Se encuentra usted aquí

Entre el fútbol, el olvido y la sequía. Un viaje por el desierto de La Guajira

Por
Redacción Shock

Vivimos en un país absurdo, con historias que rayan entre lo trágico y lo cómico. Acá suele pasar lo inconcebible. Estas historias también son Colombia. Viajamos a uno de esos lugares que aunque son potencialmente ricos, natural y culturalmente, al parecer están siendo condenadas a vivir en el olvido y en la pobreza extrema: La Guajira.

Por: Fabián Páez  López @davidchaka // Fotos: Benedetta Casini

La guajira es uno de los departamentos que recibe mayor cantidad de regalías gracias a la explotación de carbón. Allí,  el pueblo indígena más grande de Colombia está sufriendo una de las mayores sequías de la historia; dicen que pasaron tres años sin que cayera una gota de lluvia. Mientras tanto, a la exalcaldesa de Maicao, Daisy Lorena Hernández, se le impuso una sanción fiscal por haber gastado 3.600 millones de pesos provenientes de regalías en cosas como medias veladas, refrigerios, utensilios de cocina o fotocopias. Una suma que habría ayudado a disminuir el impacto de la sequía. Pero no fue solo eso. La Fiscalía también la investiga (junto a 4 de los funcionarios de su gobierno) por su presunta responsabilidad en la desviación de 4.700 millones de pesos que debieron ser invertidos en el Plan de Atención Básica del municipio fronterizo. En fin, de esas cosas absurdas que suelen pasar acá. Pareciera que a todo le queremos sacar tajada sin importar que otros no tengan ni agua. (Fuente: http://www.elheraldo.co/la-guajira/regalias-en-la-guajira-fueron-parar-b...).

Hicimos nuestro recorrido por uno de los lugares en los que más se acentúa la sequía, el municipio de Uribía, mejor conocido como la capital indígena de Colombia. Ubicado en la zona media y alta de la Guajira, el municipio de Uribía es el lugar en el que se concentra la mayor cantidad de indígenas Wayuu en Colombia. Un grupo que ha vivido allí desde tiempos inmemoriales en condiciones que para nosotros pueden ser extremas, pero que ellos dominan tranquilamente. El territorio de este pueblo se extiende, en mayor medida, hasta la ciudad de Maracaibo en Venezuela.

El paisaje de esta zona se caracteriza por sus inmensos desiertos, donde solo se pueden ver cactus, ganado que se está desnutriendo, chivos corriendo por entre la escasa vegetación y basura que el viento ha acumulado en ciertas zonas. Hay playas de arena blanca desoladas junto a enormes dunas, y una que otra playa invadida por los turistas como la del Cabo de la Vela, donde también se practican deportes extremos. La temperatura de este lugar, que a pesar de parecer tan lejano ofrece paisajes paradisiacos, va desde los 30 a los 40 grados, soportables gracias al fuerte viento que suena siempre como cuando chocan las olas.

Recorrer la alta Guajira solo es posible con la gente que conoce la zona. No hay carreteras y los caminos son casi invisibles. Seguimos preguntándonos como hacen para no perderse. Dicen que la falta de carreteras pavimentadas es un problema que solo se da en la parte colombiana del territorio indígena. Así, sin pavimento, se dificulta más la llegada del agua.

Nos encontramos con nuestro guía, Ricardo, en el corregimiento de Nazareth. Ricardo hace parte de un clan Wayuu que vive en Venezuela, pero él lleva años dedicado a guiar a los turistas por los difusos caminos de Uribía.  Nuestra primera parada, desde Nazareth, fue el parque nacional La Macuira. La serranía de La Macuira contrasta con el paisaje desolado  que hay a su alrededor. Es como un oasis en medio del desierto, pues posee nacimientos de agua y una vegetación totalmente diferente del resto de la alta Guajira. Ante la sequía, muchos ganaderos Wayuu han tenido que transportar a sus animales hasta la serranía para que no mueran de desnutrición.

Nuestro paso por la Macuira fue veloz. De allí partimos hasta el faro de Punta Gallinas, pasando por Taroa y Pusheo. Nuestra intención, en un principio, era preguntar por las fiestas y la música tradicional de los indígenas. Pero este era un tema que al parecer, nuestro guía, y los pocos indígenas que hablaron con nosotros en el camino no tenían muy presente. Le preguntamos a Ricardo y nos dijo que le gustaba escuchar lo que le pusieran: “vallenato, reggaetón, champeta...los viejos son los que saben tocar instrumentos Wayuu, pero eso no lo dan en la radio”. Una respuesta un poco desalentadora, pues teníamos pensado que el Festival de la Cultura Wayuu era un evento que había ayudado a revitalizar la tradición musical indígena. Unos días después, en Punta Gallinas,  conocimos a un personaje que trabaja desde hace dos años con estas comunidades en proyectos ambientales para la protección de las tortugas. Nos contó que había asistido a las últimas dos ediciones del festival y que la música tradicional Wayuu solo ocupaba un 20% del repertorio musical, “el resto era vallenato, reggaetón y champeta…la gente acá se reúne en estos eventos es a tomar chirrinchi, a emborracharse y a reírse con las historias de viejas borracheras”.

