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35 años de I.R.A.: el punk cuando la furia se ha desvanecido

Más allá de sostener una banda, la lucha por construir una utopía. Una utopía punk.
I.R.A - Fotos: Juan Pablo Castiblanco
I.R.A - Fotos: Juan Pablo Castiblanco
Por
Juan Pablo Castiblanco Ricaurte

Cuando se habla de punk en Colombia es imposible –una grosera omisión–, no nombrar a Infexión Respiratoria Aguda como uno de los bastiones y referentes de este género en el país. Trece discos publicados a la fecha, más uno de su proyecto alterno Kanana (el desahogo de su lado metalero, crudo, ochentero, y que nunca ha sido tocado en vivo), resumen su legado musical, pero lo de I.R.A. –que nació como Ideas de Revolución Adolescente– trasciende a lo que se ha delimitado a través de canciones.

Fotos y texto: Juan Pablo Castiblanco Ricaurte // @KidCasti

Hace un par de meses, gracias al apogeo de la serie Narcos en Estados Unidos y Europa, Medellín se convirtió en un destino de peregrinaje para la cultura pop. El alcalde de ese entonces, Federico Gutiérrez, dijo en entrevista con Vanity Fair a propósito de este inusitado fenómeno que "bienvenidos los que nos visitan, pero por favor respeten la historia de nuestras víctimas (…) aún existe mucho dolor".

La huella del narcotráfico, la era de Pablo Escobar y la convivencia con la corrupción estatal a finales de los años 80 y comienzos de los 90 (aunque podríamos estar hablando de este 2020, del 2019, del 2021 y del 2022 también), han dejado profundas huellas en todos los niveles en Medellín y el resto del país. En términos culturales, la encrucijada a la que muchos jóvenes se enfrentaron en la ciudad de tener que escoger entre la plata fácil del sicariato, el exilio o la muerte, desembocó en una movida de catarsis para la rabia, la desazón y el dolor de la que emergieron múltiples bandas de metal y punk (o punk-medallo). La crudeza y la oscuridad del rock al servicio del duelo.

En ese contexto, coincidentemente en el mismo parque donde fue fundada Medellín, el Parque El Poblado, nació I.R.A. por la unión de José Posada, José Roberto y, el único miembro que sobrevive de esa alineación, David Viola. Eran los días en los que Pablo Escobar hacía lo que le daba la gana con el estado colombiano y con la cooperación de una parte de la clase política. Eran los días en los que el Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla era asesinado por su lucha contra el narcotráfico. La historia de la fundación de I.R.A. ha sido ampliamente contada en medios –ya la cuentan casi que de memoria en las entrevistas– y en los libros que el propio Viola ha escrito con las hilarantes y en ocasiones surrealistas memorias de la banda: I.R.A. la antileyenda, Punk Medallo y Aguante I.R.A. 30 años de punk. Varios músicos han entrado y salido de la banda, pero el ingreso más definitivo fue el de Mónica Moreno en el tercer año de la agrupación, convirtiéndose en su actual baterista, cantante de la mitad de las canciones y esposa de Viola, lo que ha hecho que I.R.A. haya pasado de ser un proyecto musical, una ilusión adolescente, un desfogue social, a una utopía punk. A un proyecto de vida. A una vida en sí misma.

Pero lo interesante de I.R.A. es lo que no han contado, o lo que se teje tras su resistencia, tras el hecho de mantener una banda por 35 años. Mónica Moreno recuerda que alguna vez los invitaron a un conversatorio para contar anécdotas de la banda. Entre el público se escondía un crítico anónimo que gritaba “¿por qué ahora ya no es lo mismo?” entre preguntas y respuestas. Desesperada, Mónica se levantó y le dijo “nada es lo mismo. ¿Cómo me va a decir que yo sea el mismo hijueputa ser si ya tengo manchas, arrugas, canas, celulitis, barriga, dos hermanos muertos, mi papá muerto, he tenido peleas con Viola a punto de tirarle una bomba, ganas de demoler todo? No sea hijueputa. ¿Cómo así que yo tengo que ser lo mismo?". 

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Aunque fue a finales de 1984 que la banda comenzó como S.I.D.A. (Sucios y Desordenados Anarquistas), en 1985 se cambiaron el nombre a I.R.A. y a finales de 2019 se cumplieron los 35 años de carrera, 2020 es el año escogido por David Viola y Mónica Moreno para celebrar su trayectoria. Una trayectoria que, fiel a los caminos del arte en un país que no tiene a la cultura en el centro de su agenda a pesar de inventarse términos económicos para vender humo, ha sido la lucha por conservar y forjar unos ideales de vida. ¿Cómo pasó el punk de ser una moda adolescente a una filosofía estructural de vida que se riega a través de todos los hechos de su existencia? ¿Cómo sobrevive el punk? ¿Cómo muta el punk? ¿Cómo se pasa del punk de una banda adolescente, a una vida punk sempiterna?

