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Cazadores de brujas y aquelarres en el Cementerio Central

Por
Fabián Páez López

Fuimos al Cementerio Central y hablamos con un cazador de brujas contemporáneo. Descubrimos que las brujas volaban con ungüentos alucinógenos, vimos aquelarres colinos y escuchamos sobre los hechizos oscuros en criptas subterráneas.

Por: Fabián Páez López @Davidchaka // Fotos: Daniel Álvarez 

No hay un lugar en Bogotá en el que las energías se sientan tan densas como el Cementerio Central. O bueno, eso dicen, yo solo logro sentir el frio, los mosquitos, y curiosidad por la gente que, sin tener un muerto conocido a quien visitar, pasa allí las tardes y noches buscando recibir ayuda del más allá o complacer sus fantasías mórbidas.

Para conocer el cementerio más notable de la ciudad no hace falta llegar acompañado de un grupo de turistas. Los planes que ofrecen una experiencia sobrenatural en estos lugares no pasan de ser un espectáculo actuado y sobreactuado. Invariablemente del día que uno vaya, con mayor o menor afluencia, uno se puede dar cuenta de quienes son los muertos que mandan, los “próceres” santificados de nuestra patria: el tipo que aparece en el billete de 20.000 (Garavito, el científico, no el asesino en serie), y quien va a ser remplazado por Alfonso López Michelsen; y Leo Kopp, el  creador de la compañía Bavaria, miembro de una logia de masónica y a quien le debemos nuestro querido término ´pola´ para referirnos a la cerveza y la casi desaparición de la bebida tradicional, que, aunque no sabe bien, no debió ser perseguida a punta de mala fama: la chicha.

A las tumbas de estos dos hombres llegan todos los días viejos, jóvenes, travestis, putas, señoras, motociclistas y cualquiera que sea a pedir apoyo económico del más allá. Como se hace con los santos benefactores, a negociar buenos comportamientos a cambio de unos cuantos billetes con la cara de Garavito. Parece que vivimos muy  pobres y ya no sabemos que más hacer. Pero la gente allí no solo va por plata, también se va de aquelarre.  

El cazador de brujas

Llegamos cuando la tarde empieza a apagarse y hay que empezar a sacar a la gente; cuando empiezan a esconderse los personajes más pintorescos para pasar una noche entre los finados; cuando brujos y brujas quieren poner a trabajar a las ánimas. Nuestro guía es conocido como Herrera, y entre los vigilantes del cementerio, es el que más tiempo lleva enfrentándose a estas figuras, que, según dice, no siempre son de carne y hueso. Nos quiso llevar al lugar famoso conocido como El Caracol: una escalera en espiral que desciende hacia dos oscuros pasillos sepulcrales.

"Hace dos días encontré también una brujería: le estaban haciendo un conjuro a un hombre, encontramos huevos de paloma y unos boxers llenos de semen. Esa brujería es la atrapa hombres, la hacen para que el hombre solo le pueda meter a una mujer”

 

Vemos a una pareja de jóvenes que intentan abrir las cadenas de la puerta para bajar a la cripta. Llevan una caja de vino en una bolsa y al parecer son novios. El tipo lleva uniforme de metalero: pelo largo, camiseta negra de una banda cuyo logo es una estrella ensangrentada, chaqueta de cuero, y por como lleva los ojos, pareciera que su cabeza está en otro planeta. Su pareja, evidentemente mucho menor que él, no puede soportar la risa nerviosa. “¡Ey! No se pongan en eso, para entrar ahí tienen que pedir autorización”, dice con acento costeño Herrera mientras la pareja se aleja. 

(Lea también: Una visita al consultorio de Satán)

“Eso pasa todo el tiempo, acá siempre se intentan meter. Hace 15 días me tocó sacar una pareja que estaba acá durmiendo de noche…que disque tenían acá a un familiar. Hace dos días encontré también una brujería: le estaban haciendo un conjuro a un hombre, encontramos huevos de paloma y unos boxers llenos de semen. Esa brujería es la atrapa hombres, la hacen para que el hombre solo le pueda meter a una mujer”. 

¿Quién hacía la brujería? “Eran dos viejas, me tocó sacarlas corriendo. Eran las mismas que otro día estaban intentando robarse un hueso…Uno a las brujas las conoce por la cara, se vienen embatadas y maquilladas, cuando uno las ve se les tiene que pegar a la pata, porque uno no se puede poner a pelear con ellas. Pero todo el tiempo toca estarlas sacando y quemando las fotos, las prendas y las cosas que dejan”. Llevamos un buen tiempo entre esos pasillos oscuros y empezamos de nuevo con las energías. 

“Este lugar es a donde todos vienen porque aquí es donde se siente la energía fuerte, por eso tocó cerrarlo. Acá venían a cada rato grupos satánicos a hacer invocaciones. También vienen a robar huesos para vendérselos a los estudiantes de medicina.Yo creo en la brujería como todo, el mal y el bien: si tú entras acá con miedo sientes las energías, pero si entras seguro no te va a pasar nada. A mi acá nunca me han asustado, pero en el cementerio del Norte sí. Un día trabajando allá veía una persona encapuchada por la cámara que abría y cerraba una puerta durísima, que pesaba demasiado. Llamé gente y salimos corriendo a buscarla pero no veíamos a nadie. Eso fue horrible, estaba cagadísimo ese día…” 

“…A un compañero acá si lo asustó una bruja y al otro día renunció. Lo llamaron al radio y comenzaron a sonar unas risas y unos ruidos durísimos como de mujeres riéndose. Para trabajar acá toca no pensar en eso”. 
 
Las brujas y los alucinógenos  
 
Se estima que en Europa 500.000 personas fueron declaradas culpables de brujería y murieron quemadas entre los siglos XV Y XVII. Sus crímenes parecían absurdos: viajes por el aire en escobas para asistir a aquelarres, besar al diablo bajo la cola; copulación con íncubos (diablos masculinos con penes fríos como el hielo); o copulación con súcubos, diablos femeninos. También los inculpaban por los desastres de la naturaleza.

Un grupo de investigadores alemanes ha tratado de recrear las fórmulas de estos ungüentos alucinógenos basándose en escritos antiguos. El resultado: un sueño profundo de 24 horas con “viajes excitantes, danzas frenéticas y otras aventuras misteriosas de este tipo relacionadas con orgías medievales”.

En ese entonces el papa Inocencio apoyó desde Roma a los inquisidores para que presentaran el libro El martillo de las brujas; la guía máxima para quienes vivían a la cacería de nigromancias.

La explicación que le dio Michael Harner al fenómeno de la brujería en este periodo era que las mujeres utilizaban ungüentos mágicos compuestos de atropina, un poderoso alcaloide descubierto en plantas europeas como la mandrágora o la belladona (bella mujer). 

Un grupo de investigadores alemanes ha tratado de recrear las fórmulas de estos ungüentos alucinógenos basándose en escritos antiguos. El resultado: un sueño profundo de 24 horas con “viajes excitantes, danzas frenéticas y otras aventuras misteriosas de este tipo relacionadas con orgías medievales”.

El ungüento original, que tenía la capacidad de ser absorbido por las fibras sensibles de la piel, dicen, era aplicado con un bastón que las mujeres se ponían entre las piernas. De ahí que muchas mujeres e realidad hayan soñado con viajes cabalgando sus escobas hacia los frenéticos aquelarres. 

A las brujas modernas ya no las queman en la hoguera como en la época inquisidora. Los que se encargan de la cacería son personajes como Herrera que siguen creyendo. Las fascinaciones perversas por los aquelarres siguen siendo iguales: alucinógenos, muertos, y sexo entre las criptas. Salimos de El Caracol y lo que vemos es a un grupo de jóvenes fumando marihuana. Un aquelarre colino. 

 

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