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Señorita María, el retrato profundo de una transgénero

Rubén Mendoza, el director de 'La Sociedad del Semáforo' se fue hasta Boavita, Boyacá, para contarnos una historia de la que muchos saldremos conmovidos. 
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En Boavita, Boyacá vive la Señorita María, un personaje con la fortaleza y rebeldía para asumir su condición de mujer, a pesar de haber nacido en cuerpo de hombre y recibir las burlas y el rechazo de una comunidad que hasta ahora nunca la había comprendido e incluso la había acusado de estar poseída. Hasta allá se fue el director colombiano Rubén Mendoza, el mismo de La Sociedad del Semáforo y Tierra en la Lengua para contarnos una historia de la que muchos saldremos conmovidos. 

Hablamos con ellos aprovechando el lanzamiento del documental en el Festival de Cine de Cartagena, para conocer el espíritu y el trabajo detrás de una historia que le tomó seis años narrarla, tiempo en el que Mendoza logró construir una relación tan estrecha con María Luisa, para poder revelar desde los detalles más bonitos de su existencia, hasta el tormento que ha significado el ser aceptada por los que la rodean.

Cómo nació el proyecto y cómo pudo construirse

“Yo sabía de ella por habladurías, porque yo visitaba a mi abuela en ese pueblo y pasé mucho tiempo de mi niñez, a veces temporadas muy largas. Conservé mis viajes hasta a mi adolescencia y un día que iba con una amiga de la época, la vi por primera vez. La señorita María seguramente no se acuerda, iba con una vaca y la saludé. Le pregunté que para dónde era Soatá, pero en realidad era una pregunta tonta, porque era evidente. De todas formas ella me indicó y le agradecí. Eso fue en 2007. Posteriormente en 2011, luego de volver de una beca de escritura en París, desesperado por hacer algo, todavía sin un guión claro, porque allá no logré escribirlo, me acordé de la señorita María y fui a la casa donde mi papá creció con sus 24 hermanos, pero con cámara en mano”, cuenta el realizador colombiano. 

Que  además agrega: “La hice buscar por unos amigos, porque la Señorita María vive a dos horas del pueblo a pie, aunque a ella le rinde. Nos reunimos en la casa de mi abuela, que para ese entonces ya se había muerto, le hice la propuesta y aceptó. De esas conversaciones salieron las imágenes del principio de la película. Rodamos seis días y luego empezó a hacer pataletas y se me escondió. Y bueno, yo la entendía, porque estaba muy prevenida, ya que en el pueblo era víctima de muchas burlas y rechazo. Finalmente se perdió como año y medio.  Lo bueno fue que con lo que alcanzamos a rodar busqué a Amanda Sarmiento, mi productora, y empezamos a participar en festivales hasta que ganamos el premio grande del Fondo de desarrollo. En ese momento tenía la plata, pero ella no aparecía, incluso un día nos hizo viajar con todo el equipo y nunca la encontramos. Luego nos confesó que nos espiaba desde la montaña. Con el tiempo nuestros lazos se estrecharían y creamos una relación de confianza. Empezamos a grabar por periodos de tres semanas, nos íbamos, volvíamos. Gracias a ello comenzamos a profundizar en temas y ella aceptó liberarse un poco de todo ese peso hablando con nosotros. Ahora podemos decir que nuestra amistad hace rato que trascendió lo cinematográfico”.

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