Y sobre todo, ¿cómo definen el punk?

Si bien Mónica y Viola se complementan las frases, Viola es más anecdótico y desparpajado en sus historias, y Mónica es más estructurada (sin perder el humor) cuando habla. No en vano las tareas de I.R.A. empresa se dividieron así: él estampa camisetas, diseña logos, edita videos, crea ideas de merch, canta y toca guitarra; ella cumple las funciones de mánager, jefe de prensa, administradora, baterista y cantante de la banda. La escritura y composición es compartida. Por eso, Mónica responde con firmeza:

-Ese punk de volverse mierda a nosotros no nos gusta porque es lo que más contradice al mismo punk, a la autonomía, a la libertad, a la independencia, a la posibilidad de escabullírsele un poquito a lo que supuestamente es obligatorio. Lo que más impide que eso se logre es depender tanto de todo, de sustancias, de lugares, de prácticas. Ser capaces de decir “allí no, esto no, esto tampoco”, nos parece tan del punk y nos hace sentir libres y autónomos.

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Para Mónica Moreno y David Viola el punk pasó de ser el uniforme de su juventud al pensamiento que guía todas y cada una de sus acciones, que explica por qué no tienen hijos ni mascotas sino un descendiente llamado I.R.A. por el que viven y respiran, aún cuando de esas siglas pueden pasar días sin que ensayen o meses sin que estrenen música. Las canciones comparten su peso y protagonismo con la existencia misma.

Por el punk, Mónica y Viola se fueron de la ciudad a vivir a Santa Elena (un pueblo a las afueras de Medellín que históricamente ha sido reconocido por sus asentamientos indígenas, cultivos de flores y más recientemente por acoger a muchos paisas que huyen de la ciudad en busca de verde y un estilo de vida más barato) a materializar sus ideas en la que ha sido su casa desde hace 20 años, la Santa Punkera: una fusión de hogar, estudio gráfico, taller de diseño (de todo tipo de cosas), oficina de management, centro de producción de aceites medicinales y huerta de productos orgánicos. Las memorias de esta escapada que llevaban planeando desde varios años antes están en otro libro inédito titulado Alejados, donde cuentan que al comienzo vivían en una carpa improvisada mientras ellos mismos, junto a un grupo de obreros, construyeron la casa actual. “Con el punk encadenamos lo orgánico, la huerta sin veneno, que te comés una cosa sana, que sos vegetariano con lo anti-taurino, y la conciencia de la protección de los animales”, explica Viola, y Mónica completa “y sigues siendo independiente, DIY”.

-¿Salirse de la ciudad y venir a vivir acá es una forma de ser más coherente en la lucha contra el sistema?

-Mónica: Hasta cierto punto, porque digamos, en el sistema bancario estamos. Tenemos que tener una tarjeta de crédito para poder girar con I.R.A. porque cómo vamos a estar en Estados Unidos sin una. 

-Viola: Pero fuimos la primera vez así...

-Mónica: Y nos dimos cuenta que era un bollo porque no teníamos seguro de viaje ni de tiquetes, porque no podíamos pagar todo en efectivo, porque era difícil alquilar un carro. Este espacio (Santa Punkera) sí lo libera a uno de algunas cosas. Por ejemplo, muchas veces el ocio es salir a caminar, echarse en una hamaca a leer una revista, tirarse en la manga a asolearse, prender un fogón afuera para calentar frijóles, y eso te saca del centro comercial, del cine, de la discoteca. Muchas veces los amigos quieren venir porque es una finquita, porque hace rato no tienen un día de campo. Uno sí se libera de cosas, pero uno no se puede quedar sin EPS, sin transporte, sin una tarjeta

-Viola: Hay sobreoferta de entretenimiento. En las ciudades te asomas a la ventana y hay un man proponiéndote algo y uno hace algo.

-Mónica: ¡Y acá no hay nada! Si vos estás en un apto como en el que vivíamos uno tiene que salir de ahí porque uno se enloquece.

-Viola: Cuando no estás tan cerca de una gran urbe te encontrás con vos mismo y te confronta porque ya no estás entretenido con ese montón de amigos en la ciudad, sino que uno está es con uno. 

-¿Por qué anarquía es una palabra problemática para ustedes?

-Mónica: No la anarquía sino la interpretación que han hecho de ella. La anarquía es el autogobierno y eso nos parece una chimba; es la autodirección, el control, la disciplina, el ejercicio de su soberanía como individuo sin que lo gobiernen, digan, recuerden, castiguen, expliquen, manden, paguen o cobren. Pero la anarquía de los punkeros de 15 años es meterse un bareto y dañar algo, coger una vitrina y quebrarla, armar un descontrol o una cosa sin sentido. La anarquía es muy difícil de hacer porque es la máxima expresión de disciplina, orden y autocontrol. Cada vez que una persona se corrompe, ya no es anarquía.

