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¿Se murió el espíritu rebelde de los graffiteros?

Por
Johana Arroyave

Los “vándalos de la calle”, como llamaban coloquialmente a los graffiteros de las ciudades, son ahora los artistas más buscados y ya no por la policía. Ahora los quieren marcas como Coca Cola, Nike, Adidas, campañas políticas, agencias de vuelos y hasta bancos de todo el mundo para que dejen su marca y firma en publicidades con millones de billetes de por medio. A mediados del 2000 pasaron de la calle a las galerías europeas más importantes y ya registran en ventas, durante 2016, según un estudio de DW (cadena de televisión y radio alemana), más de 195 millones de dólares solo en Europa.  ¿Se convirtieron lentamente en las nuevas estrellas del rock del Street art? ¿Dónde quedaron los valores punkeros y anarquistas del graffiti?

Por: Johana Arroyave

En los 90 nombres como Shepard Fairey, John Fekner, Blek le Rat, Jacek Tylicki, Banksy y Space Invaders, marcaban el inicio de una generación que nació del graffiti pero que en el camino fue encontrando su propia esencia y marca. Las pegatinas, plantillas, posters y esculturas se convertían en las protagonistas de la calle y el medio para dejar huella en las ciudades. Se estaban llevando el título de los precursores de un modelo de arte por el que antes nadie daba un peso y que ahora es el ‘boom’ en el mundo: el Street Art.

El hecho de que estos trabajos estén en la mira de las diferentes industrias comerciales y de por medio haya tanto billete ha sido un tema muy delicado entre los artistas urbanos. El panorama está dividido en dos, hay algunos fieles a las creencias de que el arte de la calle es para dejar mensaje social, crítica política y acabar con el pensamiento de consumo que nos han vendido los medios y otros creen simplemente que lo que importa es pasar el mensaje social, seguir trabajando porque este legado llegue a más lugares y ganar dinero a cambio de ello es la mejor forma para continuar pintando. Algo bastante coherente si pensamos en la famosa frase de mamá ¿de qué va a vivir? Y pues si no es del trabajo propio y del talento ¿entonces de qué sirve esforzarse?

A pesar de la resistencia continua por parte de algunos artistas, las diferentes miradas y opiniones frente a si recaudar dinero está bien o mal, existen personajes como Shepard Fairey, el mismo del cartel 'Hope' de Barack Obama, el más exitoso y también el más criticado comercialista de Street Art. En un cabezazo o un ataque contra la esencia de la escena, aprovechó su fama y construyó una marca de ropa: Obey que en la actualidad es un negocio de varios miles de millones de dólares.

FOTO CARTEL CAMPAÑA

Fairey también se ha metido en contratos con marcas de consumo masivo, el último lo firmó con bebidas Hennessy y por el rechazo y los miles de comentarios negativos, tuvo que explicar en su página de internet cuál era el fin de este acuerdo: “Estoy colaborando con las marcas que de una manera entran dentro de la cultura que amo. Hennessy es una marca muy respetada como producto por su calidad, ética, y su legado, así que sabía que iban a mostrar mi trabajo en una manera impresionante ... el arte de la calle es libre, pero también tenemos que entender la idea de que el arte y el comercio se necesitan mutuamente y pueden relacionarse de manera simbiótica y no en conflicto”.

La última frase de Fairey “el arte y el comercio se necesitan mutuamente” acabaría por completo con el mensaje anti consumo con el que empezó a dejar su obra alrededor del mundo bajo el sello "Piensa y crea, imprime y destruye" mientras usaba la cara de André el Gigante. La contradicción en la obra de artista es tan grande que puede llegar a pasar por un lagarto que se vende al mejor postor, no solo por sus acuerdos económicos con marcas si no por sus filiales políticas, no entendemos si es de derecha por su apoyo con las últimas campañas a la presidencia o si es de izquierda por el número de imágenes de la historia de este sector político que usa para adornar sus obras.

Tenemos ante nuestros ojos una migración del arte urbano en el que sus raíces anarquistas, ilegales, anti consumo, sociales, rebeldes y anti sistema se vuelven borrosas. En esta generación se está haciendo dinero a través de los trazos y líneas, el Street Art ya no es del dominio exclusivo de una pequeña comunidad que trabaja fuera de la ley. Desde que chocó en la cultura dominante, se ha legitimado, desinfectado y empaquetado de nuevo en objetos de consumo. 

