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El eterno Leandro Diaz, un año después de su muerte

Por
Redacción Shock

Se cumple un año del fallecimiento de Leandro Díaz, el compositor de canciones eternas como  Matilde Lina y La Diosa Coronada que el país recuerda en voces de grandes intérpretes del vallenato. Leandro murió en Valledupar a los 85 años, hoy su legado pervive incrustado en el inconsciente colectivo de la nación.

Por: Jenny Cifuentes - @Jenni_cifu /Foto: Elespectador.com

Hace unos días el Congreso de la República aprobó la Ley de Honores ‘Leandro Díaz’, con  ella, la obra del compositor se convierte en Patrimonio Cultural de la Nación. Se planea que el Ministerio de Cultura publique una recopilación de sus creaciones musicales y que le sean construidos un par de monumentos, entre otros homenajes.  Conmemorando el primer aniversario de la muerte del maestro, como tributo se programaron caminatas y conversatorios en San Diego (Cesar) y en Valledupar, donde se además se inaugurará el patio cultural ‘Leandro Díaz’ en la Cámara de Comercio de  la ciudad. 

“Yo peleé con mi destino cuando empezaba a cantar, él me quiso derrotar y al final perdió conmigo” escribió Leandro Díaz comparándose con el Cardón Guajiro, una planta a la “que no  marchita el sol y que en tierra mala ningún tiempo la derriba”. Así fue el compositor, fuerte, pujante. Una robusta rama del árbol genealógico del folclor, un  poeta ciego clarividente que junto a otros juglares, con sus versos y correrías sonoras, trazó el largo camino por donde transita la música vallenata. Con Leandro se despidió otro juglar, de los que pocos quedan: campesinos que contaron historias de su tierra y ensancharon la poesía que se volvió canto al compás de un acordeón. Fue Leandro Díaz alma creadora dotada de imaginación, que con su obra se tornó esencial en la historia musical colombiana. Por eso, cada vez que se acuda al libro del vallenato allí presente va a estar Leandro.

El que “cantaba por diez centavos una canción en la calle”. El que le puso música a sus pesares y en un compendio de lamentos le dijo al mundo: Dios no me Deja, o A mí no me Consuela Nadie. Leandro José: el andariego, el pregonero. El diestro creador, que en Los Tocaimeros, hizo todo un censo de los habitantes del pueblo de Tocaimo para una canción.  Ese Leandro guajiro que se rebelaba y dedicaba melodías a quien usurpaba sus versos. El hombre jocoso que les sacaba los trapitos al sol a los colegas en las parrandas interpretándoles El Negativo y El Bozal, el amigo que se preocupó por el exilio musical de Lorenzo Morales y le compuso La Muerte de Moralito.  El eterno Leandro enamorado, creador de Matilde Lina y La Diosa Coronada, que “quiso a las mujeres pero con duda en el corazón”, y que dejó a sus musas inmortalizadas en cantos. El parrandero que enfiestó a una nación con El Palo´e MangoLa Parrandita, y el crítico que verseó: “Aquí en Colombia todo lo bueno está planeado pa los de arriba y los de abajo siguen viviendo si pan, sin techo y sin medicina”.

Con Leandro se fue un hacedor de cantos llenos de paisaje y belleza. Merengues, sones, puyas y  paseos en estado puro, que la memoria colectiva convirtió en clásicos que permanecen, porque como dijo el maestro: “Los clásicos nunca corren, el que corre es el que está aprendiendo, porque quiere llegar temprano.  El clásico llega a la hora precisa y es él, el que se  queda”.

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