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Estéreo Picnic 2017 día 2: Porque la gente no solo fue a emborracharse

Los borrachos son un símbolo inequívoco para entender que la gente cuando festivalea lo hace sin preocupación alguna.
Por Alejandra Mar.
Por Alejandra Mar.
Por
Luis Fernando Mayolo

Nunca dejamos de sorprendernos en el Estéreo Picnic, de eso se encargó tal vez el primer caído de la segunda jornada cuando lo vimos tragar un poco de agua y barro tan solo a las cinco de la tarde, paradójicamente con una banda buena onda que todo el tiempo invitaba a bailar como Cocó Nonó. Una de esas buenas propuestas colombianas con talante de orquesta, de espíritu gipsy y gitano muy cercano al jazz y al swing que se tomaron el escenario Tigo, cuando todavía no había llegado el grueso de la gente, no para divertirnos, sino para pasarlo bueno sin temor de ser egoistas. Y eso se notó en escena, en sus solos de guitarra, de saxofón y hasta en sus coreografías bailables espontáneas.

Pero no perdamos el foco, porque los borrachos son un símbolo inequívoco para entender que la gente cuando festivalea lo hace sin preocupación alguna y con la actitud de pasar los mejores tres días de su vida, así a veces se pierda el sentido. Y aunque parezca obvio, no está de más recordarlo.

Lo que sí es verdad es que tal vez hubiera sido más consecuente que sucediera en la presentación de los HotPants, que con su rock melancólico de baladas distorsionadas era de suponerse que hubiesen podido destruir su corazón con la nostalgia de su sonido más fácilmente. Incluso era mucho más verosímil que bajo el efecto de los versos de N. Hardem, que explícitamente invitaban a volar, los aterrizara luego sin piedad con ese clamor poético y callejero de ir mucho más allá de sobrevivir.

Pero más que hacer un intento fallido de una lectura sociológica o antropológica sobre los motivos que tiene la gente para acudir al Picnic, porque sería demasiado ambicioso, lo interesante fue la evolución de los comportamientos.

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Hordas y hordas de gente luchando contra el barro desplazándose para ver a sus bandas favoritas como si fueran pueblos errantes. Y aunque eso pasa en los festivales, en el Picnic no ocurría por las razones correctas, que no deberían ser otras que hacerlo para poder capturar la mayor diversidad de propuestas en la memoria.

Años atrás todo indicaba lo contrario. Muchos asistentes caían incluso en videos que sugerían bandas mentirosas en el cartel, porque realmente un gran número venía a otra cosas y ni siquiera tenían un playlist en su cabeza. Ahora podemos decir que se puede ver y sentir un mood diferente, a pesar de que gran parte de las bandas invitadas no sean de 20 o más años de historia.

El indie parece haberse vuelto más comercial que de costumbre. El regreso de Two Door Cinema Club al Festival es testimonio de ello. El escenario Budweiser casi colapsó con la avalancha de gente y fue casi imposible de ver para los que no llegaron con mucha anticipación. Este parche de irlandeses de guitarras con carácter exprimió al máximo su repertorio incluyendo el último trabajo discográfico Gameshow.

Zalama Crew fue otra de las bandas que aunque viene haciendo la tarea desde hace años, en la capital todavía no tenía nada ganado. Al final el público respondió y los acompañó en ese viaje de ritmos, que con una base hip hop recorrió los caminos del reggae, el funky y el pacífico sin complejo alguno. Su evolución desde que ganaron el Festival de bandas de Shock en 2010 fue notoria.

 

El Pacífico en el #estereopicnic #zalamacrew

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El Picnic era un gran parque de atracciones que además de lluvias de hamburguesas de Presto, activaciones de Adidas, almohadazos de Radioacktiva, piscina de pelotas y mirador, lucía un público cada vez más educado.

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Fiesta con Flume para los que tenían la electrónica en la sangre; el niño prodigio de los tornamesas tuvo las mejores visuales de la jornada y brilló con luz propia sin necesidad de sus célebres colaboraciones; para la sabrosura ahí estaba Rawayana de Venezuela; si su aspiración era más rockera ahí estuvo Silversun P‍ickups, la banda californiana que no en vano es comparada con The Smashing Pumpkins, porque su sonido es un pasaje directo a los 90; también Catfish and Bottlemen con una cadencia mucho más britpop y por supuesto los neoyorquinos de The Strokes.

 

Catfish and the Bottlemen #estereopicnic

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Julian Casablancas dando cátedra de actitud y de la honestidad que requiere tocar en vivo sin la falsedad del playback, así algunos no les haya gustado los baches causados por su falta de oxígeno y quién sabe por qué más. Casi 20 años esperándolos y no solo por sus clásicos, sino por su más reciente EP Future present past, con el que los fanáticos enloquecieron con canciones como Threat of Joy  y Drag Queen. Clásicos como Last Night, Someday y Reptilia le regalaron esa dosis de genialidad y tradición que todos pedían, porque como se dice en el fútbol, ellos tenían la historia que se necesita para ser considerados leyendas vivientes.

Claptone y Caribou dieron la estocada final cuando el amanecer era inminente y el posterior karma  del trancón de regreso a casa era inevitable.
 

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