideológicas, aplauso sobre logros personales, risas, apoyo, simpatía, lástima... todo un amplio rango de emociones humanas empaquetado en un clic. Por eso, y por su lenguaje accesible y eficiente, las páginas religiosas (ver Capítulo III) publican memes como “Dale like si Dios ya entró en tu corazón”, las bandas prometen “sorpresas” cuando lleguen a un número deseado de likes (ver Capítulo IV) o las marcas cada vez le ponen más atención a esta red social en busca de likes a sus productos (ver Capítulo I).

Es el logo de la generación del siglo XXI.

Y así, con esa facilidad de interacción social, con esa única regla de juego, nos lanzamos al ruedo. Realizando movimientos, visibles ante toda la red de contactos, que tienen una forma fácil e inmediata de ser medidos. El like es una moneda universal que se traduce en aprobación social y por eso cualquier lance debe ser ideal, no debe haber pasos en falso. Todo debe ser bello y perfecto. ¿Habrá un acto más premeditado y controlado que cambiar la propia foto de perfil? 

“Existe una paradoja en el uso de Facebook y es que se moldea el perfil de acuerdo no como eres sino como te gustaría ser. Hay muchas personas que están en estado de déficit, de alienación y de aislamiento, y la mejor manera de decantar esas frustraciones a través de un espacio donde el veto es mínimo. Si alguien con espíritu neutral entra a Facebook, ve comentarios de gente que cuenta su estado anímico, donde detrás hay  personas que están mandando mensajes de que no tienen con quién aclarar su confusión. O, al revés, gente que está muy contenta y efusiva, pero que no lo es tanto, sino que están construyendo una máscara. Esa es la misma dinámica de las fotos donde se muestra el estado de la propia corporalidad: los usuarios acomodan sus fotos para que se vean atractivos y sexys, pero no lo son sino que hacen lo que pide la sociedad”, explica el sicólogo y profesor de la Maestría de Sicología Clínica y de la Familia de la Universidad Santo Tomás, Ricardo Jaramillo Moreno. Jaramillo también cuenta que actualmente por lo menos un 90% de sus consultas a parejas son para tratar problemas ocasionados por comentarios y conversaciones encontradas en redes sociales o el celular, así como casos de matoneo virtual. 

El ser humano según Facebook es el sol de su propio sistema, alrededor del cual orbita todo lo demás. Esta utopía para muchos puede quedarse en eso. Para otros, puede ser una etapa pasajera. ¿Pero para otros podrá convertirse en una adicción? ¿Es posible que, como en Inception de Christopher Nolan, la ilusión cambie de lugares con la realidad y la frontera se vuelva invisible para quien la transita? “La tecnología es lo mejor que le puede pasar al hombre. Se hizo para facilitarle las cosas pero no se ha pensado éticamente en quién es él. Mejora la vida un montón, pero pareciera que los seres humanos no estamos preparados para tantos avances, para ver el potencial que no sabemos hacia dónde debe ir. Esa es la pregunta. Es el sentido de las redes en internet”, agrega Jaramillo.

Fundaciones que trabajan en la lucha contra las adicciones aún no tienen una respuesta pues los casos son aislados. A la Fundación La Luz hace cuatro años llegó la primera persona en busca de ayuda para su adicción a internet, y desde entonces no más de una decena de pacientes se han registrado por la misma razón. Tampoco hay un tratamiento específico y, como lo explica uno de sus terapeutas Edgar Augusto Hernández, se trabaja con el mismo procedimiento de la ludopatía (la adicción por cualquier tipo de juego), pues comparte el mismo comportamiento obsesivo compulsivo. Los pacientes que han llegado, según Hernández, lo hacen porque están al punto de sufrir algún deterioro físico y/o a sacrificar su mundo exterior por el que tienen frente a la pantalla, pero admite, “no hay muchas personas tratadas porque es muy difícil que sean conscientes de que son adictos. Es complicado porque no se toca el tema”.

En otras fundaciones como la Escuela de Vida Albalá, ubicada en Cali, esta posible adicción es tratada igual que las demás. Según su director, Hernán Molano, “una persona se pega a algo tratando de no morir, de sobrellevar la vida, de que la vida no le pase por encima. Por eso se desconecta conectándose a una sustancia, a un objeto, a un comportamiento o a una persona”. Incluso, el Manual de diagnóstico y estadística de la Asociación Americana de Siquiatría (la biblia de este campo), aún no incluye la adicción a internet entre sus enfermedades, por lo que aún estamos muy lejos para saber si existe una adicción a Facebook.

Sin embargo, desde que a punta de likes nos sigamos convenciendo que somos los más bonitos del reino, Facebook seguirá siendo nuestro espejo mágico. Habrá que ver cuánto falta para que se rompa el encanto. 

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