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La muerte de un amigo

Por
Redacción Shock

Por: Alejandro Marín

No he hablado con una sola persona en estas horas que no se haya sentido tocada, de alguna u otra forma, por la muerte de Michael Jackson. Para algunos, es motivo de sorpresa. Para otros, es motivo de tristeza profunda. Para los poco inteligentes, es "un pederasta menos". Para fans, como yo, hoy murió el ser humano más talentoso, brillante y bello de la historia de la música.

Con la muerte de Mike se cierra un ciclo. Se cumplen cincuenta años de historia de pop. Su importante herencia musical resonará en las canciones que escucharemos una y otra vez en las radios de todo el mundo.

Seguramente vendrá alguien brillante que nos enceguezca por segundos con sus coreografías y con sus canciones, pero estoy convencido de que jamás existirá, sobre la faz del planeta Tierra, un hombre tan bendecido por Dios como MJ. 

Michael me acompaña en mi vida desde muy temprana edad. Fue mi primer acercamiento a la fantasía. La ligereza de sus pies me atraía. Quería bailar como él. Cantar como él. Tener su chaqueta. Sus pantalones. Su pelo. Su color de piel. 

A través de Mike no solamente conocí la palabra POP; también entendí el poder de una guitarra de rock como la de Eddie Van Halen, y aunque a mis siete años aún era demasiado joven para saber quién hacía esa guitarra en ‘Beat It’, puedo recordar cómo esa canción despertó mi incesante curiosidad por la música rock, y más adelante por el soul y el blues.

Michael Jackson me presentó a Paul McCartney, así que a Mike le debo también mi noción temprana de The Beatles. Y todos sabemos que aquel que nos presentó a los Beatles, a la edad que sea, siempre será un gran amigo. 

A través de ‘We Are The World’ supe que la gente se moría de hambre en el mundo. Y supe también que eso no le preocupaba solamente a Michael, sino a Dylan, a Springsteen, a Charles, a Richie, a Joel, a Lauper. Mi primer ejercicio de conocimiento alrededor de la música norteamericana fue ponerles un nombre -el que fuera- a las caras que aparecían en esa carátula de ese disco que me regaló mi mamá en una tarde manizaleña, en la Pensión Margarita, que era propiedad, en aquel entonces, de mi tío Javier Carvajal. 

Recuerdo que en ese ejercicio confundí a Springsteen con Dylan, y a Dylan con Springsteen, y a Carnes con Lauper... pero aún así, llevaba con orgullo el acetato en la buseta del colegio, y comencé, desde ese momento, a hablar como "experto", porque desde pequeño siempre supe que eso era lo que quería ser... un conocedor, así no conociera nada.

Por Michael conocí el talento de Martin Scorsese cuando vi ‘Bad’. Por Michael conocí a Wesley Snipes, quien durante mucho tiempo fue mi actor negro favorito, antes de que llegara Denzel.

A Michael Jackson le debo mi sensibilidad de pop. Y creo que le debo también mi gusto sin reparos por cualquier tipo de música. Fue Michael quien me enseñó qué significaba un productor. Fue Michael quien me enseñó a Quincy Jones. Fue Michael quien me mostró a Joe Pesci por primera vez, quien alimentó mi voraz y hambrienta imaginación, quien me mostró que sí se podía caminar en la luna, así fuera en el piso encerado de mi casa en el barrio El Prado.

Fue Michael quien me recibió en los Estados Unidos con Black or White. Me desconcertó con su violencia al final del video, y me hizo enamorar con Remember the Time. Me enseñó también las piernas de Naomi Campbel y legitimó a Slash de Guns N' Roses. 

La primera vez que dediquéuna canción fue de Michael Jackson. Se llama ‘I Just Can’t Stop Loving You’, con Siedah Garrett. El sencillo lo regalaban por la compra de un pollo frito de Kokoriko.

Michael fue, es y siempre será mi ídolo. Michael me recuerda la infancia. Ese tiempo en el que, como decía el poeta uruguayo, "uno dice cosas adultas y solemnes / y los solemnes adultos las celebran". Me recuerda la inocencia del primer beso. El deseo inmenso de bailar con una canción. El impulso para aprender a hablar inglés y aprender a hablarlo y escribirlo bien. Michael despertó en mí algo: una conciencia de lo bello que era el pop, a pesar de lo efímero que parecía ser. 

Michael prendió en mí la llama de la música. Y me duele mucho verlo partir. Siento que se fue mi amigo invisible, ése que se sentaba conmigo en el taxi cuando iba con mamá al centro; aquel con el que hablaba en las esquinas de la casa de los abuelos en la 37, y que me otorgaba la licencia de poner el equipo a todo volumen. Ese que me hizo niño y adulto al mismo tiempo. Y esa llama jamás se va a apagar. 

Dear Mike: as two big fat tears roll down my face now "officially-old face", I really hope God's enjoying your moonwalk and your "hee-- hee!!” and your "woo--hoo!". I am sure He is delighted to have you up there. 

I really love you, Michael. And I am terribly going to miss you.

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