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Mi Chavo interior, homenaje a 'Chespirito' del fanático más grande de Colombia

Por
Redacción Shock

¡Hasta siempre Chespirito! El creador de personajes como El Chapulín Colorado y El Chavo del 8 murió este 28 de noviembre rodeado por su familia en su casa (ver los detalles).

Por: Carlos Ávila @benditoavila

En 2008 recuerdo estar sentado en una clase de video experimental, donde más que "cosas de fritos" -como le decían algunos compañeros ñoños-, veíamos la forma en que una pieza audiovisual podía moldear la mirada de la gente y hacerla vivir experiencias incontables en cualquier parte del mundo desde la comodidad de su sofá. La imagen, el sonido y el contenido constituyen ese cíclope electrónico, aquel poderoso medio de comunicación al que además le he dedicado todos los años de mi vida profesional -que han sido dos en total-: la televisión.

Siempre me ha gustado la televisión. Recuerdo haber visto todo tipo de programas, pero nunca unos que me hayan impactado tanto como aquellas comedias producidas por Televisa desde la década del 70 y hasta entrados los 90, protagonizadas por unos simpáticos personajes que responden a nombres y apellidos con la letra CH -o las letras, según el grado de purismo con el idioma-. Desde que tengo memoria he sido y soy un admirador acérrimo de la obra y persona de Roberto Gómez Bolaños, bautizado por el director mexicano Agustín P. Delgado como “un pequeño Shakespeare”, y latinoamericanizado como Chespirito (Cinco personajes que inmortalizaron a Roberto Gómez Bolaños). Yo creo que por eso, cuando tuve la opción de escoger carrera universitaria, tomé un sendero que me llevaría hacia la televisión; y en ese camino a plasmar en mi trabajo de grado mi marcado fanatismo por la obra de este personaje de talla internacional -aunque ambos medimos los mismo 160 centímetros, por lo tanto no sería talla internacional, sino talla small-.

En la adolescencia viví un fanatismo solitario, porque aparte de no ser bien visto que un joven no siguiera a los pokemones por andar pensando en Chaparrón Bonaparte, fue en esa época que pude empezar a coleccionar los programas, souvenirs, muñecos y demás objetos que curiosamente todavía conservo en casa y que han sido complementados por los regalos que me hace la gente que me conoce. Es curioso, pero cuando a uno le gusta El Chavo, la gente participa de esa afición y siente la necesidad de aportar a esa "chavología": no en vano recibí de regalo de cumpleaños número 15 mi primer Chipote chillón, además de libros, disfraces, cuadros y hasta gorros que la gente me ha ofrecido y he podido atesorar.

Para mí Chespirito es un genio de la comedia latinoamericana, casi un profeta audiovisual que desde sus personajes ha logrado el éxito televisivo gracias a sus fórmulas lingüísticas y a su construcción repetitiva y efectiva. Él mismo ha escrito radio, publicidad, cine y televisión; ha dirigido, producido, protagonizado y hasta dibujado contenidos familiares, aunque muchos se esfuercen por encajarlo como televisión infantil.

Los sketches televisivos de Chespirito no fueron diseñados en principio para niños. De hecho, el mismo Roberto Gómez Bolaños ha dicho que esta clasificación siempre ha sonado tan tonta como la que establece lo mismo para Mafalda, la incomparable creación del argentino Quino. Lo curioso es que son muchas las generaciones que han -y hemos, por supuesto- crecido ante la pantalla, bañada de situaciones cómicas que confirman que lo local también puede leerse desde lo universal. Chespirito es un elemento que pertenece a la cultura popular, y que por lo tanto ha sido parte de nuestros ritos familiares, personales y por supuesto infantiles.

En 2001, el historiador mexicano Enrique Krauze dedicó un programa de televisión de su serie México nuevo siglo a recorrer la trayectoria personal y profesional de Roberto Gómez Bolaños, argumentando que en su programa se presentan documentales que acercan de una manera crítica a los actores de la historia mexicana y pretende rescatar la memoria. El espacio se llamó Chespirito, el niño que somos. Oportuno hacer una pausa en este punto. ¿Quién en América Latina no vio en su infancia por lo menos un programa de Chespirito? Me atrevo a aseverar que si existe un adulto contemporáneo que de niño no sufrió cuando al Chavo lo acusaron de ratero, o no soñó con conocer Acapulco, o no quiso regalar una torta de jamón, no supo lo que fue la infancia.

Es natural que al crecer muchas personas tomen distancia -ahí sí no me incluyo- de los programas de don Roberto; pero es necesario reconocer que a través de ellos la identidad infantil latinoamericana se forjó desde lo cotidiano y lo cercano. Es cierto que de niños todos tuvimos muchos héroes, pero si vamos a estudiar la función más cercana de un héroe debemos remitirnos al héroe de Latinoamérica: El Chapulín Colorado, personaje que viene a ser un héroe de carne y hueso que, a pesar de sus miedos y limitaciones, sabía cómo enfrentar y sobrellevar cuanto enemigo se interpusiera.

En mi caso personal, me he sentido plenamente identificado con Roberto Gómez Bolaños, pues aparte de llegar por casualidad a la escritura, yo también he sufrido por el ser más bajo y flaco de cuanto lugar frecuento. Yo también me he dado unas buenas trompadas buscando respeto en el colegio. Es más, yo jugaba a ser El Chavo y en ocasiones lo sentía tan cercano que hasta llegué a pensar que era colombiano, sobre todo porque nunca en la serie se revela su verdadero nombre.

Asumo que tal vez el apelativo chavo, muchacho, chino, guagua, pibe, mono, chibolo, guache, chamaco, chamo, carajillo, crio, escuincle, pelado, chaval, mocoso, niño y todos los otros que existan en Hispanoamérica, cumple la función de unirnos, de quitar las barreras nacionales y hasta territoriales para poner sobre el tapete la oportunidad de que todos nos sintamos “chavos” alguna vez, y que a su vez ese chavo pueda ser cualquier niño rico o pobre de Latinoamérica que aspira con tener una vida mejor y desea conservar su inocencia por siempre.

Todos tenemos un niño interior que la televisión ha ido alimentado. Ese niño sigue soñando con volar a países de fantasía, dibujar el cielo con muchos colores y cumplir sus sueños de grande. El paso del tiempo nos ha hecho grandes, y si miramos hacia atrás nos damos cuenta que los sueños quedan. Por esa y muchas otras razones, fue para mí una experiencia única cumplir uno de mis sueños de niño y recibir una carta de parte de Televisa, donde me notificaban que se grabaría un homenaje para don Roberto y que yo estaba invitado a participar como experto representando a Colombia en uno de los concursos de la velada.