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‘Venga le Digo’: A la paz tenemos que meterle mano todos

Por
Redacción Shock

La Habana está lejos y más de uno puede afirmar que quienes están allá “no nos representan”, pero se nos olvida a veces que la anhelada paz ha de ser en Colombia, en las esquinas de nuestras cuadras, en la vida de cada colombiano.

Por @superhyperacido

En una reflexión imaginativa, pensaba en cómo sería esa Colombia en paz. Pensaba en todos los agentes armados que hay repartidos por la geografía nacional, representando diferentes bandos, pensaba en las miles de hectáreas acumuladas en manos de pocas familias o conglomerados empresariales, pensaba en los extranjeros que se babean pensando en nuestros recursos y lo fáciles que son de comprar. Pensaba en el interés personal del presidente de turno de lograr el acuerdo con el grupo guerrillero que más ha aparecido en los titulares colombianos de los “medios principales”, pensaba en las familias de todos esos difuntos que hoy son números casi imposibles de imaginar realmente, debido a sus infames cantidades. Pensaba en las familias campesinas desplazadas y su desarraigo teniendo que vérselas en una ciudad nueva tal y como ha venido sucediendo hace ya más de medio siglo. Pensaba entonces en: “qué carajos puedo hacer yo para contribuir?!” 

En mi caso particular no tengo ningún entrenamiento militar, más allá del que aprendí en Full Metal Jacket, la película de Kubrick y unas cuantas ocasiones de Call Of Duty, en el que realmente soy muy malo. De modo que aquello de enlistarme a mis ya casi 30 años está fuera de discusión, no me creo capaz de matar a alguien y no le veo sentido a eso de alcanzar la paz con guerra. Tampoco veo muy provechoso aquello de quitarle tierra a estos que tienen mucha y dársela a estos que tienen poquita porque queda como difícil ser el juez de eso. Sí funciona claro, que los jueces y los abogados logren descubrir las veces que algunos de los que tienen hoy mucho le han quitado a otros que tenían poco y la guerra los hizo huir, pero como no fui abogado, veo un poco difícil esa línea de acción también. 

Es imposible que no haya extranjeros interesados en explotar nuestros recursos, menos aun si tienen los bolsillos llenos de billetes y muchísimo menos ahora que cada año que pasa, la humanidad es un poco más consciente que más allá de los países, planeta solo hay uno. Pero creería que si lográramos realmente quedarnos con todo lo que hay en esos bolsillos y lo invirtiéramos en educación, en un par de décadas estaríamos siendo nosotros los que supiéramos explotar muchísimo mejor nuestros propios recursos (caso ‘Tigres del Asia’). Pero como lo de presidente me queda un poco lejos aún, creo que tampoco puedo tener injerencia en ese tema. 

Podría comunicarle al país todo lo que está pasando realmente, la forma en la que los menos favorecidos han sido víctimas de aquellos con poder y también la razón por la que alguna vez en Colombia unos campesinos decidieron armarse para protestar por la inequidad a la que estaban y, tristemente hoy, siguen estando sometidos. Pero para poder hacerlo tendría que atravesar toda esa nube de basura mediática que consumimos cada día y tampoco soy publicista, mucho menos reportero, otra cosa que me queda lejos. 

Mi familia no fue víctima directa de la guerra, somos parte de esa baba de clase media que está metida en su ciudad y no va a la guerra, pero tampoco tiene tanto dinero como para vivirla como blanco. Como no estábamos en el campo ni prestamos servicio, no nos tocaban los combates. Y como no tenemos fincas ni eso, no sufríamos la extorsión y la constante amenaza. Sin embargo todos tenemos conocidos, del campo o de familias acaudaladas, quienes tuvieron que sufrir, o en su familia sufrieron la guerra del país. Nosotros tenemos que regalar trabajo, tenemos que usar nuestros saberes para reconstruir el país, para llevarlo al nivel en el que realmente debe estar. Primera cosa que encontré que podía hacer.

