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Conjuro Epiléptico: ‘EPS Sanitas’ o el descenso en el absurdo

El segundo disco de los bogotanos de Conjuro Epiléptico es un elogio al encierro, un experimento sin filtro y con gracia.

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Fotos: Javier Quintana @jquintanar8

Una historia de amor en el infierno, o como le llamamos en Colombia, la EPS, con su consecuente terminación repulsiva, le da nombre a la segunda placa de Conjuro Epiléptico: EPS Sanitas. Luego de su conformación en 2015, y de lanzar su primer álbum en 2017, Hodi¸ la banda bogotana retomó su curso en el cada vez más notorio under capitalino con ocho canciones que ahondan en el absurdo cotidiano, en las referencias literarias y en la desmitificación del manido discurso aspiracional de los músicos.

Por Fabián Páez López @Davidchaka // Fotos: Javier Quintana

En el EPS Sanitas conviven películas de Jim Jarmusch con un guerrero Jedi Illuminati; un poeta nadaísta que logró hacer desaparecer su obra, pero no pudo quemar un recuerdo; un mal viaje lisérgico amenizado con un arroz frío; empanadas y una versión melancólica de un jingle navideño. Cada letra, compuesta por Nicolás Mejía, voz y líder de la banda, suena como vaciar la caneca del desconsuelo que hay en su cabeza. Sin filtros ni decoraciones. Nada más que las distorsiones y la musicalidad proporcionada por el resto de su formación: Miguel Velázquez en el bajo, Santiago Martínez en los teclados y Juan Pablo Arias en la batería (todos miembros de otras agrupaciones). 

Nicolás, que trabaja como librero, traductor y profesor de guitarra, además de ser la cabeza del Conjuro, tiene un promiscuo repertorio como pieza clave de proyectos en la alternatividad bogotana. Recientemente estrenó nombre solista con su proyecto Neck Talese, pero en su historial como guitarrista, compositor y cantautor figuran también otras propuestas como Los Niños Telepáticos y Greog Friedrich Sandwich. Hoy, aunque sin mucha prensa, es uno de los referentes de la nueva camada del indie criollo. Según cuenta, en parte, gracias a que, en su trabajo como librero, ha nutrido su escritura; en parte, porque desde hace unos cuatro años para acá ha tenido varios papayazos, se ha juntado con amigos y no ha dejado de producir. 

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“La fuente más grande de inspiración en mis letras ha sido la poesía. Por la métrica, la musicalidad, porque es mucho más fácil de volverlo canción. Principalmente a mí me ha marcado mucho la obra de Vicente Huidobro, un surrealista chileno que escribió Altazor, un libro muy bonito de poesía en el cual él empieza a construir las palabras hasta que ya prácticamente uno no entiende las palabras, pero sí escucha la música en las palabras. Tiene una aproximación muy musical a la poesía, pero también están muchos escritores. De poetas está Rainer María Rilke, los latinoamericanos Raúl Gómez Jattin, Gonzalo Arango. Novelistas que me han influenciado mucho últimamente, como un francés que se llama Michel Houellebecq. Aunque la escritura en Conjuro es mucho más automática. No filtro nada de lo que pasa por mi inconsciente. Quedan unas letras loquísimas; muy anecdótico, muy biográfico, muy carnal. No existe temor a la vulgaridad o a hablar de cosas incómodas. Es un lado un poco más salvaje, influenciado por autores como Bukowski o autores más incendiarios como Nietzsche. Es una cosa un poco más irreverente que no se adapta para todo el mundo. Con los Telepáticos, en cambio, las letras las puede escuchar y disfrutar una persona de 50 o 60 años. Conjuro es para cierto público, hiere ciertas susceptibilidades en algunos sectores. Esa es la idea con Conjuro, que fuera más una cosa de catarsis, sin reflexiones, sin pensar dos veces lo que uno hace, simplemente soltar todo. En las letras juego mucho más con el absurdo. Me gusta generar imágenes absurdas o bizarras. Es otra estética distinta, pero también un tipo de crítica. A mí me parece que en unos temas de Conjuro se critica la mojigatería de la sociedad colombiana, la hipocresía, como que trata de meter el dedo más en la llaga”. 

