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¿Están planeando viaje? Vayan a buscar una aurora boreal

No hace falta pasarse con LSD para ver que en el cielo se enfrenten gigantes espíritus de colores. También pueden ir a la tierra de los elfos (y de Björk).
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Redacción Shock

No hace falta ir a ver a Tame Impala en concierto ni bañarse en LSD para que empiecen a ver como si todo lo que les pasa por el frente se vuelve incandescente y en el cielo pareciera que los colores entran en conflicto para crear nuevos espectros visuales, como si fuera espíritus en pleno vuelo astral. También puede programarse para viajar a un país nórdico de Europa para ver una aurora boreal.

O bueno, para intentar cazarla y robarle una foto a ese fenómeno natural inundado de leyendas sobre su origen y cargado de esplendor. Pueden, por ejemplo, visitar una tierra de elfos, gnomos y criaturas míticas. La casa de Björk: Islandia.

Fuente: EFE (Diego Alonso)

Cuenta una leyenda esquimal  que los límites de la tierra y del mar están bordeados por un inmenso abismo sobre el que aparece un sendero estrecho y muy peligroso que conduce a las regiones celestiales.

El cielo es una gran bóveda de material duro, arqueado, que se encuentra situado sobre la tierra. En él hay un agujero a través del que los espíritus pasan a los verdaderos cielos.

Pero sólo los espíritus de aquellos que han tenido una  muerte voluntaria o violenta, así como el cuervo, son los que han recorrido ese sendero.

Acá pueden ver una lista de viajes por temporada para ver auroras boreales.

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Los espíritus que viven allí encienden antorchas para guiar los pasos a los que puedan llegar. Esa luz es la aurora. Y allí se encuentran festejando y jugando con un cráneo de morsa los que lo habitan.

También tienen, los esquimales, una simbología para el sonido silbante que acompaña, algunas veces, a esa aurora. Se trata de las voces de los espíritus que intentan comunicarse con las gentes de la tierra. Se trata de los “selaimu”, los “moradores del cielo.

Una leyenda que se une a otras muchas de aquellas zonas próximas al círculo polar ártico donde se pueden apreciar, no siempre que se quiere, ese fenómeno de la naturaleza que el investigador francés Pierre Gassendi denominó, en el año 1621, “Aurora Boreal”, es decir, “Luz del Norte”.

VIENTOS SOLARES Y CAMPO MAGNÉTICO.         

Es indudable que, por mucho que se quiera dar una significación, una casualidad más científica y menos simbólica, las auroras boreales no dejan indiferentes a aquellos que tienen la suerte de verlas, bien sea al amanecer o al anochecer.

De hecho, hay muchos viajeros que eligen para sus vacaciones desplazamientos a los países nórdicos europeos y, una vez en ellos, marchan hacia las zonas más próximas al círculo polar ártico, para poder degustar esta exaltación de la naturaleza.

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Porque una de estas experiencias, una visión de esas columnas luminosas que, por unos instantes, unen el cielo y la tierra irradiando diversos colores es algo más, sí, algo más que un fenómeno atmosférico, y que desde luego, entra más en la magia que tienen algunas tierras, como por ejemplo la que mantiene ancestralmente la isla de Islandia.

Científicamente este fenómeno natural se produce cuando los vientos solares afectan al campo magnético de la Tierra y, entonces, las partículas liberadas en explosiones solares quedan retenidas en la atmósfera y dan lugar a las tormentas solares.

Con esa liberalización de energía se efectúa una ionización y disociación que estimula la dispersión de las partículas. Así se crea un estado de inestabilidad que da como resultado que sean enviadas ondas luminosas al espacio, mientras se lleva a recuperar el equilibrio.

Y esa búsqueda es cuando el cielo aparece poblado de puntos luminosos que se unen formando líneas rectas, franjas ondulantes, circulares, de variados colores, rojos, azules, verdes, amarillos, anaranjados... que se unen dando al cielo un aspecto mágico, de leyenda, y que recuerdan a la historia de los esquimales pues, de una forma o de otra, se asemejan a caminos que cruzan de la tierra hacia el cielo.

A DÓNDE VER UNA AURORA BOREAL

Existen diferentes tipos de Auroras Boreales, en función de la intensidad con la que se puedan observar, así como de la duración de las mismas en el cielo.

Se suele aceptar un ordenamiento del uno al nueve, considerando la de menor valoración como una simple línea blanca que cruza el horizonte, hasta la de máxima intensidad, donde el juego de colores y el mantenimiento en el cielo estrellado, muestra un contraste que es de una indescriptible belleza.

El mejor tiempo para acercarse hasta las proximidades del Círculo Polar Ártico para verlas suele ser los meses de septiembre, octubre y luego marzo. No hay un país en esa proximidad que destaque por encima de otro en las posibilidades de verlas y fotografiarlas.

Tanto se puede acudir a Noruega, a Finlandia o a Islandia, como hasta Alaska.

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No obstante, conviene tener en cuenta que muchas veces se ve únicamente una línea blanca en el horizonte. No hay que preocuparse, si se hace una fotografía, al ver la imagen el autor de la foto seguro que se queda sorprendido por lo que se encuentra.

Consejo, la mejor forma de ver una aurora boreal, es aprovechar la máxima oscuridad en lugares donde el cielo esté claro y despejado.

En este caso, las fotografías de las auroras boreales que se insertan en este reportaje, han sido tomadas durante un septiembre en Islandia, en la zona más al norte de esta Isla mágica, donde este fenómeno natural gana más importancia mágica por ser una tierra de trolles, gnomos y elfos, que parecen aprovechar esos caminos celestes para hablar con los espíritus de los antepasados.

Hablando de seres mágicos y de leyendas. Conviene recordar que existen otras ideas, también legendarias, en torno al porqué de la aparición de las auroras boreales, dependiendo del pueblo que se trate.

Para unos, es un zorro ártico que tiene una larga cola con la que es capaz de rozar el cielo cada vez que se mueve con rapidez sobre la nieve. Ese roce es el que produce chispas luminosas en el cielo.

Otros piensan que son las grandes ballenas que habitan en el Ártico, quienes con sus chorros crean esa luminosidad al arrojar el agua helada al cielo.

Sea una u otra, sean los iones, protones, electrones, de los átomos que descargan las tormentas solares y que se aproximan a una velocidad de entre 80 y 150 kilómetros a la tierra, lo único cierto es que la naturaleza vuelve a dar, una vez más, una muestra de su verdadera magnitud, de la maravillosa belleza.