Más bien tiene cierto tono hipócrita que se castiguen y crucifiquen los unos a los otros por vender sus lienzos o por firmar contratos con diferentes marcas. En el documental dirigido por el mismo Banksy “Exit Through the Gift Shop”, el cual fue nominado a los Oscar como Mejor película documental y ganó un Independent Spirit Awards como mejor documental, Banksy menciona que quería mostrar que nunca quiso ser millonario por medio del arte, pero al mismo tiempo deja ver cómo se llevó a casa miles y miles de millones de dólares por sus exposiciones vanguardistas y sensacionalistas.

¿Qué está pasando en Colombia?

No hace mucho tiempo artistas como Chanoir, Erre, Rodez, Cacerolo, Guache, Toxicomano, Ledania e inclusive el español Pez y otros cuantos, estaban esquivando a la policía mientras hacían sonar los aerosoles. Estos son solo unos nombres de la nueva ola de artistas de la calle que se dieron a conocer pintando paredes y ahora siguen construyendo su fama a través de sorprendentes obras públicas, al mismo tiempo que reúnen sumas de dinero por venta de grabados y lienzos. Ya no corren de las autoridades ni de los dueños de los edificios donde pintaban ilegalmente, ahora viajan a exposiciones en Miami y en Londres y tienen llenas las galerías urbanas de Bogotá con sus obras.

Luego de que El País de España y The New Yorker se refirieran a Bogotá como la capital latinoamericana del grafiti, se dispararon el número de ojos que miran hacia la Capital y sus talentos y junto con ello aparecieron en el radar espacios como galerías y tiendas en donde se comercializa el arte urbano con las firmas de los graffiteros más reconocidos de la escena colombiana.

Bajo la administración de Gustavo Petro se abrió un espacio importante en la ciudad y aunque fue tras la tragedia en la que asesinaron a el graffitero Diego Felipe Becerra, esto sirvió para que se le parara más bolas al arte urbano y a sus artistas, se crearon mesas grafitreras con el fin de crear un canal de diálogo entre el Distrito y los artistas. De allí salieron numerosos espacios de la ciudad que terminaron pintados de cientos de colores y se les abrió un lienzo vestido de calle (la 26) para que dejaran los mejores mensajes en casi cinco kilómetros de avenida.

En Colombia el negocio no va en bolsas de millones de dólares, pero se está empezando a ver de una manera más amable y muchas de las pinturas que venden en los espacios dedicados para esto no bajan de los 80 mil pesos. Según Erre una de las graffiteras más reconocidas en Colombia, la comercialización de este arte no está mal, a menos que se mantenga la esencia con la que se empezó. “Uno necesita vivir de algo, la forma más sincera de hacerlo es vender una obra propia, comercializar algo que va a estar en una camiseta o en un cuadro que la gente pueda ver significa que el mensaje se va seguir trasmitiendo solo que ya no en la calle. Estaría mal si yo voy pinto en una pared algo con un mansaje social y luego voy a una galería a hacer flores o cosas cool solo para poder vender”

Y con esta teoría la apoya Cacerolo quien confirma que con la venta del arte urbano se pierde la esencia rebelde del mismo pero que si no se hace es imposible llegar a más partes con el mensaje.  “los artistas urbanos tienen que vivir de algo para poder seguir haciendo su trabajo y generando la polémica que generan en la calle, entonces pasar a una galería es solo un apoyo en la carrera del artista, pero esto no le quita que pueda dejar plasmados sus mensajes y sentimientos en las paredes”

Galeristas como Marcel de Visaje Grafiti, la única galería en Bogotá que está enteramente dedicada al grafiti, menciona este paso de la calle a espacios cerrados como una migración en la que se está entendiendo el trabajo del artista y definió en palabras muy simples el boom de este mercado: “es preferible ver a un artista vendiendo y viviendo de sus obras a seguir unas reglas que no sabemos quién inventó y que por ellas se mate fritando papas o empacando en bolsas en un centro comercial”.

