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Las tristes conclusiones que bota Tinder sobre las nuevas relaciones de pareja

“Busco algo serio”…pero no tengo tiempo.
Foto: Getty
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Redacción Shock

Ligar en Tinder es como escoger pareja viendo un catálogo de centro comercial. ¿Nos volvimos objetos para intercambiar orgasmos?¿Se acabó el tiempo para levantar? ¿En el futuro nos ofrecerán una revista de Avon para conseguir pareja?

Por: Juan Camilo Ospina Deaza

¿Qué tan cierto es que se puede encontrar el amor de la vida, la media naranja en Tinder? ¿Cuántas veces hemos leído en la plataforma: “No sexo causal, busco alguien con quien poder charlar” o “busco algo serio”?  Sin embargo, parecen pocos los casos en los que efectivamente surgen parejas estables a través este medio. No nos mintamos, Tinder termina siendo, casi siempre, una plataforma de encuentros casuales y sin ningún compromiso. He ahí su éxito.

Actualmente vivimos en sociedades que no dan espera, el tiempo se ha contraído, lo que pasa en el mundo lo sabemos en tiempo real, la falta de tiempo es una queja colectiva. El transporte desespera no tanto por el suplicio de la aglomeración sino por lo prolongado del suplicio, no hay suficiente tiempo para obtener más dinero, entonces ¿con qué tiempo atendemos una relación de pareja? No tenemos tiempo ni energía para dedicarle a alguien meses y darnos cuenta que esa persona no nos gusta o que no era como no la imaginábamos. Es innegable que las formas de establecer vínculos sociales han cambiado de forma radical, nuestros abuelos y padres no se cansan de recordárnoslo. La globalización, internet, los desarrollos científicos y un largo etcétera han creado nuevos espacios para relacionarnos. Como resultado de estos cambios vertiginosos, nos vemos obligados a usar nuevas estrategias y tecnologías para establecer contacto con el otro. Es en este panorama que Tinder aparece para suplir una necesidad social.

Para quienes han vivido en una caverna en la última década, Tinder es una aplicación geo social lanzada en el 2012, que muestra una fotografía de alguien cercano a nuestra ubicación y basta deslizar esa fotografía hacia uno u otro lado en la pantalla para marcar como “me gusta” o “no me gusta”. En el momento que seleccionamos como interesante a alguien y nos corresponde, la app nos avisa y podemos iniciar la comunicación con dicha persona. La promesa de la aplicación es que hasta una Betty la fea pueda conseguir a más de un Armando en menos de una semana. Reduciendo, claro, el drama y la cantidad de capítulos.

Es así que surge una economía orgásmica. Jugamos a lograr un encuentro sexual satisfactorio con alguien en el menor tiempo posible, con el menor gasto de energía, no a conocer las profundidades sentimentales de alguien. Se abre todo un abanico de posibilidades, donde las personas, reducidas a imágenes se vuelven un objeto consumible. Nos vendemos a nosotros mismos como sujetos que producen deseo. La imagen que ponemos de perfil ya dice mucho sobre nosotros mismos. En una plataforma donde cautivar es cosa de un segundo, hay que ser capaz de llamar la atención de otra persona con una pequeña ventanita de sí mismo. Por esta razón, ponemos la imagen donde creemos que nos vemos bien o interesantes, y hacemos una selección minuciosa de los elementos que aparecen en dicha imagen. Por ejemplo, algunos queriendo expresar que son “fit” se toman fotos en el gimnasio; otros en pose intelectual, con gafa y libro en mano; los “recorridos” suben fotos casuales frente a la torre Eiffel, o bien con el cabello al viento en la proa de una chalupa en pleno Amazonas. La misma lógica que uno aplica al otro se aplica a sí mismo. El principio “Me gusta esta imagen para ponerla en Tinder" o "no me gusta" es el criterio estético de filtrado que tiene en consideración con qué elementos, y en qué orden estamos dispuestos a subir una imagen de sí.

Un fracaso no es lo de antaño, la tenebrosa tusa, una gran pérdida de esfuerzo, tiempo y dedicación, sino que siempre existirá la posibilidad de encontrar de forma rápida a una nueva persona.

En todo caso, siempre se publica una imagen ideal de “si” o lo mejor que me puedo ver para los otros. Se nos dice constantemente que la imagen que ponemos en la interfaz no nos dice quien somos, sino que detrás de ella hay una persona con sentimientos, pero encontramos que en una plataforma donde los encuentros no exceden el tercero, la imagen es la mayor profundidad que encontraremos en el otro. Así, se establece un juego de seducción que se fortalece con los intercambios de mensajes, en los que no se debe mostrar mucho para incentivar la imaginación y mostrar lo suficiente como para crear expectativa y deseo.   

Este procedimiento no ocurre con una sola persona, sino que se vive de forma simultánea con muchas. Un fracaso no es lo de antaño, la tenebrosa tusa, una gran pérdida de esfuerzo, tiempo y dedicación, sino que siempre existirá la posibilidad de encontrar de forma rápida a una nueva persona. La fatalidad está en que no es necesario un fracaso para continuar la búsqueda de nuevas personas, porque la tentación que produce la infinidad de posibilidades es abrumadora. Además, los encuentros cortos y sin compromiso aseguran que uno no llegue a conocer la “monstruosidad del otro”. En el encuentro hay complicidad, el otro también trata de mostrar lo mejor de sí. Al igual que en la lógica de la mercancía, a mayor cantidad, el valor relativo del objeto disminuye. Crear sentimientos para construir algo serio es muy difícil, bajo este panorama cabe preguntarse: ¿quién quiere tener tiempo para una relación de pareja duradera hoy día? 

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