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Polikarpa y sus viciosas: el punk después del punk

e izquierda a derecha: Andrea Restrepo, Sandra Rojas y Paola Loaiza
e izquierda a derecha: Andrea Restrepo, Sandra Rojas y Paola Loaiza
Por
Juan Pablo Castiblanco Ricaurte

*De izquierda a derecha: Andrea Restrepo, Sandra Rojas y Paola Loaiza

Veinte años después de su fundación, las integrantes de Polikarpa y sus Viciosas trabajan para el gobierno distrital y son mamás. ¿Se ahogó su lucha por la construcción de la utopía? ¿Murió el punk? Viaje al interior de la banda punkera femenina más importante y legendaria de Colombia.

Por: Juan Pablo Castiblanco Ricaurte @KidCasti  // Fotos por: Gustavo Martínez @GustavoMartinez_ en instagram 

En 1994 Sandra Rojas (bajo y voz) y Paola Loaiza (batería y voz) armaron una banda de punk. Un par de años después se les sumó Andrea Restrepo (guitarra y coros) para seguir cantando por la lucha feminista, sobre ideas anárquicas, los maltratos y excesos del estado y contra las injusticias del sistema. Mientras tanto pateaban las calles, se metían en el parche punkero más underground de la ciudad  a pesar de que las rechazaran por gomelas, estudiaban artes visuales (Sandra) e historia (Andrea), y crecían a la vez que aprendían a ser mamás (Paola). No se dejaban de nadie. Ni de los hombres que les gritaban “mucha ropa” en los conciertos de punk, ni de los organizadores de festivales que, por ser mujeres, las ponían a tocar a las 5 de la mañana, ni de los que les cogían el culo en un pogo punkero. Han tocado cinco veces en Rock Al Parque, han hecho dos giras por Europa, han sacado un “caseto”, dos discos propios y uno más con una banda japonesa llamada Defuse. Han sido la primera banda de mujeres en grabar un disco de punk en Colombia. Se han convertido en un estandarte del punk nacional. Han hecho parte de movilizaciones y actos simbólicos por la despenalización del aborto, por la situación de las mujeres en el conflicto armado, por los derechos de los trabajadores y por una vida más justa y equitativa.

Hoy la banda sigue, Sandra y Andrea trabajan para el gobierno distrital, y las tres son mamás.

¿Dónde quedó el punk?

¿Dónde quedó la coherencia?

¿Dónde quedó su postura crítica ante la autoridad?

"Las ideas se van volviendo un poco más exigentes. Cuando hicimos una canción como ‘Policía de mierda’ (parte de su disco de 1999, ‘Libertad y Desorden’), nos preocupaba cómo la policía asediaba a los punkis. Ahora la preocupación trasciende a eso. Las ideas se van haciendo más grandes porque nos preocupa la violencia de estado a otro nivel, las ejecuciones extrajudiciales o las desapariciones. Eso nos demanda tener unas estrategias de trabajo que van más allá de lo musical. Ya no solamente es un espíritu pequeño de rebeldía en la música, sino que es una opción política cada vez más concreta y definida, que demanda un trabajo más centrado y real para defender esas ideas. El estado también tiene orientaciones políticas. En esa medida a veces es interesante ser partícipe de apuestas como la Bogotá Humana que permite que muchas organizaciones que trabajaban desde afuera tengan lugar en la institución. No es el estado de Santos, es un gobierno con un enfoque de derechos humanos que nos permite hacer transformaciones desde ahí. No todo es tan blanco y tan negro, sino que donde uno vea que se pueden hacer acciones transformadoras, ahí estaremos”, responde Andrea, historiadora especializada en estudios de género y políticas públicas, y trabajadora de la Secretaría de la Mujer, ante la inquisidora pregunta.

“Yo trabajo en la Secretaría de Gobierno y fue complicado pensar si entraba o no a ese espacio, pero el Plan de Desarrollo que hay en este momento me interesaba mucho, me parecía que estaba proponiendo ideas diferentes y que desde ahí se podían hacer cosas. Sigo siendo súper crítica con la institución todo el tiempo, no es que le apostemos a que lo institucional es lo mejor. La vida ahora me puso ahí y estoy tratando de aprovecharlo para aprender muchas cosas, también para ver cómo es el enemigo desde adentro”, agrega Sandra, quien además ha hecho documentales para organizaciones de derechos humanos. 

