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¿Quién era ese Abbas Kiarostami del que todos hablan?

El hombre que creía que el espectáculo no debía continuar.
Por
Juan Pablo Castiblanco Ricaurte

Por: Juan Pablo Castiblanco Ricaurte // @KidCasti

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Hace poco, cuando veía El lobo de Wall Street y me acercaba a su tercera hora de duración, pensaba que lo que cualquier director podía contar en un minuto, Martin Scorsese lo contaba en tres, porque el italoamericano necesitaba decirlo todo con lujo y resonancia. Cuando repasaba algunas películas del cineasta iraní Abbas Kiarostami, protagonista de una de las retrospectivas en el próximo Festival de Cine de Cartagena, me di cuenta que la misma “regla de tres” aplicaba  pero con necesidades radicalmente diferentes a los de Scorsese. Si debe mostrar cómo un personaje sube una colina, no tiene afán, no recurrirá al recurso de mostrarlo en la falda y en la cima; por el contrario, dejará la cámara rodando durante el tiempo que tome recorrer el camino.

Si hay un sello por el que se conozca a Kiarostami en el universo cinematográfico, es por retratar la vida con la mínima intervención, sin artificios, dejando que todo se desarrolle en su total dimensión. Es decir, nulos efectos especiales, tomas largas, pocos cortes de edición, libertad para que los actores improvisen e historias cada vez más sencillas. A lo largo de su carrera, Kiarostami ha ido simplificando las cosas, reduciendo la magnitud de sus historias, acortando el tiempo que ocurre entre el inicio y el desenlace, al punto que cuenta hechos que suceden en el lapso de horas, máximo uno o dos días. Por eso ha logrado crear un sello único y admirado en el resto del mundo, así en su país el gobierno haya censurado algunas de sus obras, y por lo cual no solo recibió la Palma de Oro en Cannes en 1997 sino que también ha sido jurado de ese festival francés en tres ocasiones.

Pero lo de Kiarostami no se queda en un simple método de hacer cine; es una filosofía que atraviesa su forma de ver la vida y de ejercer otros artes como la poesía, el diseño o la pintura. Nacido en Teherán en 1940, no arrancó a hacer cine hasta que había cumplido 30 años. Antes había sido estudiante de Bellas Artes, trabajado como diseñador gráfico, e incluso realizado comerciales para televisión. Durante su época de estudiante trabajó como policía de tránsito y más adelante como ilustrador de cuentos infantiles. En sus películas ha tratado de mostrar algunos aspectos de la sociedad iraní, mientras que se hace preguntas sobre la vida, la muerte y el paso del tiempo. Por ese enfoque espiritual y filosófico, se le ha acercado a otros autores de culto como el ruso Andrei Tarkovsky o el francés Robert Bresson.

Ver una película de Kiarostami no es fácil si no se está entrenado en un cine lento y parsimonioso. Incluso, algunos de sus filmes abandonan cualquier intento narrativo y son ejercicios experimentales. Five dedicated to Ozu (2003), por ejemplo, es una unión de cinco tomas quietas, de 16 minutos cada una, del paisaje de las costas del Mar Caspio. Las tomas quietas y extensas no son su único sello distintivo. También son famosas sus escenas dentro de automóviles que, para el director, son el verdadero lugar donde las personas se desinhiben por no tener que mirarse frente a frente, donde tienen la posibilidad de no mirarse sin ser groseros. “Tenemos una pantalla grande frente a nosotros y una vista lateral. El silencio no es pesado ni difícil. Nadie sirve a nadie”, explicó alguna vez. Este tipo de tomas son las protagonistas de Ten (2002) que reúne diez conversaciones dentro de un auto conducido por una mujer.

A pesar de su gran influencia, del respeto que le tienen críticos y colegas, Kiarostami ha explorado formas de desvanecer la figura del director. Por ejemplo, no escribe guiones sino que permite a sus actores, la mayoría naturales, improvisar y tomar la película en sus manos. “Más que un narrador, soy un oyente de historias. Realmente lo disfruto. Las recuerdo y las guardo en mi memoria.” Kiarostami encarna una forma muy diferente y confrontadora de entender el cine, donde lo espiritual y lo filosófico son más importantes que todo lo demás. Tal vez para él, el espectáculo no deba continuar.…

Cinco películas para conocer a Abbas Kiarostami

¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987) 
Un niño se queda, por accidente, con el cuaderno de un compañero de colegio. Si espera para devolverlo al siguiente día, su amigo puede perder el año y ser castigado, por lo que cruza el pueblo para entregarlo. La versión doblada al español es una delicia.

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