También soy nieto de inmigrantes a Bogotá, y si bien ellos no fueron desplazados por la violencia, eso me permite entender al menos lo que es tener una familia sin raíces reales en la tierra en la que vive, raíces sobre el concreto de una ciudad, mejor dicho. Siento que entiendo el sentido de desarraigo pero también sé que las ciudades de Colombia han brindado y seguirán brindando una bienvenida a todos los viajeros. Otra cosa en la que puedo colaborar.

A mi cabeza llegaron cientos de ideas que, al intentar ordenarlas, parecían estar todas ligadas de una sola forma. Como si de repente apareciera una sola cosa que se podría aplicar a cada uno de los casos necesarios para superar la paz. Ese hilo que atravesaba todo era yo mismo. Si bien en algunos casos había ideas que yo solito no iba a poder llevar a cabo, había otros casos en los que aparecían sencillas posibilidades que sí me permitían meterle mano a la paz. Yo puedo instruirme en los orígenes de la guerra nacional y si bien no puedo ir a combatir a los narcos (porque eso es lo que financia nuestra guerra), puedo entender quiénes son los verdaderos actores e interesados en que la guerra continúe y dejar de comer cuento.

Tampoco gano nada denunciando los abusos de los terratenientes y su oscuro financiamiento de grupos armados, además de caer en el rotulo de mamerto, no gano nada más que la posibilidad de ganarme un tiro. Pero si puedo saber quiénes son los lúgubres personajes, para entonces dejar de alimentar con mi dinero sus compañías. Puedo también seguir recibiendo con la calidez colombiana a los extranjeros que quieran visitar nuestra tierra, pero no tengo entonces que ser el sirviente de cualquiera que venga hablando con acento enredado porque seguro como es gringo tiene plata y entonces hay que darles lo que quieran (como los policías que escoltaban a Justin Bieber a hacer un graffiti, mientras un año atrás habían asesinado a un joven por hacer lo mismo), como venderles nuestros recursos naturales a precio de huevo.

Tengo que dejar comerme entero todo lo que dicen los medios de comunicación y empezar a entender a qué grupos empresariales pertenecen para que cuando me intenten convencer de las cosas yo pueda, como espectador bien informado, saber cuándo me están informando y cuando quieren cegarme con una cortina de humo. Nadie nos va a devolver nuestros muertos así que es hora de mirar adelante nuevamente. Si bien es un proceso supremamente duro, debemos, como colombianos, perdonar lo que nos ha sucedido, entender que las circunstancias de nuestro país nos han traído estas tristezas pero que solamente cambiando esas circunstancias podremos dejar de vivirlas, no como algún ex presidente que aún vive lleno de rencor por sus tristezas del pasado. 

En fin, tengo que cambiar mi propia actitud, tengo que esperar a que las cosas pasen en el noticiero y hacerlas pasar a mí alrededor. Paz es abrirle la puerta a alguien, paz es ceder el puesto, paz es decir buenos días y buenas tardes, paz es dejar la agresividad a la que nos induce la ciudad para darle paso a la cordialidad y a las buenas maneras. Paz es dejar de criticar a los que nos rodean y creer que nos las sabemos todas. Paz es poder entender al que no piensa como uno porque es de la diversidad de donde nace la riqueza, si todos pensáramos igual a nadie se le ocurrirían ideas nuevas. Para mi paz es, en definitiva, un estado de ánimo  de la persona, una forma de ser y de pensar que no interfiere con mis demás características, sino que hace que las pueda llevar a cabo sin lastimar a los demás porque los respeto. La paz no empieza el día que firmen en La Habana, la paz empieza cuando empecemos a quererla, vivirla y creer en ella.

P.D.: Yo ya me decidí y empecé a creer en la paz. Y cada día soy más feliz. Vale la pena intentarlo.

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