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La era postGrooveshark

Cortesía Campus Party
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Redacción Shock

Entrevista con Andrés Barreto, el colombiano que fundó Grooveshark: una de las plataformas que encendió la mecha de la revolución de la industria musical.

Por: Juan Pablo Castiblanco Ricaurte // @KidCasti - Foto: Campus Party

En el 2008 por fin estalló el experimento que durante dos años venían cocinando tres chicos en el pueblo de Gainesville, en la Florida. Su primera versión, del 2006, fue un programa de descargas y envío de archivos peer-to-peer que muy pocos conocieron. Pero cuando lo transformaron en un catálogo de música alimentado por los propios usuarios para reproducciones online, el portal conocido como Grooveshark se convirtió en una de las plataformas de música en streaming más grandes del mundo (al lado de otras como Pandora, Spotify, Soundcloud, Deezer e incluso MySpace y YouTube)  y que alteró para siempre el rumbo de la industria musical. 

Uno de sus cerebros fue el colombiano Andrés Barreto, quien irónicamente reprobó todas las materias del primer semestre de Ingeniería de Sistemas y decidió estudiar Ciencia Política, pero quien no se alejó jamás de la revolución 2.0. 

Hoy solamente es socio de Grooveshark y se ha dedicado al desarrollo de cuatro empresas dedicadas al emprendimiento digital, la educación online, nuevos modelos de negocio en la red y apoyo al fortalecimiento de la tecnología en América Latina.

Residente en Nueva York, Barreto llegó a Medellín como invitado especial al Campus Party donde dará este miércoles una conferencia y liderará una actividad que busca que los asistentes creen su propio negocio online en menos de 48 horas. 

Hablamos con uno de los líderes latinoamericanos de la revolución digital sobre las nuevas formas de consumir cultura en la web y de cómo vivir del arte en esta era post-disqueras.

Grooveshark y otras plataformas de streaming han brindado alternativas para el consumo musical, pero ¿cómo están afectando los procesos de producción musical?

Lo que me parece muy interesante de los servicios de streaming, en realidad de cualquier servicio donde el artista le está publicando directamente a su audiencia, es que es un proceso de creación compartida con su público. Abren un uStream o un Twitcam y componen las canciones con ellos. Terminan de hacer una mezcla y la publican de inmediato. Eso de hacer 21 canciones y esperar a que la disquera le haga el favor de ponerlas en las tiendas donde nadie las compra, cambió totalmente. Los músicos no solo están publicando inmediatamente, sino que se vuelven los líderes mundiales para hacer playlists, mezclas y broadcasts en las principales plataformas.

Más allá del aspecto técnico, ¿cómo surgieron las características de la plataforma? ¿Hubo un estudio de los hábitos de consumo de los usuarios?

Todo lo que has visto de la plataforma se va programando con base a lo que las personas van pidiendo. Grooveshark sacó un producto para artistas y marcas que se llama Beluga, que da información que la canción sola no da. Por ejemplo dice cuál es el celular que la audiencia de Calle 13 usa, qué cerveza toma, qué películas les gusta. Esa información es muy difícil de conseguir y la obtenemos a través de las encuestas que se le hacen a los usuarios para obtener cuentas Premium.

Es una forma de ver la música más allá del arte y convertirla en un asunto de marketing…

El negocio de la música, en el concepto de vender un pedazo de plástico, ya no existe. El arte, como cualquier tipo de contenido, en términos industriales y de negocio, es un vehículo para marketing. Detrás de un artículo está la publicidad y el patrocinio. Si tú ves el top 20 de los raperos, ellos hacen 2 millones de dólares por regalías, y 45 por patrocinio. Por eso lanzan audífonos, líneas de vodka y están supliendo la misma necesidad de los medios que es conectar a una audiencia con la marca apropiada.

¿Cómo conviven plataformas como Grooveshark con la radio?

¡Operan en mundos tan diferentes! Obviamente lo que está pasando con la música, y en general con cualquier contenido, es que es difícil separar el formato de un contenido del dispositivo donde lo ves. Por ejemplo Netflix pasó todos los capítulos de House of Cards y hacía preguntarse, ¿eso qué es? ¿Televisión? ¿Cine? ¿Streaming? Lo mismo está pasando con la música. Es muy difícil encajar algo basado en el tamaño de la pantalla o la ubicación de la persona. La radio está en un mundo tan lejano de lo que está pasando con los medios digitales que ya es otro universo. Lo que sí estamos viendo es que ya hay broadcasting online por parte de las radios independientes.

Las emisoras online ya tienen elementos de este tipo de plataformas, como armar playlists, “favoritear” canciones, crear perfiles de usuarios... ¿La radio ha sucumbido ante las plataformas de streaming? 

La radio se ha visto obligada a cambiar, aunque en Estados Unidos hay conglomerados que agrupan a 500 estaciones entonces eso ya es otro modelo de negocio. Antes de que todo el mundo consumiera contenido en internet, la cultura y las tendencias de consumo se basaban geográficamente. Había una radio por ciudad y en esa ciudad se oía x música, pero ahora, con la abundancia de contenido en internet, la cultura no se delimita por geografía sino por interés. En Estados Unidos el concepto de radio por ciudad ya está cambiando y por eso sacaron I Love Radio,  donde puedes escuchar música de una estación de Miami en Nueva York.

