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One direction: este fue nuestro veredicto

Por
Redacción Shock

Por: Mariangela Rubbini @bilirubbini

Les ofende que los consideren una "boy band". Pero sin duda alguna  lo son. Tampoco les gusta que los comparen con proyectos de este tipo que han sido exitosos en el pasado como los Jackson 5 en los setentas, Menudo y los New Kid's on The Block en los ochentas, y los Backstreet Boys y 'Nsync en los noventas, pero resulta imposible no hacerlo. Si es que todos ellos son la misma formulita mágica, que se repite década tras década y que acumula millones de dólares entre venta de shows, de merchandising, de discos y de la imagen de los chicos para múltiples campañas publicitarias.

Pasados unos 20 minutos desde el momento en el que, con la canción Midnight Memories iniciaron su show en Bogotá, por cierto el primero de su #WWATOUR, voltié a mirar a quiénes tenía a mi lado y les pregunté ¿cómo así, estos no bailan? Alguien se rió y me contestó: ¡qué va!, si a duras penas pueden con los instrumentos. Primera desilusión. A mi me tocaron los que además de cantar, sabían bailar tremendamente bien.

Nadie niega que el montaje del show de los 1D, como los llaman sus fans, las "Directioners", es bien bonito, estallado de color, súper pop y algo impactante, tampoco alucinante pero que está bien hecho, está bien hecho. La organización fue impecable y, como en todos los espectáculos que organiza Ocesa, empezó a la hora que debía empezar. A las 8 en punto de la noche, las luces del estadio Nemesio Camacho El Campín se apagaron y apareció la histeria colectiva. La compañía mexicana ha traído a Colombia espectáculos de primer nivel como el Circo del Sol, Madonna y Lady Gaga. No se espera menos de ellos. Sin duda alguna, nos han dado lecciones de cómo es que se hace una producción de estas características.

La escena del inicio fue muy emocionante. 40 mil personas cumplieron la cita, todas con sus celulares encendidos registrando el momento. La felicidad de padres e hijos, o hermanos mayores acompañando a los más pequeños de la casa, era absoluta. Yo recorrí con la mirada el espacio y con lo que me encontré fue con puras caras de satisfacción y lágrimas en los ojos. De esas que dicen: "Lo logramos, finalmente aquí estamos". Y es que para la gran mayoría de quienes estaban allí, el esfuerzo fue grande. Las boletas no eran ni baratas ni fáciles de conseguir, pero todos se las ingeniaron para hacerse a ellas. Y por eso debo decir, que para mi lo admirable de la noche no fue el talento innato de los 1D (que yo nunca supe detectar). Fueron los miles de papás alcahuetas que hicieron filas eternas hace un año para conseguir las entradas como fuera, que ayudaron a hacer las carteleras con frases de amor aunque fuera con errores de ortografía, que se fueron a pasar la noche en la calle frente al hotel donde se hospedaban los ingleses y que pidieron la tarde libre en el trabajo para poder acompañar a sus hijos al concierto. Eso, sin mencionar, a los muchos que se parquearon con sus hijos afuera del estadio a escuchar con ellos el concierto desde ahí porque no tenían cómo entrar. De esos también había cientos rodeando el Campín.

 

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