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Fútbol y política, un coctel peligroso

Cuando un gol es una forma de tapar escándalos políticos, reafirmar dictadores e impulsar presidentes.
Por
Redacción Shock

Dictadores que han incidido para que sus países salgan campeones, cracks que han padecido el mundo de la política y amistades entre jugadores y dirigentes hacen parte del listado. Estados Unidos se prepara para la Copa América Centenario y desde ya se anuncia que el evento romperá los récords de teleaudiencia deportiva en el país más poderoso del mundo, en días en los que Trump es una nube negra que se asoma sobre la Casa Blanca.

Por: Héctor Cañón // Foto: EFE

Desde que en la década de los sesenta la televisión dejó de ser privilegio de unos pocos y empezó su camino de masificación, el fútbol se convirtió en uno de los espectáculos más deseados por el ser humano. Los políticos, entonces, vieron en el balompié y su entorno una herramienta para exacerbar el nacionalismo y proyectar una buena imagen ante la sociedad. Por eso, desde que la televisión convirtió al deporte rey en una industria, el poder político ha estado detrás del telón. Benito Mussolini, La Reina Isabel, Jorge Rafael Videla y hasta Andrés Pastrana han sido señalados de incidir para que las selecciones de sus países salieran victoriosas en torneos celebrados durante sus mandatos. Señalamientos que, aunque nunca comprobados, pueden ser ciertos.

Por su parte, China y Estados Unidos, las superpotencias de la economía y la política mundial, libran, desde hace varias décadas, fuertes batallas contra otros espectáculos más populares en sus países para que sus ligas locales y las selecciones nacionales ganen espacio entre su gente y a nivel internacional. En junio de este año, Estados Unidos celebrará la Copa América Centenario. Desde ya los expertos han asegurado que será el evento deportivo más seguido en ese país desde el Mundial de 1994, lo que demuestra que la estrategia de hacer crecer al fútbol en Norteamérica ha dado resultados. Y basta un ejemplo para comprobarlo: el partido de octavos de final entre Estados Unidos y Bélgica del pasado mundial superó el rating de la final de la Serie Mundial de béisbol, evento deportivo que hasta ese momento había tenido la hegemonía mediática durante décadas. 

No son pocos los ejemplos en los que fútbol y política se han cruzado peligrosamente. A continuación una serie de casos que van desde campeonatos que sirvieron para tapar procesos de paz embolatados, hasta dictadores que hicieron por sus selecciones nacionales más que los mismos jugadores. 

1.    Andrés Pastrana y la Copa América Colombia 2001 
Argentina no quiso participar argumentando que sus jugadores corrían peligro en un país en guerra y Brasil envío una selección alterna que cayó con Honduras en cuartos de final. Colombia fue por primera y única vez campeona de América y Pastrana, reconocido hincha del fútbol, desvió la atención de los graves problemas del país hacia la gloria nacionalista. Fraude no hubo, pero sí la sagacidad para poner al balompié y a la selección, acostumbrada a perder desde siempre, en primerísimo plano en los periódicos y noticieros. 

2.    Benito Mussolini e Italia 1934
El dictador italiano, que había ascendido al poder en 1922, era consciente del poder propagandístico del balompié. En el segundo mundial de la historia, fue él quien decidió quiénes serían los árbitros, bautizó al trofeo con su nombre (Copa Duce) y España en cuartos de final y luego Austria en las semifinales, padecieron los garrafales errores de árbitros que, curiosamente, habían cenado la noche anterior con el dictador. Al final, los campeones fueron el fascismo rampante de Mussolini y su teoría de que los italianos eran una raza superior. 

3.    La Reina Isabel e Inglaterra 1966
Solo como anfitriones, con Sir Stanley Rous como presidente de la Fifa y con la Reina Isabel deseosa de ver a su país coronarse en casa como el mejor en el deporte más visto del planeta, los ingleses pudieron dar la vuelta olímpica. Joao Havelange, ex presidente de la Fifa, aseguró que arreglaron su partido contra los alemanes en la polémica final (donde el árbitro validó un gol que nunca cruzó la línea de meta) y que sobornaron a los árbitros para que permitieran que Pelé fuera, literalmente, sacado del campo a patadas y codazos. Dios salve a la Reina.