Pero lo que encarna Polikarpa y sus Viciosas merece ir más allá de la búsqueda de una trivial paradoja entre el Sistema (así, en mayúsculas, como el monstruo grande que es) y unos actos de resistencia.  Polikarpa, en palabras de Andrea, “ha sido la manera de darle voz política a la mujer. A veces solo somos nosotras tres pero a veces es con más mujeres haciendo una estrategia de acción política a través de la música. Hablamos de muchas cosas al tiempo, pero nos focalizamos mucho en hacer visible la subordinación, la opresión y la desigualdad en contra de la mujer. Muchas de las letras de Polikarpa hablan de eso, que no lo asumen grupos mixtos”. “O de la violación. A veces en algunas canciones de punk esos temas se toman como un juego. Es diferente para nosotras”, complementa Paola. 

Tal vez por eso a un hombre no le arde tanto en la piel propia la frase-proclama de una de las canciones de las Polikarpas: “resistimos las mujeres de Colombia”. ¿Resistir? ¿Por qué solo las mujeres? “A mí me interesa mucho la resistencia de las mujeres campesinas por la tierra, por sus territorios, porque las quieren sacar. Ellas tienen una comunicación más espiritual con la tierra que nosotros, entonces esa es una lucha muy hermosa”, arranca a explicar Paola, quien trabaja con la Escuela de Mujer y Minería del Cesar, ha aprendido sobre derecho minero para ayudar a las comunidades en la defensa de sus territorios, y actualmente está terminando de estudiar ingeniería. Sandra agrega, “resistirnos a vivir en este mundo patriarcal, como nos han dicho que tenemos que vivir y de la manera que nos han dicho que tenemos que ser mujeres”. Y luego Andrea, la que se expresa en términos más académicos, como si fuera la cabecilla intelectual de un frente revolucionario, remata: “como estamos en una cultura patriarcal no sobresalen a nivel político las acciones cotidianas de las mujeres, pero como dice Paola, las mujeres son las que construyen el tejido social, generan formas de permanencia en el territorio en momentos donde hay desplazamiento, donde hay proyectos minero-energéticos. Son las mujeres las que han tenido uno de los movimientos más grandes en contra de la guerra en Colombia. Son las mujeres las que empezamos hace años en contra del Procurador alarmando sobre todo lo que podía hacer en términos de reversar derechos humanos que distintos sectores habían ganado. Las mujeres tenemos todo el tiempo acciones de resistencia a nivel político enorme que la sociedad esconde y no visibiliza, pero ahí seguimos. Sobre todo la resistencia que tenemos para construir una equidad social, donde tengamos igualdad de oportunidades”. 

Quien oyera nuestra conversación o leyera este texto de manera desprevenida, pensaría que se trata de las voces de las líderes de un movimiento político. Y a su manera son eso, sin la mugre que se ha pegado al término “política”. Pero también son música en su estado más puro, crudo y virginal, para seguir usando términos femeninos. El de Polikarpa es un formato sencillo pero del que emana mucho poder y alegría. Mientras ensayan se ríen, revelando el goce que provoca montarse en ese vehículo punkero. Da envidia para quien no es músico ver ese nivel de compenetración, ese lenguaje más allá de las palabras entre tres personas. Luego viene el mensaje ideológico, pero la primera capa es el punk como sonido visceral. “Si hablamos de que estamos hartas de tanta violencia contra la mujer, lo decimos con rabia, y eso se siente. Esa descarga cuando tocamos es deliciosa porque en el diario vivir uno tiene muchas cosas en la cabeza, pero cuando llega la hora de ensayo, de desfogar, de decir, de denunciar, salimos con un fresquito delicioso”, resume Paola. 

