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Mabiland: una rebelión en un país de fracasadas buenas intenciones

La chocoana Mabiland cuenta su procesión hasta rebelarse con los estereotipos culturales con los que creció.
Fotos + video: Pedro Sierra @whopeter y Sofía Peláez
Fotos + video: Pedro Sierra @whopeter y Sofía Peláez
Por
Fabián Páez López

La adaptación, ese concepto darwiniano tan valorado para la supervivencia, fue el que evadió Mabely Largacha en su ciudad natal, Quibdó, antes de construir una de las propuestas nuevas más llamativas del paisaje musical colombiano: Mabiland. ¿Cómo la inconformidad terminó de moldear una voz que habla de retar las restricciones sociales y culturales?

Por Fabián Páez López @davidchaka // Fotos + video: Pedro Sierra @whopeter y Sofía Peláez

Hoy todo el proyecto de Mabiland se construye desde un cuartel creativo en el barrio Belén, en la ciudad de Medellín. Es una casa de tres pisos donde siempre alumbran bombillos de luz tenue, donde lo recibe a uno una gata poco amistosa (alias la fiera) y que en el último piso tiene una terraza para las labores de rigor: tomar ron, comer pollo y hablar sobre música y teorías conspirativas. Es la casa/estudio/hogar-para-la-banda del productor y guitarrista paisa Alexander Zapata, mejor conocido como The Magic One.

Fue en el estudio de Alex donde se armó (y se sigue rearmando con nuevas versiones y remixes) el álbum debut de Mabiland, 1995, titulado así porque fue su año de nacimiento. Un disco que fue nuestro favorito de 2018, que la hizo ganadora del Shock Fest Medellín, que se ganó los halagos de la prensa alternativa y del público y que significó un nuevo aire para la forma en que suena la música que se engendra en estas tierras tropicales. También fue un desahogo personal mucho más que un proyecto al que se le pueda apodar con la ecuación “música + lugar de gestación (¿del Pacífico? ¿Chocoana? ¿Urbana? ¿Colombiana?)”.

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Tanto 1995 como Ciclos (2016), su primer EP, son una colección de canciones que parecían haber estado atoradas en la garganta de Mabiland durante mucho tiempo. Son hip hop, R&B y soul con letras que, en efecto, de no ser porque luego de una procesión buscó desbaratar las restricciones de su natal Quibdó y por una rebeldía contenida atizada para bien y para mal por su entorno, no habrían visto la luz.

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"A mí me costó mucho adaptarme en Quibdó. Así yo hubiese nacido allí, en mi casa todo era muy diferente. Me crié con mi mamá y con mi abuela y en ese contexto ellas siempre estuvieron pendientes de lo que quería hacer. Me metí a atletismo y no funcionó muy bien. Luego, entré a baloncesto: era muy mala, luego fui muy buena y llegué a ser parte de una selección Chocó, pero el desorden no me dejó seguir. A los 13 años ya fue la fiesta, las amigas, empezar a coquetear por allí. Mi tiempo era: o estudiaba y jugaba baloncesto o estudiaba y tenía una vida social, que de todos modos no era muy buena. No interactuaba con el mundo porque sí.

Mi mejor amiga, Karla Klinger, entró a jugar un papel superserio y empezó a presentarme gente. En ese tiempo tú te podías caminar Quibdó. En nuestro caso, moverte de zona norte a zona sur caminando, porque era normal. Cuando llegamos a décimo todo se salió de control: todo eran fiestas y tuvimos acceso a motos, no importaba que fuéramos menores, porque allá todo siempre ha sido superilegal, tú ves a un niño de 12 años manejando por la cultura desorganizada que nos creímos (porque no es un asunto cultural básico, sino que nos hicieron creer que eso hacía parte de nuestra cultura). Las discotecas también funcionaban así, pero la cosa se calentó. En la zona norte ya de muchos amigos escuchabas que los habían matado luego de que tú te criaste con ellos. Se convirtió en algo común. Preguntabas por el amiguito del barrio y te decían que lo mataron. Y la gente ni siquiera se tomaba el trabajo de averiguar, solo decían: ‘seguro era porque andaba metido en cosas".

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¿Qué pasaba en el Chocó mientras el círculo cercano de Mabiland iba cayendo cada vez más en la violencia? En los años previos a la firma del acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla de las FARC, la región era (y, de hecho, sigue siendo) un territorio en disputa donde habitaban todos los actores del conflicto en Colombia: la guerrilla del ELN, los grupos pos-paramilitares (Los Rastrojos y más recientemente las Autodefensas Gaitanistas) y sus brazos urbanos de pandilleros y microtraficantes.

Según un informe publicado por la revista Semana, la mayoría de víctimas de esa disputa territorial eran los menores de 25 años. Para 2014, la Defensoría en Chocó estimaba que el 46 por ciento de la población infantil y juvenil (alrededor de 35.000 jóvenes) estaba en riesgo de reclutamiento. El lugar más vulnerable de todo Quibdó era la zona norte, “una periferia donde vive la mayoría de los habitantes de la ciudad” y en la que existe un único polideportivo dentro de un colegio, en el que “el acceso al público se restringió cuando niños entre 10 y 15 años, desescolarizados y que trabajaban con pandillas, hicieron matoneo a los estudiantes”. 