Como en cada texto, uno podría embutir un listado de géneros o sonidos que dan forma a la música de Conjuro Epiléptico. Decir que es un caldo espeso que contiene rap con math rock, krautrock, psicodelia, ruido, jazz o punk. Pero lo que define mejor al proyecto es su fluidez discursiva traspasada a las formas, la estructura impredecible de sus canciones y la preocupación por forzar la técnica. El proyecto se explica más por la emergencia de inquietudes muy propias de la Bogotá de hoy, además de un marcado importaculismo con lo formal. 

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Contrario a la norma patria no escrita según la cual, como dice el escritor Andrés Burgos, nacer en esta aporreada nación implica, por obligación, “ser sabroso”, la música del Conjuro es un elogio al ensimismamiento. Su emergencia y acogida, según lo que cuenta Nicolás, tiene que ver con la reacomodación del consumo de música en la ciudad. 

“Siento que la cultura musical de Bogotá se está transformando. Hace algunos años, y todavía lo siento, todo estaba acomodado entorno a la rumba. La gente se encierra en la casa y solo sale el viernes o el sábado a una rumba. Faltaba una cultura más musical en la cual la gente no le tenga temor a salir entre semana, ver un concierto y que no signifique que toca irse de farra, sino que también se pueda disfrutar de un espectáculo musical tranquilamente, cualquier día de la semana. Que se abran espacios para eso. Que la gente le pierda el miedo a darse la oportunidad de ir un par de horas a escuchar música en plan tranqui. Creo que eso está cambiando, cada vez se están generando más espacios y la gente está respondiendo mejor a ir a escuchar música solo con el pretexto de ir a escuchar música, más allá de si se quieren tomar un trago o rumbear. Solo con el objetivo de escuchar una banda. Me parece que en eso estábamos un poco en desventaja con otras ciudades de Latinoamérica que uno ha escuchado que existe una cultura musical mucho más intensa, en la que hay toques toda la semana, muchas oportunidades de ver música nueva todo el tiempo y creo que eso es lo que se está creando en Bogotá y ojalá sigamos yendo para ese lado”. 

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Además, agrega Nicolás, la construcción de un lenguaje propio de la bogotanidad, que cada tanto suma bandas, circuitos y proyectos.

“Hay muchas personas que están tratando de presentar trabajos muy sinceros, muy originales, con una voz propia. No están tratando de hacer copy-paste de algo anglo o, incluso, de algo folclórico, sino que hay cosas con un lenguaje muy propio. Por ejemplo, lo de Aguas Ardientes, que los vi hace poco en concierto y estuvimos compartiendo en el lanzamiento de Las Yumbeñas, que también son muy interesantes. Está W.Y.K, con quien también estuvimos de gira con Conjuro. Son propuestas muy válidas porque se paran desde su propio discurso. No están tratando de ser el Radiohead colombiano, el The Killers colombiano, sino que están tratando de describir el contexto de Bogotá. Era algo muy necesario porque Bogotá, por lo cosmopolita que es, o por la cantidad de gente que hay, es muy difícil relacionarla con una identidad musical. Hay mucha cosa. Mucha gente se queja incluso de que los músicos de Bogotá no tienen ningún folclor, por decirlo así. O mejor, una raíz clara. Es algo muy importante hacernos sentir a los músicos y a los artistas bogotanos orgullosos de ser de Bogotá, que no tenemos que avergonzarnos de ser de la nevera, sino que, al contrario, tenemos mucho contenido que nos da la ciudad para poder crear. Me parece muy chévere que se genere un círculo de bandas abordando estas temáticas de la ciudad”. 

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Este es el EPS Sanitas de Conjuro Epiléptico desmenuzado, canción por canción, por Nicolás Mejía.

Darío Lemos
Es un poeta nadaísta que nunca pudo publicar ningún poema ni ningún libro, pero es un poeta muy mencionado. Existen transcripciones de poemas de él, aunque es difícil saber si son fieles a lo que él escribió. Él era amigo de Gonzalo Arango y de todo ese parche, pero murió muy joven y quemó toda su obra antes de morirse. Hizo lo que hizo Kafka, pero nadie le recuperó la obra, sino que, efectivamente, todo se perdió. Por eso para el tema partimos de esa carencia de no tener nada, pero sí tener todo. Como tener la poesía, pero al final del día no tener nada publicado. De esa idea salió el tema, pero terminó volviéndose amoroso, sobre esa imposibilidad de olvidar cuando uno vivió algo. 

