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Pagar por echar dedo

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Nueva entrega del blog viajero por Europa.

Por: Laila Abu Shihab @laiabu. Sí, lo acepto. La primera vez que utilicé Blablacar en Europa, para ir de una ciudad a otra durante mi año sabático, elegí al conductor porque se veía churro en la foto de perfil y por la edad: 36 años. 

Claro, tenía buenos comentarios de personas que ya habían viajado con él, así que viendo que compartía con otros conductores reseñas igual de buenas, pero que los demás eran mujeres o señores de 50 o 60 años, pues opté por montarme con el churro que era mi contemporáneo. El problema, para mis planes de coqueteo, es que era gay. A veces pienso que esas cosas sólo me pasan a mí y a la Chilindrina, pero bueno, para teorías del Chavo podemos luego pensar en otro texto. 

Eso sí, el viaje fue muy sabroso. Íbamos de París a Rouen, separadas por unos 140 kilómetros. Él estaba con dos amigos y había otro usuario más de Blablacar en el carro, un joven como de 19 años, bien tímido y al que sólo una vez en las dos horas largas de recorrido pude oírle la voz. Estudiaba en la ciudad a la que nos dirigíamos.
 
Nos la pasamos charlando de viajes (de lo que significa viajar, sobre todo), de la vida, de Colombia, de América Latina (uno de los pasajeros era venezolano), de qué hacer en Francia, de gastronomía, de arte, de museos. Fue un placer. Ese viaje para llegar a mi siguiente destino fue un placer... y me bastó para hacerme fan del sitio que, por Internet, permite que un conductor que tiene puestos libres en su carro comparta gastos y tenga compañía durante un viaje determinado. 

No es echar dedo, pero casi. Para precisar más la cosa, es como echar dedo, pero pagando. Y sin la espera en la carretera. Y sin la incertidumbre de si alguien querrá detenerse en el camino. Y con la ñapa de que a veces pueden, incluso, dejarte en la puerta de tu casa. En ese primer viaje de París a Rouen el conductor, un bacán, terminó desviándose un poco de su ruta y me llevó hasta el hostal en el que iba a quedarme.

Blablacar (ir a la aplicación) nació en Francia en 2007 y hoy ya está en buena parte de Europa (según la página, en 19 países). No es que el "covoiturage" (como se le dice en francés) o el "ridesharing" (en inglés) no existieran antes, nada de eso, es algo que se hace desde hace tiempo, pero con Blablacar esta práctica adquirió aquí en Europa una organización, una resonancia y una magnitud que no tenía antes.

La dinámica no puede ser más simple. Si yo viajo sola de la ciudad A a la ciudad B publico la ruta, la hora de salida y el número de puestos libres en mi carro para que los posibles pasajeros se contacten conmigo. Puedo añadir el punto de salida y el o los puntos de llegada, si el recorrido incluye paradas en varias ciudades, o puedo definirlos en el camino con cada uno de los que se vayan subiendo. Y puedo decir si me gusta acompañar mis viajes por carretera con música o "blablabla", si acepto mascotas o pasajeros fumadores. Es un todos-ganan por donde se le mire. Yo sumo lo que más o menos valen los peajes y la gasolina, lo divido por el número total de pasajeros y lo que cobro siempre resulta mucho más barato que lo que vale un pasaje de tren y sale igual o más económico que lo que vale uno de bus a ese mismo destino. También está el hecho de que el viaje es directo, sin todas las paradas del transporte público, y que si uno quiere -porque siempre estará la opción de echarse una siesta- se puede conocer gente y charlar sabrosamente durante el recorrido. Además, se trata de una forma más responsable de consumo. Menos carros, menos emisiones de CO2, menos contaminación para nuestro planeta. Mejor dicho, no es sólo la oportunidad de coquetear, que finalmente yo no tuve en esa primera experiencia, lo que vale la pena. 

La primera vez que oí hablar de Blablacar fue en octubre (la travesía comenzó en agosto pasado) en Bratislava (Eslovaquia). Buscaba cómo ir de Viena a Salzburgo (ambas en Austria) y Claire, una francesa con la que compartí cuarto en el hostal, me dijo que había otras alternativas frente a los medios de transporte tradicionales. Finalmente no lo usé porque encontré un horario perfecto y un precio cómodo para hacer el trayecto en tren. Y viajar en tren es, de lejos, una de las cosas que yo más disfruto en la vida. Pero desde entonces estoy registrada como pasajera y quedé con la curiosidad, con las ganas. 

Fue sólo en Francia, en junio (ya casi al final de este viaje larguísimo) que pude calmar el antojo. Los trenes son increíblemente caros en ese país (los más caros de todos los 22 países que he visitado en estos 10 meses largos, incluso más que en Alemania, cosa que me sorprendió realmente. Y no, no pasé por Inglaterra ni por los países nórdicos, si es lo que están preguntándose en este momento). 

Yo amo viajar en tren, amo su vaivén, su ronroneo (aunque ya no tenga toda la magia que seguro tenía antes, con las locomotoras de vapor). Amo ver pasar muy rápido ante mis ojos paisajes de todo tipo a través de sus ventanas, amo leer mientras eso sucede, amo que mientras estoy allí, sentada, pasan por mi cabeza mil cosas, pienso en los amigos perdidos y en los nuevos, en los hombres que no han querido intentarlo conmigo y en aquellos con quienes yo no he querido intentarlo, pienso en los meses que vienen y en mi infancia, hago cientos de planes que al final no cumplo, me emociono, sueño, celebro.

