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Preguntas existenciales sobre los festivales para después del Estéreo Picnic

¿Qué tantas bolas le paramos a la música en un festival? ¿Hasta cuándo nos dará el bolsillo para llenar conciertos? ¿Estamos exagerando con los celulares?
Foto: Shock
Foto: Shock
Por
Fabián Páez López

Estéreo Picnic cumplió con éxito nueve ediciones. Nos tuvimos que mojar y nos embarramos en un lodazal interminable para poder salir, pero además de los fallos de logística con la entrada y la salida, a un año de cumplir su primera década como el festival musical más grande de Colombia, el mundo festivalero lo deja a uno con muchas preguntas. ¿Qué tantas bolas le paramos a la música en un festival? ¿Hasta cuándo nos dará el bolsillo para llenar conciertos? ¿Es inevitable que los celulares sean como una extensión de nuestros cuerpos?

Por Fabián Páez López @Davidchaka

  1. ¿Puede uno concentrarse en un Festival? ¿Me voy a acordar de lo que pasó este año?

Hoy los festivales musicales son como el Netflix de las ‘experiencias’: uno paga por la posibilidad de escoger de un extenso catálogo de músicos que bien puede no ver, ver llorando de la felicidad o ver de afán, como maratoneando y con sueño, para hacer rendir la plata.

En un evento como Estéreo Picnic, por ejemplo, al día se pueden presentar entre 19 o 20 bandas, pero a esos shows hay que sumarle que la lógica festivalera implica que los músicos entran a competir casi que con lo mismo que ofrece un centro comercial.

Contando por encima, cada banda que pisa la tarima tiene que llamar la atención del público por encima de más de 20 puestos de juegos o exhibiciones pagados por grandes compañías anunciantes, 60 locales comerciales de venta de chucherías y casi el mismo número de restaurantes. Si bien esa sobreoferta de ‘experiencias’ ha sido provechosa para que conozcamos nueva música, también les exige mucho más a los artistas en términos de espectáculo.  Al final, por garosos, por querer ver todo, termina uno por ver muy por encima a la banda que quería y, a veces, acordándose más de los jueguitos que del concierto.

  1. Si voy a un festival y no me tomo una foto ¿fui al festival?

La vieja y clásica pregunta filosófica ‘Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún ruido?’ toma una curiosa forma en el mundo de los festivales: Si voy a un festival y no me tomo una foto ¿fui al festival?

Solo hay que entrar a cualquier festival del mundo para ver un ejército de personas con el celular en la mano como si fuera una extensión de su brazo, tomando fotos, selfies o grabando cosas, sin importar que en tarima esté ocurriendo alguno de los shows más elaborados del mundo. Si ya resulta difícil concentrarse con el exceso de información que recibimos durante un festival, la necesidad compulsiva de compartir en redes lo que hacemos es una distracción extra que si bien no le hace daño a nadie, merma el valor que le damos a los shows en vivo.

  1. ¿Cuándo se va a reventar la burbuja de los festivales y conciertos en Colombia? 

En el primer día del Estéreo Picnic, la agrupación colombiana radicada en Europa, La Chiva Gantiva, intervino su show recordándonos algo de lo que poco nos acordamos. En pleno evento el vocalista paró para decir al público: “Nosotros tenemos todo. 350000 pesos no los tiene Nadie en este país”.

Es una verdad rotunda. A pesar de que en 6 meses Colombia recibirá a los epces gordos de la música como Radiohead, Depeche Mode, Gorillaz, Lana del Rey, etc. los datos respaldan las palabras de la agrupación colombiana. Basta con recordar que, por ejemplo, en 2017, en esta misma tierra de conciertos y festivales, las palabras más buscadas en Google fueron: Salario Mínimo. Y, pues, el cálculo se presenta evidente: ¿cuánto tiene que trabajar un colombiano para pagarse el gustico?

      4.  ¿En serio los artistas tienen que halagar al público todo el tiempo?

Los llamados y las respuestas del público, en un show en vivo, son importantes porque generan una interacción real, casi que ritual. Pero después de ver uno tanta banda el escenario se llena de lugares comunes innecesarios para el formato reducido que ofrecen los festivales: que somos un público increíble, que una bulla que no los escucho y, lo peor de todo, un flagelo que ha invadido los conciertos desde tiempos inmemoriales: los artistas de habla inglesa que se quieren congraciar con la gente diciendo ‘parce’ o ‘qué chimba hijueputa’ en español. En todo caso, para resignificar esa tradicional intervención, mejor vendría que todos los artistas de regiones anglófonas que nos visitan gritaran:’Jueputa, qué rico’, como un guiño a la arraigada nacionalidad que nos produce la figura de Esperanza Gómez.