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¡No nos mamemos de llorar!

Por
Redacción Shock

Por: Jaime E. Manrique  - Laboratorios Black Velvet - @DonMrBlack 

Con seguridad la quejadera no lleva a ningún lado, aunque por ahí dicen que el que no llora, no mama. La pregunta sería, ¿qué tanto se logra mamar? ¿Depende de la intensidad o de la frecuencia del lloriqueo? ¿O sólo se llora en la búsqueda de mamar? Lo cierto es que dejar de llorar no parece ser el camino.

El tema es recurrente: un director, más un productor y un grupo de profesionales, se toman tres años en sacar adelante un proyecto cinematográfico colombiano. Si el proyecto no dice mucho y tiene espíritu de comida rápida, puede que salga en un año. De hecho ya hay quienes han logrado poner un puesto de perros calientes exitoso, que saca suculentas salchichas comerciales cada seis meses.

Pensemos en un promedio ni tan largamente triste ni tan corto como para que de entrada parezca un chiste. Trabajo y talento -cuando lo hay- de mucha gente durante al menos 52 semanas, enfocado en una película. Luego se busca un distribuidor, que por lo general tiene tan claro cómo lanzar el cine colombiano, que su destreza y Know-How poseen el nivel de rigurosidad científica de la cría de pingüinos africanos en un zoológico de Tunja. La película sale, se estrella y atrae escasos espectadores. Al final todos lloran y se echan la culpa entre sí.

Hay aquellos capaces de inventar alguna razón del porqué del fracaso; esos se van volviendo “productores experimentados” o incluso exitosas empresas de promoción. Sin embargo, la razón es una: tenemos un mercado muy pequeño, deforme, ignorante y sobreexcitado a punta de cine comercial. Suena pretencioso, es agresivo y hasta irrespetuoso con la gentil masa. No lloren, por favor, porque así es. No ven ni han visto otros tipos de cine, así que cuando esas opciones aparecen, no les interesan o, en el peor de los casos, les parecen malísimas porque no traen las herramientas de seducción adormecedora a las que están acostumbrados y con las que se divierten felizmente embebidos de inconciencia.

Allí comienza la búsqueda del nicho, del grupúsculo aquel que podría llegar al placer con una película diferente. Todos especulamos, y al final, gracias a la presión de los números, la adrenalina y el miedo a los millones perdidos, terminamos disparando sin control en todas las direcciones, como locas sueltas.

¿Qué es más fácil: buscar algas en un estanque o en el océano? Creo que al menos en una laguna las posibilidades se amplían. El mercado nacional no es más que un estanque para que las distribuidoras extranjeras laven su ropa sucia y contaminen el agua. Si sumamos los estanques, los interconectamos, en esta suerte de subcontinentes que compartimos la misma lengua, donde tenemos un caldo de cultivo cultural similar (así los de abajo se sientan muy europeos y los de muy arriba tengan un agraciado nacionalismo a flor de piel), al final en Latinoamérica todos hablamos español. Al menos sumados, así suene a cliché, sólo por matemática, somos más. Podríamos parecer una laguna si buscáramos lanzar nuestro cine desde México hasta Argentina. Un camino para nada fácil, pero que cada día cobra más vigencia. ¿Cómo es posible que no sepamos nada del momento mágico por el que atraviesan el cine chileno y el uruguayo? Para poner sólo un ejemplo actual. Sus películas no llegan aquí; las nuestras no van hasta allá. Y de todas formas se nos hincha el pecho cuando ponemos el cine colombiano en una o dos salitas en Francia o Alemania. Ni en España lo podemos hacer como se debería. 

No nos mamemos de llorar, y exijámosles a nuestros Estados que dejen de lado su bananero ego y abran fronteras para el cine. ¿Cómo y con qué mecanismos? Ese es un tema para otra columna.

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(foto: imagen de archivo película Chocó)

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