Por su parte Camilo López de la galería urbana Vértigo Grafiti cree que no se perdió ninguna esencia, ni rebeldía del arte urbano pues desde que empezó ya se estaba comercializando, “es una idea muy romántica la que se tiene del grafiti y que es muy válida pero el grafiti desde sus comienzos se vendió como objeto artístico, como objeto de debate, como un objeto de referencia social. Lo que pasa es que estamos en el boom de la comercialización, pero esto siempre ha sido así. Desde 1973 se empezaron a vender grafitis en Estados Unidos”.

Según Lorenzo Freydell dueño de la galería Van Staseghem en Bogotá, el concepto de arte contemporáneo cambió con la llegada del urbano. Los grandes coleccionistas han incluido en sus compras obras de artistas callejeros entendiendo la valorización por la importancia que se le está dando a estos objetos en la sociedad y que con el pasar de los días su valor sigue aumentando. Como el caso de Brad Pitt, sí, el actor de cine, ex de Angelina y quien compró una de las primeras obras de Banksy tres años después de haber sido expuesta en una galería. Pago por ella la bobadita de un millón de dólares. Así que este es solo el inicio de un movimiento artístico que está facturando como una máquina de billetes

¿Vándalos o artistas?

En octubre de 2016 se abrió un debate en España haciendo referencia al arte urbano donde se cuestionó si se le puede llamar vandalismo a un sector del arte que recaudó en 2016, según un más de 200 millones de dólares, que tiene piezas de arte en la Casa Blanca y que ha abierto el campo a compradores que nunca antes se habían interesado en adquirir piezas de arte.

También así lo cree Marcel de Visaje Grafiti, “Este boom del arte está acabando con el mal concepto que se creó en Nueva York en donde se tildaban a los graffiteros como ladrones. El mercado se abrió tanto y a un nicho tan amplio que no puede ser un delincuente quien lleva arte a la casa de un presidente”

Pero como no todo puede ser perfecto y a pesar del avance en arte urbano en la ciudad, el alcalde Mayor de Bogotá Enrique Peñalosa, habló de estos artistas como delincuentes diciendo públicamente: “donde hay graffiti hay inseguridad, eso trae criminalidad” osea que no atrasamos dos décadas en un solo día. Claramente la frase causó revuelo en el gremio de graffiteros y se le recordó al mandatario por qué fue que la Administración pasada los incluyó en los procesos de Idartes y por qué Bogotá es ahora referencia mundial en arte callejero.

¿Se putiaron la escena?

Está claro que hay preocupación en el nicho de artistas urbanos por el boom comercial que se está dando con la venta de las obras y la participación en campañas publicitarias, pues ya no se habla del graffiti como mensaje social y anti capitalista sino como ícono de moda. Pero ¿así no empezaron las grandes revoluciones del mundo? Un ejemplo claro es el rock The Ramones, The Beatles, Sex Pistols y todas esas bandas que nos hacen mover la cabeza, si se hubieran quedado en el garaje de la casa ¿conoceríamos su mensaje y su música? Hoy en día estos rockstar hablan de política, segregación, capitalismo y represión pero salen a la calle en tenis patrocinados, instrumentos regalados y venden discos como pan caliente.

Está claro que las más beneficiadas han sido las marcas corporativas y de consumo que han logrado buenas colaboraciones a cambio de grandes cheques con artistas referentes. Microsoft, Converse y Nike han utilizado como publicidad a los graffiteros pagándoles por pintar las paredes de diferentes ciudades con el logo de la marca. Se dice que esto lo lograron luego de contratar a agentes y corredores expertos en arte urbano con la única meta de crear relaciones con estos artistas y lograr engancharlos en el mercado.

Pero con la venta de las obras no sólo se han desbloqueado oportunidades para los artistas de la calle, también se abrió un nicho de compradores que antes no había en la industria y que hace que cada día se acerquen otros nuevos. Y sobre todo no podemos negar que el gran logro que han hecho estos manes es venderle a la misma sociedad consumista y sistemática que tanto critican sus obras con los mismos mensajes anarquistas y anti sistema que siempre han hecho. Sí las obras se vendieron pero el mensaje no ha cambiado.

FOTO ERRE “COMA MIERDA”

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