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El presente de Falcao y la tragedia de ser colombiano

El ídolo que nos regresó a un Mundial cumple 30 años, ahogado en lesiones y recibiendo todo el garrote que no se merece.
Por
Álvaro Castellanos

El ídolo que nos regresó a un Mundial cumple 30 años, ahogado en lesiones y recibiendo todo el garrote que no se merece.

Por Álvaro Castellanos | @alvaro_caste // Foto: EFE

Pareciera que en Colombia el deporte nacional es bajar la caña. No se puede ver triunfando a alguien porque, de una, hay que caerle encima, buscarle el quiebre, subestimarlo, cuestionar sus merecimientos. Y en esa actitud tan colombiana prima la falta de memoria: una especie de amnesia selectiva que nos hace ver sólo lo que queremos. Con el caso actual de Falcao, lesionado y con muchos problemas para volver a jugar, este fenómeno se ha hecho escandalosamente notorio. 

Mientras algunos esperamos que el 9 retome el nivel que le conocimos en River, Porto y Atlético Madrid, muchos otros lo llaman “exfutbolista”, “desahuciado”, “sobrevalorado”. ¡Habrase visto! En poco tiempo, el tipo ganó todo lo que quiso a nivel de clubes, y con la Selección nos devolvió a un Mundial después de 16 años. ¿Qué más quieren? ¿Que supere a Messi? ¿Que cure el cáncer? ¿Que tome fotos con un Nokia 1100?

Una cosa es cierta y es que los éxitos de Falcao, que son muchos, no han sido gracias a Colombia, sino a pesar de ella. En el país del Sagrado Corazón nos encanta trapear el piso con nuestras figuras. Hace parte de nuestra identidad errática y de extremos. Lo dijo Gabriel García Márquez hace más de 20 años en un documento entregado al Gobierno, en el que, junto a una comisión de notables, identificaba los problemas del país.

“Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en el amor y en el odio. En el júbilo de un triunfo y la amargura de una derrota. Por eso un éxito o un fracaso deportivo pueden costarnos tantos muertos como un desastre aéreo y a nuestros ídolos los destruimos con la misma pasión con que los creamos”.

“Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en el amor y en el odio. En el júbilo de un triunfo y la amargura de una derrota. Por eso un éxito o un fracaso deportivo pueden costarnos tantos muertos como un desastre aéreo y a nuestros ídolos los destruimos con la misma pasión con que los creamos”. Gabo, al que muchos no le perdonan no haberle construido acueducto a Aracataca, acierta tremendamente con esa descripción que, pese a los años, no pierde vigencia.

En la historia colombiana hemos descabezado a toda suerte de ídolos deportivos. Pambelé, Asprilla, Higuita, María Luisa Calle. Y de un momento a otro, el “tigre”, el “mejor 9 del mundo”, parece haber entrado en esa colada. Se convirtió en un ídolo caído. En un futbolista ambicioso que se fue a Mónaco por plata. Totalmente impresentable. ¿Quiénes somos nosotros para cuestionar las decisiones de los demás? Vaya usted y niéguese a la posibilidad de cobrar un sueldo semanal de 1000 millones de pesos colombianos. Desde Facebook y Twitter cualquiera opina, pero la vida real es otra.

La gloria no tiene precio y Falcao lo sabe. Por eso los 20 millones de dólares libres que ganó en 2015 hoy por hoy ocupan un segundo plano para él. Su prioridad es volver, nada más que eso. Pero infortunadamente las lesiones no lo dejan.

Recordemos que es casi un milagro que Falcao siga jugando, teniendo en cuenta que se rompió los ligamentos cruzados de ambas rodillas. El de la izquierda, a comienzos de 2014, cortesía de Sonner Ertek, un profesor de geografía que en sus ratos libres intentaba jugar al fútbol. Y el de la derecha (muchos no lo saben) previo al Mundial Sub-17 de 2003. Con una lesión “acaba-carreras” como la de ligamento cruzado en ambas rodillas, que el buen Radamel se mantenga entrenando al más alto nivel ya es toda una proeza.

El presente de Falcao está complicadísimo hasta para su regreso a la selección de Cementos Argos. A los que queremos que vuelva brillar nos queda que se recupere físicamente aunque le tome tiempo. Y luego, así sea en un equipo de segundo nivel, que vuelva a jugar, que retome el ritmo de competencia y, si no es mucho pedir, que vuelva a la Selección. Seguro ese fue su deseo de cumpleaños y ojalá se le cumpla.

Es cierto que en estos momentos al hijo de Santa Marta no cabe llamarlo a la Selección y que si fue a Manchester United y Chelsea fue más por gestión de su macabro representante Jorge Mendes que por sus condiciones, minadas por los problemas físicos. Pero de ahí a desahuciarlo, me parece demasiado. “Al caído caerle”, dicen. Qué adagio tan colombiano.

Decía Pacho Maturana hace unos días en declaraciones a la revista Semana que “algunos hinchas y algunos periodistas no entienden y no aceptan que se puede jugar mal, que puede haber una mala racha y empiezan a buscar explicaciones desde la distancia, muchas veces sin argumento, con la licencia que da la vida de personas públicas como los jugadores”. Lo dicho. Nos encanta bajar la caña. Y Falcao es la última víctima. Por supuesto no será la última.

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