Últimamente la banda no ha tenido la intensidad que a ellas les gustaría tener porque la vida las ha separado. Sandra llegó en enero de vivir en España durante cuatro años, Andrea vivió en el Putumayo un par de meses y ahora está en Bogotá, y Paola reside en Medellín. Esa separación les ha impedido lanzar el disco que tienen grabado desde el 2009 pero que solo lanzarán hasta que tengan tiempo de hacer juntas todos los detalles faltantes del álbum desde la portada hasta la distribución. No hay afán. Polikarpa es un desfogue y un canal de expresión, no un modo de subsistencia. 

Es decir, una voz libre incensurable. Puro punk.

Luego de no haber tocado desde mayo, se reencontraron hace dos semanas en una sala de ensayos donde algunas bandas amigas se asomaban para saludar y unos tímidos hardcoreros veinteañeros les pedían una foto. Antes del ensayo hubo una reunión para coordinar lo que sería su épica presentación en Rock Al Parque. Catorce mujeres, representantes de diversas luchas sociales y feministas, las acompañaron en tarima para decir con sus propias voces lo que las Polikarpas denuncian en sus letras. Las canciones iban acompañadas de un video lleno de cifras sobre crímenes impunes y con proclamas de resistencia, y de una pancarta que decía “20 años rompiendo el silencio y gritando libertad”. 

Al ensayo solo se quedaron tres de estas mujeres, una de ellas madre de un falso positivo, quien oía atentamente las canciones. En una particularmente movió su cabeza en signo de aprobación y aplaudió al final. Una que decía:

“Ya no quiero más soldados
asesinos a sueldo del gobierno.
Ellos llaman a la guerra 
sucia guerra, pura guerra de ambiciones. 
El dinero no merece 
la muerte violenta de un par de inocentes.
¡Ya no quiero más soldados
asesinos del estado!”

Como tantas otras ideas divergentes en esta sociedad, el punk ha sido estigmatizado como un movimiento caótico, subversivo, dañino y destructivo. Para algunos no tiene más profundidad que la de una moda pasajera, pero para las Polikarpas es la columna vertebral de su vida. Es una suma de valores que define su actuar y la forma de educar a sus hijos. Dante, el hijo de seis años de Sandra, estudia en un colegio de educación experimental y personalizada donde todos los problemas del salón se discuten en asambleas entre los mismos niños.

Ser hijo de una punkera es en definitiva una experiencia particular. Nahual (hombre de sabiduría en lengua azteca) es el hijo de 19 años de Paola. Desde pequeño se metía en el bombo de la batería durante los ensayos de las Polikarpas. Cuando tenía seis se dio cuenta que no todas las madres tenían el pelo pintado de rojo, verde o el rosado incadescente que ahora porta la suya. Un día preguntó por qué sucedía esto y Paola le explicó: “porque soy una mamá muy especial y hago cosas muy diferentes. ¿O cuándo has visto una mamá que toque batería?”. Emiliano, de 7 años, ha tenido que acostumbrarse a la mutación de roles entre su papá y su mamá, Andrea: “él está acostumbrado a que la mamá es la fuerte. Tengo un temperamento más recio que el papá en todos los aspectos, estéticamente, musicalmente. El papá es el que se pone camisetas rosadas y yo no, a mí me gustan las calaveras. Él sí ha tenido que invertir esas cosas, darse cuenta que la que se viste de negro es la mamá, la que oye música pesada es la mamá. Ahí sí ha aportado mucho la música que hemos hecho a la maternidad, en el tema de la autonomía y la libertad, porque yo que hablo tanto de eso ahora me pregunto qué es eso en la crianza. Esto te exige mucho más política y profesionalmente, porque ya tienes una personita a cargo tuyo, entonces tienes que hacer las cosas 3000 veces mejor. Es una autoexigencia muy interesante. Para mí ha sido muy, muy bonito”.

Polikarpa es denuncia. Veinte años de denuncia. Es la forma de tres mujeres de estar al pie del cañón, en el frente de batalla. Es militancia. Es inconformismo, pero no pasivo, sino propositivo. Es el intento de crear un sistema dentro del sistema. Un sistema más equitativo con la mujer, con la tierra, con los ciudadanos. Casi que es la persecución de una utopía. Una utopía punk.

El punk sigue ahí.

El punk nunca se ha ido. 

Solamente ha evolucionado. 

 

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