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Marta
Habla de lo que todas las bandas esperan. Sonar en la radio, en KEXP, en La Mega; ir a tocar a Pitchfork, un festival grande de música. Es un poco cagándose en eso, no me importa si no toco en Pitchfork, siento que a la gente no le gusta la canción, pero me vale huevo. También juega con lo absurdo. Reflexiones de sentirse viejo y joven a la vez. El videoclip será bien surrealista porque gira alrededor de las personas de la tercera edad en Bogotá. Son dos ancianas que están enamoradas. De un lado sí es como sobre ese importaculismo de pegarle al perro o triunfar. 

Jedi Illuminati

Habla sobre cómo a pesar de lo que uno tiene que hacer hoy en día para pagar las cuentas, sobrevivir, pagar el arriendo y vivir dignamente. ¿Cómo a pesar de eso subsiste una necesidad imperiosa de hacer música todo el tiempo? No me importa si me meten casa por cárcel, pero quiero quedarme en mi casa encerrado grabando 6 meses, no quiero salir, quiero ser un ermitaño. Es el sueño frustrado de todo músico: encerrarse en su casa a grabar por un semestre entero. Habla también de por qué puedo hacer rap sin insultar a nadie, sino cagándome en mí mismo, diciendo que salgo en una tanga de cuero. Es tratar de decodificar el discurso del rap con un coro muy ego trip, pero también en una canción tierna, con frases bonitas. Una que habla de ese deseo imperioso de poder producir y de los obstáculos que hay en la vida cotidiana para poder hacer eso. 

EPS Sanitas

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Habla de cuando las personas que trabajamos con contratos fijos, no de prestación de servicios, que vamos a una oficina y que un día no queremos ir a trabajar, entonces vamos a la EPS a sacar una incapacidad médica. Se me ocurrió hacer una historia de amor a partir de eso. Un man que no quiere camellar, se va a la EPS a sacar la incapacidad y conoce una chica. Después se vuelve un tour por una serie de lugares considerados un poco bañugos en Bogotá, entonces van a Bulevar Niza, están vitrineando en Spring Step. Me gusta nombrar muchos lugares asociados a cosas medio bañugas. Es una historia de amor que parte de sacar una incapacidad para no ir a trabajar. 

Empanadas

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Toca el tema del amor no correspondido. La historia es sobre un man que conoce una vieja, la invita a comer empanadas y pasan cosas chistosas en esa noche. El man se da cuenta de que se le quedó la llave de la casa, se meten por la ventana, se da cuenta que no tenía marihuana, ni internet. Todo mal, no va a poder conquistar a la chica. Tiene que poner la USB. Al final, la chica se va y el man se pregunta si todo es una ilusión o es real. La pregunta central de la canción es si el amor es una cosa predestinada o somos responsables de escoger. Es preguntarse si uno es responsable de escoger el amor o si es una cosa que simplemente sucede, aparece y ya. 

Tendinitis

Fue llevarnos al límite. Se llama Tenidnitis porque queríamos hacer una canción que nos llevara al límite en lo instrumental, que fuera tan difícil de interpretar que nos generara tendinitis. Es como unas ganas de romper todos los límites y de tocar así a uno se le engarrote la mano tocando. Es una cosa técnica y física que salió.

WTFD

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What The Fucking Dog es una canción un poco absurda que al final cierra con el mito de Ícaro, que a veces uno por querer subir tan alto se le pueden quemar las alas e irse de culo. Por eso empieza con “Yo soy el rey Midas de la música, mis amigos quieren escucharme”. Pero al final termina con “Abrazo la muerte como mi amiga y el sol quemará mis alas”. Es el artista dándose cuenta que, a veces, por querer subir tan rápido, puede quemarse y caerse. 

Flaming Pils

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Es un mal viaje de algo. La sensación es la de un momento en el que uno se malviajó con o sin sustancias. Es una situación un poco absurda en la cual uno se desespera y se malviaja. A la vez es todo lo contrario porque la música es infantil, superfeliz, pero la letra es extraña, como que dice que la situación de Colombia no es tan buena; que me perdí en el bosque, no me funciona el celular y estoy a oscuras; un amigo me invitó a almorzar, pero el arroz está frío. Cosas que acompañan el mal viaje. 

 

 

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