Así que de cierta forma las plataformas en streaming también están rompiendo con el paradigma de la regionalidad. Creando un catálogo musical universal…

Claro. Lo más interesante de Grooveshark y una de las razones por las que la creé era para poder escuchar música que no fuera el top 40. Lo que más me gusta escuchar es cuando la gente dice que abrió Grooveshark y encontró canciones desconocidas. Ese es el tipo de cosas que internet ofrece.

Si bien Grooveshark se lanzó en el 2006, ¿estamos ante el boom de este tipo de plataformas? ¿Es la nueva tendencia que ocupa el lugar de las descargas ilegales y de almacenar gigas y gigas de música en un reproductor?

Diferenciar la música de streaming es como cuando en un periódico se habla de un grupo de expertos en impresión a color. La diferencia entre streaming y no streaming va a desaparecer. Es contenido y está disponible en todo lado a toda hora. Estamos viviendo una transformación en la que estamos pasando de desktops a móvil, de offline  a online, así que las definiciones pierden relevancia. Va a ser diferente en cuanto a tipos de protocolo y tecnología, pero al consumidor le da lo mismo.

¿Cómo ha evolucionado la batalla legal de estas plataformas?

El derecho de autor no cambia, lo que cambia es el modelo de negocio. Pensar que uno puede hacerse multimillonario a punta de vender música, de vender plástico, ya no es una opción. Eso fue una anomalía de los años 70, 80 y 90. Lo que cambia es cómo la industria de la música sigue creciendo. La industria disquera para de existir, la industria de la música sigue creciendo. Es increíble ver los números de asistencia a los festivales. Hay una  cultura de gente que viaja para ir a Tomorrowland, a Coachella, y ahí se da cuenta uno que ahí está el crecimiento de la industria de la música. El negocio es conectar la audiencia que tienes con las marcas o las empresas que le quieren llegar a esa audiencia, si lo quieres tener como negocio.

¿De cierta forma están ayudando a encontrar nuevas maneras de monetizar la industria ya que las ventas de música física cayeron?

La industria de los discos estaba fatal, pero a la industria de la música siempre le ha ido bien y ahora le está yendo mejor gracias a que los contenidos están siempre disponibles y se puede segmentar la audiencia mejor, sin tener limitaciones de espacio en la radio ni limitaciones geográficas.

Ahora se puede llegar a una audiencia casi ilimitada sin restricciones. ¿Cómo hacer plata vendiendo plástico? No tengo idea. ¿Cómo hacer plata en la industria de la música? De muchísimas maneras. La unión de la tecnología con la música ha permitido que esta última se convierta en un medio más que un producto final. 

¿Es bueno que las marcas se entrometan tanto en la música?

Es lo que logra hacer que la música sea un negocio, pero para mí no debería ser necesario para un artista quiera ser un multimillonario. Si están por eso en la música, que mejor se metan de banqueros que hacen plata más fácil. Pero como en el cine, tiene que haber negocio en algún lado. 

¿Lo sorprende saber que en el catálogo ya hay mucha música folclórica y del mundo?

No tanto me sorprende sino me alegra, porque esa fue la razón por la que quería crear la empresa. A mí me fascina la etnomusicología, que es el estudio de la cultura y la historia a través de la música. Todavía le invierto horas buscando el origen de un tipo de género en Wikipedia. Es una herramienta para descubrir el mundo.

De cierta forma este tipo de plataformas también son una afirmación política. Descentralizan, rompen con prácticas corruptas de la industria como la payola, crean una revolución…

Eso es más un efecto secundario a lo que es una fuerza que veo imparable: el software está cambiando el mundo. Con Grooveshark pasa en la música, pero con Netflix en el cine, y con Uver, que acaba de llegar a Colombia, es en el transporte. Son empresas que de la noche a la mañana cambian una industria que ha operado de la misma manera por 40 o 50 años.

¿Cuáles son las metas a futuro que quieren conseguir con Grooveshark?

Lo que se procura es eliminar intermediarios cada vez más. Lograr que la plataforma trabaje con artistas para ayudarles en su posicionamiento y crecimiento, y también a las marcas para identificar qué artistas tienen la audiencia más relevante. Es conectar a los jugadores más importantes del ecosistema en ese objetivo.

¿La industria, como estaba concebida antes, le hizo mucho daño a la música?

No es tanto que le haya causado daño, sino que era una ventana muy pequeña a lo que era el arte de la música. Internet creció esa ventana al punto que puedes consumir cualquier género sin importar lo oscuro que sea.

¿Cuál es el mensaje que quiere traer a Campus Party?

Compartir mi experiencia de manera muy práctica para demostrar cómo se puede hacer una empresa sin dinero, sin contactos y sin experiencia, para que, si quieren, puedan lanzar una empresa tecnológica de alto impacto antes de que termine el evento. Lo importante es decir que Grooveshark no se hizo en Boston, Silicon Valley o Nueva York, sino en un pueblito que se llama Gainesville, y que si fue posible que lo hicieran chicos de 18 años, también se puede hacer en Medellín o en cualquier lugar de América Latina.

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