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La historia detrás del documental 'El Silencio de los Fusiles'

Hablamos con Natalia Orozco, la directora del documental sobre el proceso de paz entre el gobierno y las Farc que inauguró el Ficci 2017.
Por
Luis Fernando Mayolo

Abrir el festival de cine de Cartagena siempre será un gran honor y un buen espaldarazo para una producción colombiana, pero todavía es mucho más significativo que el documental elegido para hacerlo, El Silencio de los Fusiles, haya tenido su primera función en el país el mismo día en el que comenzó oficialmente el proceso de desarme de los integrantes de las Farc, porque justamente ese fue el proceso previo que cuenta el documental.

“El Silencio de los Fusiles va hasta el cese bilateral del fuego. Estoy tranquila y respeto las diferentes posiciones convencida de que el diálogo es el camino. Reemplazar las balas por las palabras, ese es el sentido del proyecto”, dice la periodista Natalia Orozco, realizadora del documental, cuando le pregunté sobre si estaba consciente de que luego de proyectar su producción sobre el proceso de paz entre el gobierno colombiano y las Farc, las posiciones con respecto a él se polarizarían, tal cual como ha sucedido con otros temas durante estos años que hicieron parte de la agenda de este proceso.

Por eso hay que decir que el Ficci también asumió riesgos al elegirlo como apertura de su edición 57. Pero juzgando por las películas que en el pasado tuvieron esa responsabilidad, el festival se mantuvo fiel a su filosofía, porque cintas como Chocó o Los Nadie presentaban historias que exorcizaban nuestros demonios como país y sociedad, pero también la fortaleza con la que asumimos nuestros tormentos. Para mí, la mejor forma de contarle al mundo y recordarnos a nosotros mismos, de lo que estamos hechos.

“En un principio la película estaba pensada para televisión y tenía una duración de 58 minutos, pero hubo complicaciones y demoras en la producción y se embolataron las cosas. Había posibilidades de contar tantas historias, que pensé que necesitaba más tiempo para una versión más larga. Tenía financiación y ese compromiso para emitir el resultado del trabajo, pero no la claridad de cómo iba a salir.  Decidí entonces presentar El Silencio de los Fusiles al Festival de Cine de Cartagena, pero creía que no tenía muchas posibilidades, ya que carecía de una propuesta estética. Vaya sorpresa cuando quedó seleccionado, fue genial, porque me dijeron que les interesó mucho el valor de la narrativa más allá de la coyuntura, sobre todo por la posibilidad de abrir debates sin tanto apasionamiento. El Ficci estaba dispuesto a asumir riesgos y eso fue increíble, porque justamente el trasfondo de la historia es que todo esto es una batalla de muchos. Fue como una bocanada de aire fresco después de cuatro años de trabajo”, confiesa la periodista.

“El principio del proyecto fue la entrevista con Pablo Catatumbo. Siempre fui muy clara con el gobierno, porque consideraba que en la guerra los dos bandos hicieron cosas horribles. Estaba consciente de la responsabilidad de las élites y nuestra complicidad como clase media. Considero que así se planteó la posición y las partes respetaron esa postura, lo que me permitió hacer preguntas difíciles en momentos de tensión, entendiendo que no estaba ahí para favorecer a alguien. No tuve miedo de mostrar mi opinión, porque era honesta”, agrega Natalia Orozco.

En ese orden de ideas del documental me impresiona sobre todo la evolución de las posturas de los guerrilleros durante el proceso, de la radicalización a posiciones mucho más moderadas. También el poder ser testigo de momentos claves de la negociación incluyendo sus dificultades. Por eso cuando El Silencio de los Fusiles nos involucra en situaciones tan complejas como la liberación del general del ejército Rubén Darío Alzate, sentimos que tenemos acceso a imágenes y entrevistas que nos llevan a un punto más adelante de lo que vimos en el noticiero o interpretábamos a partir de solo los titulares. Testimonios de primera mano de lado y lado, que nos dan nuevos elementos para entender lo que pasaba en el interior de las partes, cuando, por ejemplo, los diálogos parecían tambalear.