 

Pero la primera vez que usé Blablacar -esa del coqueteo- me tocaba. El tren de París a Rouen ese día, comprado con tan poca antelación, podía costar hasta 50 euros y en Francia, es una cosa muy rara que todavía no entiendo, no todas las ciudades están conectadas por medio de buses. Tocaba. Por esa primera vez pagué 18 euros, más 1,60 euros de gestión, que pagué sin problema. Para registrarse como conductor o pasajero hay que pasar un par de filtros que hacen que uno se sienta seguro de esa "echada de dedo". Tanto de un lado, como del otro. 

En la mayoría de los casos cobran por anticipado (online) porque sucedía antes, eso leí, que muchos pasajeros reservaban y al final no aparecían así que los conductores se quedaban sin ofrecerle ese puesto a otros posibles pasajeros y viajaban solos. Al pagar uno recibe un código que le entrega al conductor sólo al final del viaje, para que este pueda cobrar el dinero. Es también un seguro para el pasajero, así que si el que maneja cancela el viaje o surge cualquier otro lío, yo no le doy el código y Blablacar me reembolsa lo que pagué antes. Aunque todavía hay quienes escogen cobrar en el carro, en efectivo, una vez termina el recorrido. Por ejemplo, al que me llevó de Metz (Francia) a Luxemburgo le pagué al final los 5 euros. 

Al principio era gratis y empezó a cobrar, sólo para los pasajeros, en 2014. Muchos se quejan por esa comisión, que suele ser de 1 o 2 euros, pero yo la verdad no le veo problema. Sé que viajo segura, sé que estoy ahorrando mucho al hacerlo, sé que viajo más rápido y de manera más directa y que, incluso, a veces pueden dejarme en la puerta de mi siguiente "casa". Hasta puedo hacer nuevos amigos. Conocer nuevas historias de vida. ¿Y de alguna manera hay que mantener la página y pagarles a las casi 100 personas que ya trabajan para Blablacar en toda Europa no? 

El francés que se lo inventó lo hizo después de que no encontró asiento en trenes ni buses para visitar a su familia una Navidad. ¿Cuántos puestos libres habrá en los miles de carros que van ahora en las autopistas del país, de un lugar al otro?, se preguntó. De ahí nació la idea de conectar a conductores con pasajeros. Porque no todos son viajeros locos y desocupados, como yo. De Rouen a Saint-Malo, por ejemplo, viajé con una señora de Costa de Marfil que emigró a Francia hace más de 15 años y con un italiano que emigró hace dos y necesitaba ir a Caen -en la mitad del recorrido- sólo por una reunión de trabajo. Por ese viaje le pagué a Amélie, una señora simpatiquísima de 62 años, 22 euros, cuando por tren ese mismo trayecto podría haberme costado 80 o hasta 150 euros. Y no hay bus entre ambas ciudades. 

Después volví a usarlo de Saint-Malo a Metz y buena parte del recorrido (largo, unas 8 horas) fue de silencio y música clásica. Philippe -el conductor- y yo nos pusimos a hablar en serio sólo cuando en París se subió Roméo, un joven de Benín que dejó una buena vida y un muy buen puesto en su país para estudiar, probar suerte y retarse a sí mismo en Europa. Intercambiar con él impresiones, alegrías y miedos fue algo muy bello. Así que no, no es que uno esté obligado a hacerle siempre la charla al conductor cuando usa ese servicio, como creía una amiga cuando le dije que lo había utilizado ya varias veces. 

Y como en Europa todo está tan concentrado en un pedazo de territorio muy pequeño e ir de un país a otro por tierra es tan fácil en la mayoría de los casos, Blablacar también resulta una gran opción para hacer viajes internacionales. He leído que varias empresas de buses se quejan porque dicen que eso es competencia desleal. Pues no me parece. Si no cubren todas las rutas o por las que tienen cobran un precio desorbitado, ¿por qué no utilizar los puestos libres de los carros que hacen el mismo recorrido? 

Los comentarios, en Blablacar, van en doble vía. Todo depende de la reputación que tengas como conductor y como pasajero, porque entre mejor te califiquen, más probabilidades tendrás de que alguien se monte contigo y no te toque pagar todo solo. Y al revés, si alguno acumula varios comentarios negativos sobre su forma de manejar o su incumplimiento, por ejemplo, pueden terminar sacándolo de la red, de la página. 

Sin saber que Francia es el país más activo con esto del "covoiturage" fue allí, y tal vez también por eso, donde me convertí en fan de esa práctica. Y aunque sé que hay otras redes con las que también se puede compartir carro y que son gratis (como compartir.org), Blablacar me resulta la más confiable y segura. La más completa y la que mejor funciona.  La más chévere.

Yo todavía soy nivel principiante. Después viene intermedio, avanzado, experto y hasta embajador. ¿Cuándo podremos hacer algo así en América Latina, confiando en el otro, como se hace en Europa?  

* Periodista, politóloga y viajera colombiana ahora en Europa, mañana, no se sabe. Su #BlogViajero se llama Puntos de Quiebre (www.puntosdequiebre.tumblr.com)  

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