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Rolling Stones: el concierto que graduó a Bogotá como escenario de primera

El impresionante baile epiléptico de Mick Jagger y la enérgica puesta en escena de los Rolling Stones se apoderaron del Estadio El Campín en Bogotá.
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Redacción Shock

El impresionante baile epiléptico de Mick Jagger y la enérgica puesta en escena de los Rolling Stones se apoderaron del Estadio El Campín en Bogotá.

Por Mariangela Rubbini Q. @bilirubbini // Fotos: David Schwarz (Instagram: @davidmschwarz)

Que disfrutaría muchísimo viendo en vivo a Tame Impala sí, que me hubiera encantado descubrir cuál es la magia que cobija a los Mumford & Sons por supuesto, y que llegaría justo a tiempo para no perderme la brutal puesta en escena que tenía preparada Die Antwoord en el Estéreo Picnic, menos mal que sí. Lo cierto es que cuando se confirmó una nueva gira de los Rolling Stones por Latinoamérica, estaba a punto de comprar tiquetes para ir a verlos al Estadio Único de La Plata en Argentina, y ahí empezó a rumorarse que, en esta oportunidad y por primera vez (y muy seguramente última), estarían también en Colombia. Fallar al inicio del primer día del Estéreo Picnic no sería tan grave y yo a los Stones no me los iba a perder. Ya suficientes golpes de pecho me he dado por haber dejado pasar una y otra vez la oportunidad de asistir a un espectáculo de Michael Jackson y tener que conformarme con el show de One en las Vegas. ¡Qué estupidez llorar con un holograma de Michael cuando tuve la posibilidad de verlo en vivo tantas veces!  Todavía sigo rasgándome las vestiduras por eso. 

Soy de los que piensa que difícilmente seremos tan afortunados de tener en casa un nuevo show de los cuatro legendarios del rock, de poder asistir en vivo y en directo al baile epilépctico más impresionante que haya visto jamás. Cómo perderse la ronquera de Richards, la foto de postal de Ronnie Wood con el cigarro en la boca y las dos horas de postura erguida de Charlie Watts.

Juanes pasó por el stage de los Stones pero ese momento, aunque fue muy emotivo y su participación en la canción Beast of burden fue impecable, pasó casi que imperceptible porque todos estábamos obnubilados por la presencia de los Rolling.

El show de los británicos en Bogotá tuvo una convocatoria de esas que en la alta sociedad capitalina llaman “divinamente” y a decir verdad, qué importa si el que fue lo hizo por snobismo o lo por que sea, si finalmente puede decir que tuvo el gusto de ver en vivo a los Rolling Stones. 

No soy fanática consumada de los Rolling, no tengo todos sus discos, pero sí algunos de los imprescindibles: el Sticky Fingers, el Tattoo You, Let it Bleed y Some Girls, entre ellos. También he comprado un par de camisetas de la lengua y me hubiera encantado poder entrevistar alguna vez a un personaje como Keith Richards. De hecho, en mi colección de revistas guardo como un preciado tesoro esa Rolling Stone con Keith y Johnny Depp en portada, y en cuya entrevista en páginas interiores este último confiesa que Richards fue su inspiración a la hora de construir el carácter de un personaje como Jack Sparrow. Qué no daría, además, por poder colarme en el clóset de Mick Jagger y asaltar algunas de sus alucinantes camisas y chaquetas; como las que lució esta noche para el show en Bogotá. 

Que los Stones visitaran nuestra ciudad, era uno de los requisitos que nos hacían falta para que esta se reafirmara como una de esas por la que, sí o sí, todos los grandes tienen que pasar. Una vez sacada la lengua en El Campín con semejante imponencia, qué más credenciales necesitamos para que aquí aterrice el que sea, hasta con el más aparatoso de los shows. 

Sigue resultando increíble creer que a sus 70 y tantos años, estos señores lleven más de 50 rockeando y que sigan haciéndolo como lo hacen. Se metieron dos horas de show sin parar y en ningún momento, los vimos desaparecer para tomar aliento, algo que le pasa seguido a otros 30 años menores que ellos. ¿Cómo consiguen no verse como viejitos decrépitos haciendo el ridículo? Definitivamente eso es algo que solamente consigue el rock and roll y que pasa una única vez en la historia de la humanidad. Y preciso les tocó a ellos. ¡Qué estilo el que tienen estos señores y que presencia la que los hace brillar en el escenario!

Mi reclamo es que un show de los Stones debería durar lo que duran las fiestas de los matrimonios de las celebridades en la actualidad. Tres días por lo menos. Este cuarteto ha acumulado tantos hits en sus más de cinco décadas de historia, que un show de 19 o 20 canciones que terminó con lágrimas en los ojos de nuestra parte y un “(I Can´t Get No) Satisfaction” coreado a viva voz pareciera quedar reducido a una de esas membresías que regalan Deezer o Spotify para que uno quede antojado y decida convertirse en usuario premium.

Brillantes, alucinantes, abuelos enternecedores y poderosos. Inspiradores. ¿Cómo describirlos? Teníamos que vivirlo, sentir vibrar el piso del Campín y temblar ante su imponente espectáculo en vivo para terminar de entender lo que han significado y significan hoy para el mundo y para el rock and roll. 

Pudimos ver a la banda de rock más grande del mundo y escuchar a Jagger decir ”parceros”, “bacanes”, “gracias Diamante Eléctrico” y “del putas Bogotá”. El que se lo perdió, se lo perdió pero ojalá que intente perseguirlos a donde vayan porque Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts y Ronnie Wood son uno de los espectáculos que definitivamente hay que chequear.

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