“Siempre fue un reto el mostrar en el documental el cambio en el discurso, tanto de la guerrilla, como del gobierno y en general de todos los protagonistas del proceso. Uno veía a Iván Márquez con posiciones radicales, que iban dentro de la demagogia y lo dogmático, por ejemplo. Eso generaba mucho malestar. Por otro lado veía al gobierno con una sensación triunfalista. Creo que el quiebre de los involucrados fue con los encuentro con las víctimas. Ver a Pastor Alape mostrando arrepentimiento…fue un momento en el que entendimos que la guerra tenía que parar”, afirma Natalia Orozco.

También no deja de ser interesante el tener acceso a momentos ‘personales’ de miembros del secretariado como Pablo Catatumbo, en los que comparte con su madre, ven televisión juntos y opinan sobre temas específicos de la realidad nacional. Es la posibilidad de ver una cara que no conocíamos de los ‘villanos’ de esta historia, escuchar qué tienen que decir más allá del calificativo de terroristas y entender que sí es posible el verlos lejos de la guerra y sus tristezas, en un futuro diferente como parte de nuestra sociedad. No deja de ser un tema polémico, por todo el dolor y la indignación que hay detrás de tantos años de conflicto, pero si las víctimas hicieron parte del proceso, es fundamental que los que miramos desde la barrera también lo hagamos, eso sí, entendiendo que lo que vemos en este documental no es una verdad absoluta y objetiva, sino otro elemento más para desarrollar nuestro propio juicio, a partir de la visión de alguien que fue testigo del proceso.

Así lo entiende su directora, por eso establece una narrativa en primera persona, con posturas personales ante lo que sucede y lo que nos cuenta.

“El guión está escrito desde la óptica documental de autor, era ilógico hablar por todos los colombianos. Al principio tenía la idea de hacerlo así, pero posteriormente en esa búsqueda de financiación y participación en festivales, el proyecto tuvo inversión francesa y fueron estos nuevos productores los que me ayudaron a ver que era un poco arrogante hablar por todos. Además, como periodista no creo en la objetividad, el asumir posiciones está en nuestro ADN, desde hace rato cuento historias desde mi visión. También entendí que no puedo hablar por las víctimas, solo tener una mirada honesta de los momentos que pude vivir”, confiesa la periodista, reconocida además por ser una de las fundadoras del portal Las2orillas.

Pero en cuatro años de rodaje y cubrimiento hubo temas que se quedaron por fuera, porque no se tuvo acceso a esos momentos o porque por decisión editorial no se incluyeron en el documental. 

Lamento no haber podido entrar al encuentro con las víctimas de las Farc y no solo por nuestro documental, sino porque registrarlo era una deuda con la historia. En verdad me duele mucho. Lo de Bojayá y el pedido de perdón de las Farc es otra deuda. También me hubiera gustado tener más momentos humanos con la delegación del gobierno, aunque tengo que decir que Humberto de la Calle siempre me recibió bien, porque él quería que todo quedara registrado. Pero no sucedió lo mismo con los equipos asesores de lado y lado, porque el acceso era muy restringido. La verdad es que quería estar registrando 24 horas el proceso, pero tengo que aceptar que fui privilegiada”, dice Natalia Orozco.

Lo mismo sucedió con temas tan importantes como la participación de los niños en la guerra, la mujer y el aborto, los falsos positivos o narrar el documental a partir de los testimonios de las víctimas, acepta con algo de frustración Natalia Orozco, pero argumenta que aunque esos capítulos sí se grabaron, se priorizaron los temas a partir del objetivo inicial. Seguramente estas decisiones serán parte de las críticas que recibirá su documental, tanto como documento social, como obra cinematográfica.

Por el momento se desconoce si llegará a salas de cine colombianas, lo que si está es firmado es que se emita por televisión, aunque todavía no se sabe cuando. Foto: gettyimages.

 

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