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El servicio militar es obligatorio para los pobres

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Redacción Shock

Por: Carlos García - @carloscuentero / Foto: El Espectador.

Hace algunos años, cuando trabajaba para un diario regional, visité un batallón de alta montaña en pleno Macizo Colombiano. Durante una semana viví en medio de estos héroes de la Patria.

Comprendí que no son a prueba de balas ni su corazón es de acero. Ellos ríen, cantan, sueñan y sufren. Tienen miedo. Proceden de los lugares más pobres y olvidados del país. Vienen del campo, de las comunas, de las pandillas. Disparan, es su trabajo. Sobreviven y ayudan a su familia con poco más de un salario mínimo.

Algunos llegaron allí por una ‘redada’ del Ejército que los cazó en las esquinas de sus barrios sin darle tiempo a despedirse de sus familias. Otros porque la ley de la guerra que libra el campo colombiano los obliga a tomar un bando. Algunos otros por la necesidad de una libreta militar, condición para la vida laboral. Y unos muy pocos por decisión a conciencia para defender a su Patria.

Muchas historias escuché. Como la del soldado Arias y su infancia en un rancho de guadua y cartón en el Distrito de Aguablanca en Cali. Me decía que nunca borrará de su mente el día en que una mina le voló las piernas a su mejor amigo: “No merecía morir. Solo estaba allí por una libreta militar. Tenía 18 años”.

O la del soldado Parra, que reconoció susurrando que en cada combate se orinaba en los pantalones. Venía del norte del Cauca, de una zona cercana al Naya, de donde salió huyendo cuando paramilitares descabezaron a toda su familia y a sus amigos. “No tuve otra opción que la guerra”, me dijo.

Tampoco tuvo opción el soldado Vásquez, que pasó de cargar bultos en la plaza de mercado de Buenaventura, a las filas del Ejército. Su familia aguantaba hambre después de que un vendaval se llevara su casa entera. La única estabilidad laboral se la daba portar un fusil.

Vásquez dormía con sus compañeros bajo tierra. Como topos. Los menos de cinco grados de temperatura cerca del nacimiento del río Magdalena le hacían sentir que sus huesos se congelaban. Lloraba porque su madre había muerto hace algunos días y no pudo ir al funeral. “El soldado no ve nacer a sus hijos, ni morir a sus padres”, me dijo.

Probé la sazón de Camayo, aunque él prefería que lo llamaran Jonathan. Decidió quedarse en la cocina porque le tenía pánico a las armas. Cocinar era su mejor estrategia, así podía escampar los meses que le faltaban para regresar a Popayán, terminar el bachillerato e ingresar a la Universidad del Cauca. Quería estudiar sicología.

Con tristeza contó los maltratos de los que fue testigo al interior de las filas, tanto de sus superiores como de sus compañeros. Maltrato que, para él, empezó desde el penoso examen médico donde le manosearon las pelotas.

Regresé a la redacción del diario a escribir en detalle cada una de estas historias. Cuando fue publicado el reportaje en edición dominical, un general me llamó furioso a increparme porque, según él, había entrevistado a los soldados “más pobres y más gamines”. Subido de tono le pedí que me presentara con un soldado de estrato cinco, porque con gusto me gustaría entrevistarlo. Me odió el general y me cerró las puertas de su Ejército.

No existen soldados de estrato cinco. Los únicos que van a la guerra son los pobres. Ponen el pecho y mueren como parte de una fría estadística mientras los poderosos disponen de sus vidas en los cócteles y clubes en Bogotá. Sus hijos no van a la guerra. Es más, sus hijos ni siquiera viven en Colombia.

El servicio militar sólo es obligatorio para los pobres. Y para ellos tristemente es obligatorio morir en una guerra que no es suya.