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Una noche con Diomedes Díaz

Por
Redacción Shock

Por Jenny Cifuentes // @jenny_cifu - Fotos: Alejandra Mar

Estuvimos con el artista más grande del vallenato, campeón en la venta de discos en la historia de Colombia y líder de un singular movimiento de masas. Una noche para comprobar y conocer qué hay detrás del mito.

EN LA CORTE DEL CACIQUE

Una llamada desde Santa Marta de Antonio José De León, el jefe de prensa de Diomedes Díaz y quien pilotea sus redes, me dio lo que había invocado por años: un pasaporte a los terrenos del Cacique. En Colombia, Diomedes suena por todas partes, pero hallarlo es complicado. No existe una temporada alta de entrevistas; da un cada tanto y sus alergias a los medios son bien  conocidas.

Conseguirlo era como un diploma al diomedismo: crecí oyendo al artista, he acuñado sus discos, asistido a sus conciertos, roté sus hits hasta que la consola explotaba en un espacio radial que tuve, y podría decir que no rebajo diomedazo diario. He seguido el rastro de Diomedes Díaz en historias narradas por periodistas, fanáticos y detractores,  que siempre surfean entre la realidad y la fantasía.

Referirse a Diomedes es a veces como hablar de La Patasola u otros mitos. Hay tantos cuentos de la gente alrededor que no se sabe dónde empieza la ficción. La noche del 9 de agosto fui a  encontrarme con el de verdad.

Tras darme la buena noticia, De León me puso en contacto con Héctor Sarasti, el hombre que escribe el blog de Diomedes y que reside en Bogotá, quien me confirmó que nos veríamos a las 8:45 p.m. para ir a la casa del cantante. Con un halo de misterio y sin dirección ni barrio, me citó en un punto de la ciudad haciéndome prometer casi sobre La Biblia que nadie se enteraría del encuentro.

Las coordenadas de la morada del Cacique eran un secreto tan irrevelable, que la fotógrafa Alejandra Mar y yo llegamos a fantasear con que nos iban a vendar los ojos durante el camino, como si fuéramos a una entrevista con Vito Corleone.

Sarasti arribó a nuestro encuentro. En la conversación indagaba qué tanto conocía del artista y me soltaba unas instrucciones: “no le vayas a saltar al cuello, ¿no? Ni te vayas a dejar notar muy emocionada.

Es que hay gente que lo ve y se le bota encima”. Riéndome le decía que se tranquilizara, que yo no era groupie.

Pasadas las 9:00 p.m. aterrizamos en un edificio al norte de Bogotá y nos sentamos en la  recepción.

Héctor vaticinaba un par de horas de aguante, pocas si teníamos en cuenta que, según él, Diomedes había hecho esperar 16 horas en una ocasión al fallecido periodista Ernesto McCausland, y afirmaba que esta era “tremenda oportunidad”.

Mayerly, la portera, confirmaba a Sarasti asegurando “no todos los que llegan aquí entran”, y nos contaba sobre la romería a la que está habituada: “siempre viene mucha gente que hace lo que sea para ingresar. La mayoría dice que es periodista, pero nadie logra subir”. Para completar el cuadro y hacerlo más nacional, Héctor apuntaba que en Valledupar al cantante hasta le cortan la luz para ir a verlo.

Nuestra guardia en la portería no fue tan larga como pensé. Luego de la aparición del mánager José Zequeda tuvimos acceso a la corte del Cacique.

En el ascensor, a Sarasti le seguían saliendo instrucciones hasta por los codos. Paramos en el octavo piso y el sonido de los vallenatos diomedistas nos mostró el camino. Timbramos, nos abrieron la puerta y, señoras y señores, ahí estaba Diomedes Díaz Maestre: El Cacique de La Junta, el Sid Vicious del vallenato, el Keith Richards guajiro, chaman de todos sus seguidores. El hombre de las ventas millonarias de discos, el que ha hecho rugir estadios y el que ha convertido los conciertos en ceremonias y rituales de una gran fanaticada.

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