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La hija de Nadie, cuando los desaparecidos hacen milagros

Por
Redacción Shock

Sapuyes: el hogar de La Hija de Nadie

Hace un par de semanas viajamos hasta el departamento de Nariño para ser partícipes de todo lo que sucede en torno a la que se conoce como la fiesta de San Francisquito (CLIC AQUÍ). Antes de la celebración nos fuimos a dar una vuelta por un pueblo cercano que, aunque parecía deshabitado y lucía desolado, resultó ser la cuna de mitos, leyendas, milagros y también historias de gente real que pareciera como sacada de un libro de cuentos fantásticos.  

Por: Fabián Páez López - @davidchaka// Fotografía: Camila Camacho

Fuimos a parar al municipio de Sapuyes porque una mañana, mientras desayunábamos por ahí, alguien nos dijo: “allá tienen historias de brujas”. Cuando llegamos, lo primero que nos preguntamos fue ¿dónde está la gente? Era martes y el lugar parecía no moverse, no había nadie en las calles, ni tampoco tiendas abiertas. Yo sentía que en cualquier momento iba a pasar una bola de heno rodando. Solo veíamos a uno que otro viejo barriendo la calle o deambulando por ahí. Intentamos hablar con algunos de ellos pero se mostraron un poco desconfiados. Una cara rara en un pueblo pequeño es un acontecimiento extraño.  Le dimos varias vueltas a todo el pueblo sin encontrar a nadie a quién preguntarle por las historias de brujas que nos habían motivado a llegar hasta allá. Afortunadamente para nosotros, se trataba de un pueblo pequeño en el que resultaba imposible perderse. La verdad es que teníamos un poco de miedo de no encontrar el camino de regreso, no  porque se nos aparecieran un duende o una bruja, sino porque antes de llegar también nos contaron historias de jóvenes que cada tanto aparecen por ahí, muertos; victimas de enfrentamientos entre la guerrilla y la policía, o entre los paramilitares y la policía. De esas historias que pasan todos los días en Colombia.

Cuando hicimos nuestra tercera pasada por la plaza central, donde suponíamos debería haber más gente, nos encontramos con una mujer que resultó más enigmática que cualquiera. Su nombre era Ofelia, a quien vimos cuando nos acercamos a una pequeña casa que quedaba junto a la iglesia del pueblo, que más que una casa era un cuarto cuya división entre un taller de costura y la habitación era una cortina manchada y semitransparente. En la entrada de la casa había tres gatos pequeños a los que nos acercamos para fotografiar. Desde atrás de la cortina salió Ofelia cargando  una perrita french poodle que traía puesto un buzo de capota azul. Nos dijo: “tómenle una foto a ella, ella es una reina, es la ganadora del concurso de vestidos para mascotas...siempre sale triunfadora”. Nos contó que en las fiestas patronales de Sapuyes realizan un evento que premia la moda para canes, y que su mascota ya había salido la campeona por dos años consecutivos.  

La cambió de vestido, le puso accesorios  y se excusó porque ella, Estrellita, había perdido las antenas que acompañaban su traje de gala. Después de la sesión de fotos nos hizo ver otras 158 imágenes de Estrellita que tenía guardadas en su celular. A su mascota es a lo único que le toma fotos. Lo más interesante que encontramos en Ofelia no es su creatividad a la hora de diseñar vestidos para su perra, sino el tipo de relación que sostiene con ella. No se trata su mascota, sino de su hija. La trata como tal. Mientras seguía pidiéndole que posara para la cámara nos acompañó a dar una vuelta por el pueblo. Yo le pregunté por su familia y por sus mascotas,  y después me arrepentí de indagar sobre tantas cosas. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Nos contó que su mamá había muerto antes de que ella se graduara del colegio y que no tuvo quién la acompañara en un acontecimiento tan importante como ese. No compartió su casa con nadie más después de eso, o  por lo menos no lo hizo nunca más con ningún ser humano. Su anterior mascota, con la que vivió 7 años, murió atropellada por un carro. Cuando ella se enteró de que había muerto, la recogió y no fue capaz de enterrarla de inmediato, la tuvo muerta en su casa durante cuatro días. No fui capaz de preguntarle que la había convencido de, por fin, sacarla de su casa. Pero sí estuve tentado a hacerlo.

Mientras caminábamos por el pueblo tomándole fotos a Estrellita, Ofelia nos habló de varias de las leyendas que rodean a Sapuyes. De La Viuda, una mujer que se le aparece a los borrachos; de los duendes, tres pequeñas criaturas que pueden traer buena o mala suerte; y de La Hija de Nadie, una joven que yace muerta en el cementerio.

Le pedimos que nos llevara a visitar a esta última pero dijo que no podía entrar a un cementerio con Estrellita porque, según ella, “a la niña le da un mal aire”, una enfermedad que da en los campos de Nariño y que, según ella, solo saben curar los indígenas. Nos llevó entonces a la casa de Omaira Patiño, la esposa del sepulturero. En esta casa dicen haber recibido milagros de La Hija de Nadie. Así que fuimos con ella hasta allí a visitarla y fue ella quien nos acompañó al cementerio.

Estando allí nos encontramos con una tumba que permanece alejada del resto y en cuya lápida está escrito: “Descanse en paz La Hija de Nadie”. Dice la gente de Sapuyes que se trata de una joven que apareció muerta en un camino a las afueras del pueblo. Los que la encontraron decían que era muy bonita, de unos 19 años, y que llevaba puestas joyas muy valiosas. Según ellos, era extranjera. Duró un par de semanas en el anfiteatro y como nadie la fue a reclamar, la gente del pueblo se reunió y decidió enterrarla. El sepulturero, Omidio Díaz, inspirado por una canción de Yolanda del Rio, decidió poner en su tumba: La Hija de Nadie. A los pocos días de haber sido enterrada junto a otros muertos, el cura del pueblo la mandó a mover a un lugar más apartado del cementerio. Aun cuando el cuerpo lo encontraron con un collar colgado que traía una cruz, el cura decidió que había que moverla porque, según él, no había certeza sobre su religión y fe en vida.