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¿Por qué (no) contratar televisión por cable?

Televisión, antes eras chévere.
Por
Redacción Shock

Hace un tiempo era in, play, gomelo, chic, tener tv por cable, ver MTV, E!, HBO y Warner y chicanear por tener paquetes premium con canales de películas. Luego los precios bajaron y hasta las porterías de los edificios tenían 70 canales. Ahora, en pleno auge del streaming y el video en demanda, los servicios de televisión en Colombia parecen estar estancados y no saben bien qué ofrecer para gustarles a los clientes. ¿Qué pasó ahí?

Por Juan Sánchez // @TheMute

Hay tres grandes contendores que pelean hoy como perritos falderos por la atención de los clientes colombianos. Los canales privados, los proveedores de televisión, e Internet. Los dos primeros crearon un pequeño ecosistema en el que compiten entre sí sin dejar espacio a otros actores. En medio de ese ecosistema aparecemos todos los que consumimos y les damos vida a esos actores. Eso, sin contar la televisión abierta (es decir, el Estado).

Una de las primeras preguntas que asaltan a los jóvenes que se van a vivir solos (o con roommates) es “¿cómo veré televisión?”. Hasta hace cinco o diez años la respuesta podía ser solo una: contratar algún operador que ofrezca el paquete de canales más grande y que no cobre muy duro. Para mucha gente, entre la que me incluyo, este era un servicio tan necesario como el agua, el gas o la luz.

Sin embargo, con la explosión de la banda ancha, de la televisión y los videos por demand, los hábitos de consumo de los clientes de estos servicios han evolucionado para ir dejando de lado la televisión convencional. Nada nuevo hasta ahí.

Esta evolución de los consumidores ha obligado a los vendedores a reinventarse. Los canales diversifican sus contenidos y amplían sus plataformas; exploran nuevos formatos y tratan de acercarse a sus audiencias. Los proveedores venden “combos” y paquetes que facilitan la interconexión de servicios: Internet, televisión y teléfono. Internet se empieza a apropiar de otros mercados, como la televisión. El Estado se sienta a un lado a ver qué pasa.

¿Quién está ganando?

Hasta ahora, nadie. Pero YouTube ya se consolidó como el “tercer canal”. Hasta finales de 2015, YouTube Colombia registró 18 millones de usuarios únicos por mes. Y se plantó detrás de Caracol y RCN (empatados, con el 83 %) como el canal con más alcance entre audiencias colombianas, con 53 %. Esto, sumado al hecho de que los colombianos tienden a preferir la televisión en Internet a la televisión abierta (80 % de Netflix + YouTube versus el 66 % de la TDT), le da una proyección optimista al gigante de Internet y una preocupación ascendente a los canales privados.

Los grandes perjudicados de esto son los proveedores de servicios. Parece que llegamos a un punto en que los servicios de televisión se han vuelto accesorios de nuestros demás hábitos de consumo y entretenimiendo. Es decir, que la televisión por cable, que fue (y es) tan pero tan popular en Colombia, ha pasado de ser la prima con quien todos querían iniciarse sexualmente a ser la media hermana fea que toca llevar a la fiesta porque es impensable que se quede en la casa. O al menos así es como parecen pensar los proveedores de este servicio. Para no quedarse atrás, han creado plataformas de streaming donde uno puede ver “cualquier” programa por demanda, con una cuenta creada por el mismo proveedor.

Patadas de ahogado

Hoy por hoy la mayoría de tarifas del mercado venden “combos” donde la estrella es la velocidad de conexión y de descarga. Los precios de la televisión, cuando se pide quitar de la factura, no pasan de 15.000 pesos. Además ya pocos buscan comprar no sé cuántas películas y canales prémium, que suelen elevar los precios de las tarifas mensuales, porque saben que pueden conseguir lo mismo o muchísimo más buscando bien en Internet. ¿Quién está dispuesto a pagar más de 30.000 pesos por (principalmente) ver Game of Thrones si todavía lo puede hacer gratis? ¿Si en Colombia la legislación antipiratería sigue en pañales y sin prospectos de mejorar a corto y mediano plazo?

Con todo esto me surge otra pregunta: ¿qué pasará con toda esa infraestructura de telecomunicaciones que parece empezar a caer en desuso? En Colombia somos poco hábiles en eso de prepararnos para lo nuevo.

¿Y la televisión abierta?

Es previsible que, como no cuenta con la potencia publicitaria o con la facilidad de las nuevas tecnologías, y por ser público y, digamos, gratis, no tenga el mismo impacto; pero es excelente. Solo se necesita la antena TDT (la antes llamada y amada “conejito”) y un televisor compatible para tener acceso a contenidos de alta calidad, como los eventos deportivos de la Selección o la liga doméstica. Será siempre preferible pagar entre 20 000 y 30 000 por una antena permanente, a asumir un contrato que obliga pagar entre 80 000 y 150 000 por un plan que además implica comprar teléfono fijo (que, ¿a quién le importa, realmente?) e Internet.

Es tan bueno que los operadores privados se vieron obligados a quitar de sus parrillas las versiones en HD de los canales privados de sus parrillas porque es ilegal cobrar por una señal que está abierta al público. Para muchos que no contratamos estos servicios en alta definición, a pesar de las limitaciones, tenemos acceso a contenidos de alta calidad. Para quien apenas está por contratar estos servicios por primera vez, parece una decisión compleja, pero no lo es. Antes que nada, pregúntense: ¿qué ven en la pantalla? ¿Pueden encontrar lo que les venden en otro lugar, a mejor precio (o hasta gratis)? ¿Para qué quieren Casa Club TV o El Gourmet si tienen a Martha Stewart haciendo tutoriales con Snoop Dogg, y a Jamie Oliver escupiendo recetas de 15 minutos a distancia de dos o tres clics? ¿Están dispuestos a pagar por ver los partidos de Colombia?

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