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Pogo en la puerta de la iglesia. El festival que puso a cabecear a un pueblo

Así estuvo la fiesta que juntó en un pequeño municipio a la vieja guardia con los jóvenes rockeros.
Por
Redacción Shock

En la plaza de un pequeño municipio, justo en frente de la iglesia del pueblo, en una lección poderosísima de aceptación, el festival Taiquenaju despelucó a viejos, jóvenes y niños a punta de pogo, rock, funk, electrónica y folclor.  Todo con el campo, los cafetales y el valle como telón de fondo. 

Por: Fabián Páez López @Davidchaka // Fotos: Santiago Acosta (Instagram: Santiago_acosta01)

En Colombia los pequeños pueblos y municipios, que son el eje de las zonas rurales, tienden a quedarse sin jóvenes. Muchos de ellos migran a las grandes ciudades para buscar empleo o para estudiar. En esos tránsitos, pareciera que los productos culturales para las nuevas generaciones terminan por concentrarse en las capitales. Hay un mercado cerrado en sí mismo que separa al interior del exterior. Sin embargo, en el municipio de Caicedonia, en el Valle, pasa lo opuesto. Hay una movida que crece y que va contra la corriente. Se están cocinando nuevas formas de poner a sonar los géneros disidentes desde los márgenes de ese mercado. Resiliencia pura.  

En el municipio ya ha habido unas tres generaciones de pequeños parches que tomaron las sendas de lo alternativo; que cambiaron la música popular por los sonidos fuertes; que le apostaron a los taches y a las crestas; y que siguen firmes camellando en su tierra para que todo prospere lejos del ritmo caótico de las grandes ciudades. La persistencia de esos parches hizo que estallara un experimento digno de exportación; una fiesta que logró poner a toda la gente de la zona alrededor de la música joven. Fue el Festival Taiquenaju.

Le seguimos de cerca la pista a la tercera versión del evento y fue una lección certera de cómo asegurarse que un pueblo crezca a punta de música.  Con toda la tradición conservadora que cargan las regiones colombianas, el hecho de que en un festival hayan puesto a poguear a viejos, señoras, jóvenes, campesinos y niños alrededor del mismo son no es un hecho menor. Más de seis mil personas hicieron presencia en la plaza principal de Caicedonia, a las afueras de la iglesia, para cantar, literalmente, junto a los invitados de cabecera: Nepentes y Los de adentro.

Y también para recibir los ecos de las nuevas músicas. La selección de bandas tuvo de todo. Desde el flow pacífico de Makana y Los Pangurbes y el Ciudeblo; pasando por el punk local de Manicomio S.A; la experimentación de Metroy, los Hotpants y la MiniTK del Miedo; el rock melódico de Akash; hasta el desbordado funk de los caleños de Cirkus Funk. Pocos en Caicedonia podrían cuestionarlo: lo que sonó allí es rock puro. 

Fue un repertorio de platos musicales variado para un público más heterogéneo que el de cualquier festival en Bogotá. Hay que ver como de la mano de una banda veterana y energica como Nepentes, los niños se trepaban  en la tarima para coger el micrófono y para cabecear incansablemente, o como los más viejos experimentan por primera vez en su vida los poderes catárticos de un pogo, o como los que pasaban sin saber lo que sonaba, en medio del extrañamiento, disfrutaban la música. O, como el transcurrir normal de la vida en la zona, incluso con el ruido de fondo, no se ve trastocado, no hay escandalo.

Fue una lección más fuerte si nos remontamos a las épocas realmente duras que se vivieron en la zona. Cuando el conflicto armado y las no tan lejanas secuelas de la guerra entre traficantes anotaban muertos a diario en las esquelas. En esta temporada de calma, solo se habló de muerte a la hora de hacer un "Wall of death" amenizado por la energia inagotable de Nepentes. 

El Taiquenaju tiene mucho que sumarle al recorrido festivalero en Colombia no solo porque es un acto que descentraliza el acceso a la música y amplia los públicos, sino porque es en realidad una experiencia que no hay que comprar, que no está cosificada como en los festivales que conocemos. 

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