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¿A qué hora Palomino se volvió la playa de moda en América Latina?

El sitio ideal para mochileros, la familia colombiana, hippies suramericanos y parches en busca de diversión.
Por
Redacción Shock

Si están mamados de los precios inflados en varios lugares de la costa atlántica en temporada alta, si quieren un lugar con buena combinación de diversión y paisajes, con gente de todo el mundo, Palomino se volvió la opción ideal.

Texto y fotos: Héctor Cañón Hurtado @CanonHurtado

En los últimos tres años, Palomino pasó de ser una playa de más de dos kilómetros de soledad, conocida por unos cuantos afortunados, a consolidarse como uno de los destinos preferidos por viajeros de todos los presupuestos, procedencias y edades en el Caribe colombiano. Decenas de hostales ofrecen diversas propuestas a los visitantes: desde hamacas en la Posada de Simón Gei –uno de los hippies que en la década de los setenta fue acogido por los koguis de la Sierra Nevada–, hasta una romántica cabaña de guadua y techo de paja para dos personas en el Tiki Hut –uno de los hostales preferidos por los backpackers en los alrededores de la playa–. Así mismo hay ofertas ecológicas como la de El Matuy u orgánicas como la de Casa Semilla.

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Lo cierto es que hoy en día, Palomino es un secreto a voces para los backpackers de diversos lugares del planeta, que se aventuran a recorrer en viajes de largo aliento América Latina. “Todos los viajeros que encontré en el camino me dijeron que Colombia era el mejor país para mochilear en Suramérica y me dijeron que Palomino me iba a sorprender. Yo dudaba, pero ya llevo dos meses acá y decidí terminar mi viaje en esta playa antes de regresar a casa”, dice Clement Riddle, un músico austríaco de 35 años, quien espera regresar para vivir una temporada en la playa que considera inspiradora para su producción artística.

Sin embargo, los mochileros extranjeros no son los únicos que se enamoran de Palomino. Los parches de universitarios de las principales ciudades del país, la familia colombiana en pleno, los ejecutivos que se quitan los zapatos y se desanudan la corbata los fines de semana para respirar el aire puro de la costa, los artistas que buscan nuevos caminos y los surfistas que no quieren irse del país, entre otras variedades de viajeros y turistas, también están llenando el lugar.

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Es más, algunos de ellos decidieron regresar tras una visita relámpago y hoy hacen de Palomino un pueblo diverso, multicultural, políglota y sorprendente en cada nuevo paso. “Vine para unas vacaciones hace un par de años y me quedé. Siento que me liberé del estrés de la ciudad y cada día crezco en mi tranquilidad”, dice Javier Molina, panadero que junto a decenas de citadinos colombianos y extranjeros aportan en el menú de ofertas que seducen a turistas de diferentes latitudes.

Dicha variedad es apenas uno de los pilares que le han permitido a Palomino aparecer en todas las guías de viajes serias del planeta. Su ubicación geográfica también ha sido fundamental: está a mitad de camino en el tramo que une, a través de 151 kilómetros por la exuberancia de la troncal del Caribe, a Santa Marta y Riohacha, otras dos de las joyas turísticas que el año pasado llevaron al sector del turismo colombiano a crecer 12,7%, triplicando el promedio mundial. Lo sorprendente del asunto es que los cálculos más sosegados aseguran que en 2016 el crecimiento será del 20%.

El Caribe es, por supuesto, una de las regiones que está liderando la repuntada que pretende poner a Colombia al nivel de Perú, México y las otras potencias turísticas del continente. Palomino, entre tanto, empieza a erigirse como el lugar estratégico para disfrutar de la región. Además de ser la frontera exacta entre la fertilidad de Magdalena y el misterio de La Guajira, es el lugar desde el cual los viajeros visitan otros paraísos de la costa atlántica.

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Por ejemplo, el Cabo de la Vela, con sus atardeceres sobrecogedores y la magia del desierto, está a cinco horas de distancia por una carretera de dunas y paisajes futuristas. La mayoría de mochileros llegan a Palomino, tras su visita a Santa Marta, para descansar antes de emprender su viaje hacia Riohacha, el Cabo de la Vela y Punta Gallinas. Días después regresan para asimilar, mientras repiten sus paseos por la playa que une los ríos San Salvador y Palomino, las experiencias vividas en el extremo norte de Colombia.

Como si eso no fuera suficiente para atraer viajeros de todo el planeta, el pueblo está a los pies de la Sierra Nevada de Santa Marta, la montaña con vista al mar más alta del mundo, pulmón del planeta, cuna de la biodiversidad y uno de los orgullos más grandes del corazón colombiano.

Otro de los factores que, junto a la diversidad en la oferta turística y la privilegiada ubicación geográfica, conforman el tridente que le ha permitido a Palomino convertirse en la nueva joya del Caribe colombiano es el encuentro de culturas vivido en sus calles tranquilas, que están dejando atrás los duros años de narcotráfico y paramilitarismo, usando el turismo como su principal herramienta de trabajo.

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Pocas playas de América Latina pueden darse el lujo de acoger tantas culturas diferentes. Además de las cuatro familias indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta (koguis, arhuacos, wiwas y kankuamos), los wayuu de La Guajira aportan todo el colorido de sus artesanías y los seductores enigmas de su cultura.

Al pueblo también han llegado colombianos de todas las latitudes, que incrementan la oferta gastronómica y le permiten al visitante disfrutar versiones originales de la bandeja paisa, la mamona llanera, los tamales tolimenses o el ajiaco bogotano. Por último, los extranjeros (europeos y argentinos en su mayoría) también enriquecen a Palomino con sus acentos, sus pizzas y pastas, su música, sus lecciones de surf, sus fusiones entre la arquitectura local y la de sus lugares de origen y muchas más sorpresas que tienen a esta hermosa playa en la mira de turistas de todo el planeta.