La forma en la que reclutaban a los niños desde los siete años era ofreciéndoles trabajo. Primero, haciendo cualquier actividad, como pegar ladrillos; luego, ofreciéndoles transportar droga de un lugar a otro hasta que terminaban siendo arrancados de su barrio por completo.

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“A muchos pelaos que no tenían nada que ver los mataron porque sí. Los otros se terminaron metiendo porque en Quibdó tú no tienes nada que hacer. No había un teatro, no había un cine. O jugabas baloncesto y hacías deporte y parchabas con tus amigos, o no tenías más que hacer. Entonces, esa otra opción, la calle, la adrenalina, el gueto, se convirtió en la opción de mucha gente. Yo recuerdo a una amiga que quise mucho, que me enteré que la mataron luego de que se había salido del colegio. Nos enteramos que estaba metida en cosas y era el tipo de persona que nunca esperarías que se tuviera que meter en eso, o que decidiera meterse en eso.

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De ese intento de querer relacionarme más con la gente se me fueron quitando las ganas. Porque tenía que entrarme más temprano porque vivía en zona norte, cuando toda la vida había vivido ahí y no era así. Se empezó a calentar el parche y fue justo el momento en el que yo terminé el colegio, vengo a Medellín, a la universidad y hay una ruptura muy fuerte. Yo creo que nunca logré adaptarme a mi cultura respecto a la fiesta, porque mi cultura me parece una cosa increíble (la comida, el clima, lo ancestral y la chirimía y las músicas tradicionales del Chocó me parecen la putería), pero llega el momento en que creces y dices 'Yo por qué tengo que actuar como actuamos todos acá, por qué tengo que ser eso que todo el mundo quiere que yo sea si no me estoy sintiendo a gusto. Y también te das cuenta que muchas amigas o amigos, cuando ya los conoces más, actúan así porque si no lo hacen no los van a aceptar socialmente. Para mí eso se convirtió en un problema”.  

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Dentro de los planes del gobierno nacional, según el Sistema General de Regalías, en los últimos años se han destinado más de 14.000 millones de pesos a proyectos de cultura y deporte en la región. No obstante, en su mayoría esas buenas intenciones parecen estar lejos de materializarse y, sobre todo, obtener sostenimiento.

Recientemente, una de las cadenas de radio más importantes del país hizo dos campañas de recolección de fondos entre su público como obra social para los habitantes de la capital chocoana. Una, para construir un teatro; la otra, para que un número de jóvenes de la región puedan estudiar en la universidad más cara del país, en Bogotá. Iniciativas que, aunque puede que sirvan para algunos, resumen la forma en que se ha tratado de palear la falta de oportunidades: con capitales asistencialistas que toman la forma de la “ayuda” y que no transforman las estructuras sociales que mantienen a la región en la pobreza.

Aun así, la música en el Chocó (la chirimía, el bunde, la fiesta, o el ícono musical más grande de la zona, ChocQuibTown), son hoy por hoy moneda de cambio a la hora de hablar de la diversidad y la riqueza cultural del país. Es una riqueza en medio de la pobreza. Lo curioso, es que esa inflada de pecho, ese orgullo patrio que genera ver la alegría de una celebración como el San Pacho (la fiesta más importante de la zona) o el corito de “Somos Pacífico y estamos unidos” de ChocQuibTown, para afuera, tiene el mismo problema que el asistencialismo mediático: es pasajero y conveniente. Además, como el folclor local es la moneda de cambio y es el único rasgo cultural que se ha valorizado, que se ha vuelto moneda, termina por ser restrictivo para quienes se salen de ese molde, para los que critican.

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“Allá yo no tenía arte disponible a la mano. Si yo quería ir a un teatro me tocaba salir de allá para poder tener eso. Llego a Medellín y lo primero que me encuentro son clases con profesores cuestionándome. El profesor que te da una materia de literatura pero te habla de filósofos y te saca de contexto. Cuando llegué me retaron mucho en ese sentido. Fue un choque no cultural, sino semántico, de quién era Mabely Largacha. Tú creíste toda la vida que eras una persona pero no tenías las herramientas para saber realmente quién eras porque la ciudad no las daba. Ahí empecé a preguntarme: '¿Será que en la ciudad en la que yo vivo, la gente realmente es? ¿La gente tiene cómo ser la persona que es en una ciudad donde se le están limitando las posibilidades de entenderse, de aprender, de conocer?'”

Acá conocí a mi banda actual. Yo creo que mi familia acá son ellos, sin decir que mis hermanos no, pero yo creo que un hogar como el que yo tenía en mi casa en Quibdó lo tuve con ellos. De ahí pa' allá, me metí en el cuento del álbum. Tenía canciones desde que tenía 11 años cuando empecé a escribir poesía. Y tenía muy claro que lo que quería lograr en cuanto lo que había escrito, a la música, al contexto de una pelada que viene del Chocó y no te está haciendo música bailable, tienes que ser muy serio con lo que estás haciendo para que no te tomen como alguien que quiere hacer algo distinto y que no es eso que quiere hacer. Va a ser bien serio cuando ya Mabiland pueda ir a hacer algo allá, porque no he tocado en Quibdó. Y creo que va a ser muy bonito que la gente de la zona norte sepa que no somos lo que nos están diciendo que tenemos que ser. Usted debe elegir qué va a hacer con su vida”.

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