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Sumérjase en el ritualismo metódico y electrónico de Montoya

Conozca a Jhon Montoya, el nuevo fichaje colombiano del sello argentino ZZK
Montoya - Foto por Mayda
Montoya - Foto por Mayda
Por
Fabián Páez López

Jhon Montoya se fue empujado de Colombia hace 18 años para terminar de reconocerse a sí mismo como hijo de la cumbia, del pasillo, de las marimbas de chonta, del currulao y del bambuco. Hoy se proyecta como una de las fichas claves de la electrónica con pasaporte y ritmo latinoamericano.

Por Fabián Páez López @davidchaka - Foto: Mayda

Nació en Pereira, pero se ganó una beca y se fue casi que adolescente para Cali a integrar la nómina de la Orquesta Sinfónica del Valle. En 2001, ya con un recorrido importante como músico de conservatorio encima, le cortaron el presupuesto a la orquesta y él y sus amigos tuvieron que buscar beca o trabajo fuera de la ciudad. A él le tocó cruzar el charco y escampar en Europa, donde vivía su hermano. Empacó maletas de afán y llegó a Treviso, al noroeste italiano, justo un día antes de que empezaran a pedir visa a los colombianos. Allí se graduó como violinista del conservatorio Castelfranco, pintó casas para sobrevivir y ahora alterna sus virtudes e intereses como músico: estudia un posgrado en diseño sonoro, trabaja como productor de música para publicidad y promociona un álbum que se proyecta, a través del fino engranaje entre las variedades de la música tradicional colombiana y los recursos de la electrónica, como una especie de nuevo decodificador del folclor y del ritualismo. Otun.  

“Cuando comencé mi proyecto empecé a escuchar dos músicos italianos. Uno que se llama Clap! clap!. Es de los más geniales músicos que hay acá en este momento. Y otro que se llama Populus, también italiano. Ellos me abrieron la cabeza. Escuchando eso me dije ‘Yo de dónde vengo. Soy colombiano. ¡Listo! Empecemos a experimentar, miremos qué es lo que pasa, qué es lo que yo he escuchado desde siempre. Desde ahí fue que empecé a buscar, a combinar y a encontrar mi sonido’”.

Fue justamente desde 2015, como becario del proyecto Fábrica, un centro de creatividad financiado por el grupo Benetton, que Montoya empezó a producir y a experimentar con la electrónica. El caldo embrionario de su proyecto fueron tres placas (El viaje, Mohs e Iwa) que sirvieron como insumo para familiarizarse con los programas, pero que, por concepto y resultado, fueron más acústicos. Otun, lanzado recientemente de la mano del sello argentino ZZK, especialista en el latinoamericanismo de avanzada, es sin duda su carta de presentación más certera.

Un par de sencillos estrenados prematuramente auguraban cómo había engrasado su nueva maquinara. Refinada, en parte, gracias a la intervención de dos productores clave: Richard Blair y Oscar Alford.

“Fue un proceso de casi más de un año. Mandamos el disco recién terminado a ZZK. No estaba mezclado, no tenía ningún instrumento, nada de nada. Era el primer embrión. Ellos lo escucharon, dijeron que les gustaba, pero que todavía no estaba listo. No era homogéneo, había temas muy buenos y otros sin la misma fuerza. Me dijeron: ‘Trabájele’. Ese fue el detonante. Me puse en contacto con Richard Blair, él habló conmigo y puse todo el trabajo en sus manos para ver cómo podíamos mejorarlo. Con Richard y Oscar fue un trabajo de casi un año echándole cabeza a todo, limpiando, cambiando, grabando, quitando marimbas digitales, poniendo las reales. A medida que se iba limpiando el trabajo cambiaba totalmente. Ahí se lo mandé a Grant [cofundador de ZZK] y me dijeron ‘Listo, esto es lo que queríamos escuchar’. La diferencia era total. Lo trabajamos sin miedo a que cambiara”.

Los dos primeros sencillos en lanzarse fueron Solo quiero con Pedrina y Otun, con Nidia Góngora. El primero, un tema con beat de “reggaetón languidecido”, marimbas reverberadas, pausas de sumergimiento, tambores que suenan como expulsados de la tierra con furia y ecos que auguran su llegada. El segundo, un ejercicio de reconocimiento y decodificación de los rituales fúnebres de los pueblos negros de Colombia: los alabaos en el Pacífico y el lumbalú en San Basilio de Palenque. (Según lo describe la antropóloga Nina S. de Friedemann, el lumbalú, además de ser un ritual con su ritmo y melodía, es también el grupo de miembros que lo ejecuta: hombres y mujeres que son dueños de la sabiduría musical y textual de los cánticos y del baile. También es una voz africana originaria del bantú y compuesta por dos elementos: lu, un prefijo colectivo; y mbalu con el significado de melancolía, recuerdo o reflexión que expresa el sentido de cantos de muerto).

Al final, esa colección de influencias pescadas en su tierra natal, fueron culminadas con los once tracks que le dieron forma a Otun. Una sumersión que evidencia el viaje de ida y vuelta de Montoya, el verse desde afuera a través de un prisma identitario en construcción.

El resultado fue techno ahumado con folclor y rigurosidad académica. Una producción donde el agua y la selva suenan como protagonistas al tiempo que los sintetizadores, los breaks, los samples (en Hey Avi!!) o las maniobras de violinista de academia; estas últimas, perceptibles con mayor claridad en Pasillo, una evocación al pasillo andino como género que, en los albores independentistas, significó también la reapropiación americana de la música europea. El viaje de ida y vuelta.

“Otun también fue el resultado de mi experiencia con el live. Hice conciertos de gira por Europa, estuve en el Sónar. Hay una cantidad de experiencias que uno carga con eso. Otun es el resultado de todos los conciertos buenos y malos que hice. Cuando empiezas a tocar música en vivo te das cuenta qué es lo que quieres que el artista haga: si quieres que esté parado mirándote, o bailando, o gozándosela”.

Con el lanzamiento de Otún, Montoya no solo está poniendo su firma dentro de un movimiento más amplio que cobija nombres como el de Nicola Cruz, Mitú, Chancha Via Circuito o King Coya, sino que suma a la ampliación y el replanteamiento de las ideas sobre la música “propia” latinoamericana.

 

 

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