Cuando pensábamos que ya no iba a ser posible encontrar ningún músico Wayuu conocimos  a Víctor, un hombre que tocaba la turrompa o arpa de boca, un instrumento que, según él, trajeron los españoles y no es propiamente Wayuu pero que han incorporado con el paso del tiempo. Sin embargo no se mostró muy entusiasmado en tocar para nosotros. Así que dejamos de insistir con el tema. 

Al parecer, acercarse a ciertas rancherías es un asunto complicado. Hay varios indígenas que transitan armados, y en ocasiones, mujeres y niños extienden una cuerda por el camino de los carros para cobrar peaje. La mayoría de veces piden dulces, pero nuestro conductor nos contó que en ocasiones es necesario pagar en efectivo. Puede que en estas rancherías, que están más resguardadas de los alijunas (palabra Wayuu para referirse a los no indígenas) haya gente con más amplio conocimiento de la música Wayuu.

Aunque Ricardo no nos habló mucho de la sequía ni de la música, hubo un tema que fue el hilo conductor de todo nuestro recorrido: el futbol. Llevaba su afición presente hasta en su indumentaria. Apenas vio que llevaba puesta una camiseta de la selección de Brasil nos mostró sus alpargatas verdes y amarillas que él mismo había fabricado para la época mundialista. En la parte delantera de estas decía: Brasil 2014. De ahí en adelante, nuestro viaje fue puro futbol. 

 

 

La Jamesmanía y el fútbol en el desierto

Nuestro guía no era el único aficionado al futbol. Mientras transitábamos por los difusos caminos del desierto había algo que parecía interrumpir la continuidad del paisaje: las canchas de fútbol. Una de las cosas que hacen que el futbol sea el deporte más popular del mundo es que todos pueden jugarlo, para armar una cancha y hacer un balón solo se necesita creatividad, y con tanto espacio libre los Wayuu han sido ingeniosos. Los escenarios están perfectamente delineados, y sus medidas parecieran las del estadio metropolitano. Hay arcos hechos con tubos y cuerdas, con madera sacada de los cactus y redes hechas con lo que antes eran redes de pesca de los apalanches (pescadores Wayuu). Seguramente, en un partido de local y bajo estas condiciones, los indígenas de esta zona pondrían en aprietos a cualquier equipo del rentado nacional.

Los Wayuu viven en comunidades llamadas rancherías, que están conformadas por enramadas, corrales y casas que habitan entre 20 y 60 familias pertenecientes al mismo clan. Así que, usualmente, los  enfrentamientos se dan entre equipos conformados por personas de la misma ranchería o clan. Y aunque no tienen uniformes, los clanes tienen lo que podría ser un escudo, ellos lo llaman kanash: es un símbolo que los identifica con su animal representativo y su apellido.

La afición de esta gente da para más que para jugar a tan altas temperaturas y con terrenos improvisados. Son también fanáticos de la selección Colombia, más aun después de su exitoso paso por el Mundial de Brasil 2014, y como era de esperarse, tienen definido su jugador favorito: James Rodríguez.

Cuando llegamos a nuestra última parada, la posada de Luz Mila en Punta Gallinas, los niños nos preguntaron que si a Bogotá ya había llegado la 10 de James en el Real Madrid. Vimos después a uno de esos niños salir corriendo con su camiseta número 10 de la selección, mientras gritaba: “¡James, James!”. Todo para ver la aparición de su ídolo en la sección de deportes del noticiero.

En la Guajira hacen cualquier cosa por mantenerse al tanto de las noticias futbolísticas. En la época mundialista se valían de distintos medios para enterarse de los partidos. Algunas veces se reunían en las posadas para los turistas, que son las que tienen televisión y energía para verlos, mientras que otras, los escuchaban por la radio venezolana. Eso sí, el apoyo era para la selección Colombia.

Ricardo, antes de despedirse de nosotros nos contó con un evidente entusiasmo, la noticia de que a Riohacha iba a volver el fútbol profesional. Este año el equipo de Valledupar eligió el estadio Federico Serrano para jugar sus partidos como local. Pero, en un tono nostálgico, nos dijo también que ya era hora que hubiera un buen equipo de la Guajira, y nos recordó a su gran embajador en el futbol, Arnoldo Iguarán.

Para los Wayuu el futbol se ha convertido en una forma de pasar los días en medio de la sequía y de la falta de ayudas concretas para suplir la necesidad de agua potable. Hasta ahora el tema se volvió mediático, pero allá llevan mucho tiempo necesitando ayuda. 

Temas relacionados: