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Lo mejor y lo peor de Rock al Parque: @KidCasti

Por
Juan Pablo Castiblanco Ricaurte

Por: Juan Pablo Castiblanco  @KidCasti / Foto: Archivo Shock

Un Recuerdo
A un festival se va a ver propuestas, se va a ver qué nuevos sonidos están en el panorama pero, inevitablemente, a un festival también se va a bailar, a saltar, a poguear, a gritar. Para cerrar la edición 2006 del festival, el elegido era el francés Manu Chao. Con un largo historial romántico con Bogotá, era apenas lógico que se presentara en el Simón Bolívar y más aún en ese privilegiado espacio. Durante un poco más de una hora el francés y su banda soltaron una sola descarga de sus himnos nómadas, calavéricos y cannábicos, hizo saltar al público, no dejó caer la energía y mandó a la gente contenta a la casa. Un año antes otra descarga de energía, pero de un matiz más oscuro, dominó el Escenario Plaza del parque. Llovía intensamente en Bogotá, pero nadie se retiraba del parque. Los finlandeses de Apocalyptica, célebres por sus covers en violonchelos de canciones de Metallica, demostraron que habían logrado trascender el hecho de ser una banda que toca canciones de otros para construir su propia energía demoledora. Sin batería, sin voces, con cuatro músicos que no paraban de sacudir su cabeza, trajeron la inquisición a Rock Al Parque. 

Lo Peor
Son músicos de culto, consagrados, que han escrito largos capítulos de las historia del rock, que han inspirado el nacimiento de muchas bandas profesionales y amateurs en toda América Latina, pero los actos de cierre a cargo de Charly García y Fito Páez son los que menos emociones han generado en mí en los años que llevo yendo al festival. En épocas en que la curaduría del festival adquiría dimensiones cada vez más ambiciosas y arriesgadas, en las que proponía y sorprendía al público bogotano por sus riesgos, la designación de estos dos artistas en la privilegiada tarea de cerrar el festival era un brusco reversazo. En el caso del primero, era ver a un artista lejos de su gloria, alimentado por éxitos pasados, pero con un presente difuso; en el caso del segundo, era ver a uno de los artistas que más se ha presentado en los últimos años en Bogotá, que le quitaba el aura mística y majestuosa al acto de clausura. Todo por el afán de conseguir cifras alegres que privilegian la asistencia masiva sobre la construcción de una avanzada propuesta musical. 

Lo Mejor
En el 2006 La Pestilencia estaba en un momento vigoroso y vigente, con el “Productos Desaparecidos” recién lanzado, y destinados a cerrar la programación del escenario principal en el segundo día. Pornomotora, un viejo zorro del festival, tocó antes de “La Peste”, calentando los ánimos. El ambiente era tenso. Al fondo de la Plaza de Eventos se estaban formando algunos bonches y la reacción de la Policía era torpe e intimidante. Los asistentes que huían de las grescas se comenzaron a mover hacia el frente del escenario, apretando a los que estaban más adelante. Los que estaban más cerca de la tarima comenzaban a gritar “no empujen” y justo cuando se comenzaba a espesar esa gran sopa humana, apareció en tarima Dilson Díaz, vocalista de La Pestilencia, gigante, imponente, como un comandante. Pidió a la gente que diera dos pasos para atrás para que todo el mundo pudiera estar más cómodo y comenzó a entonar el legendario himno “peeeeeste, peeeeeeeeeeste, peeeeste”. Volvió a guardarse y a los pocos minutos volvió con el resto de su banda para dar un concierto épico, vibrante, que demostraba que era posible la convivencia pacífica en medio de un ambiente enérgico y eufórico. La Peste demostraba por qué ha sido uno de los pilares elementales del festival.

 

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