-Viola: La anarquía no es borrachera, ni drogadicción, ni sucio, ni vandalismo, ni vagancia, todo lo contrario. 

-Mónica: No somos anarquistas porque no somos capaces de estar en un punto tan elevado de conciencia y disciplina, y tampoco somos de los anarquistas que dañan las cosas y se toman todo lo que haya disponible. Para qué cargar con un símbolo que uno no puede sustentar.

I.

Néstor López, editor de Ateneo, la casa que ha publicado los libros de Viola, apodó atinadamente a los I.R.A. como “monjes punkeros” resumiendo esa vida que llevan alejada de los excesos de la fama, del vértigo de la modernidad, y más cercana a vivir por completo la filosofía D.I.Y. (hágalo usted mismo). El tercer I.R.A. de la actualidad, el bajista Duván Ocampo, está con Viola-Mónica desde hace 15 años y, aunque es 20 años menor que sus compañeros y solo se dedica a la interpretación de su instrumento, ha encajado en esa dinámica sosegada de vivir la vida. Se acostumbró a la dieta vegetariana, a no tomar, les hizo caso en la idea de no abandonar sus estudios, y entendió que el punk “puede forjar una cantidad de pensamientos que lo hacen a uno mejor persona”. Agrega que “Mónica y Viola son una calidad excelentísima de personas que incluso impulsaron muchas cosas de mi vida para un cambio muy positivo”.

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En la huerta de Santa Punkera, Mónica siembra papa, cidrón, habas, kale, col, camote, comino, yacón, ortiga, caléndula, puerro, cebollín, menta, calero, lechuga, hierba de San Juan, espinaca, uchuva, rúgula, acelga, cebolla, perejil, maíz, ajo, suculenta y brócoli. Todo es cultivado obedeciendo ciclos naturales, aprovechando la polinización de los pájaros, siguiendo prácticas de compostaje, regando con agua lluvia y reemplazando el insecticida por vinagre. Conoce todas las cosas que hay porque es quien las ha puesto ahí, obedece sus procesos y ha estudiado cómo hacer una comida cada vez más saludable para su dieta vegetariana y que además respete los ciclos de la tierra. La mayoría de la cosecha se queda en casa, pero periódicamente Mónica surte a un par de personas en Medellín y también vende miel con jengibre. La huerta es uno de los dos templos personales de Mónica en Santa Punkera; el otro es su “oficina” donde medita; donde hace collares, aretes y manillas de I.R.A.; y donde cura los aceites de caléndula y manzanilla para dolores musculares que tiene a la venta bajo la marca Huerto Libre.

Por su parte, Viola tiene un taller donde hace manillas y correas de taches, estampa camisetas (según él, “punkero que no estampe sospeche de él”), pinta calaveras para ponérselas hasta a la palanca de cambios del carro, y tiene un “laboratorio” experimental de soldadura que bien podría ser el sueño de todo niño-adulto. Motor Caos, como bautizó esta esquina del cobertizo de Santa Punkera, no es diseño ni mecánica sino personalización de motos. Como el padre de Frankenstein, corta y pega partes a su antojo y deja las motos al estilo rat rod: algo así como la estética postapocalíptica de Mad Max. Si sus creaciones no tuvieran que pasar revisiones tecnomecánicas Viola sería aún más extremo en las modificaciones que hace a punta de segueta. Todo este patio de juegos para adulto se convierte en una extensión de la filosofía de autogestión; la lucha por vencer la estandarización del mundo moderno. La defensa de la identidad.

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Hace unos años un periodista del periódico El Colombiano hizo un reportaje sobre Santa Punkera y la apodó “el museo de I.R.A.”. Muchos lectores lo asumieron literal y pensaron que Mónica y Viola iban a abrir un Disneylandia punkero. Al comienzo iba a ser así y por eso las paredes de la casa están cubiertas de discos, boletas de los primeros toques, afiches, guitarras, ropa cargada de taches, regalos de fans y el archivo fotográfico que Mónica ha recopilado juiciosa. En la sala hay una batería que está despiezada y sirve de mesa de centro y lámpara de techo, y también hay cuadros hechos por las hermanas de Mónica que les han regalado para celebrar las tres veces que Mónica y Viola se casaron (sin ningún divorcio). Sin embargo, una vez terminada la decoración se dieron cuenta que no sabían cómo armar una logística de entrada para el público, cuánto cobrar, qué ofrecer y decidieron dejarlo como un espacio cerrado para sus amigos. Santa Punkera es un santuario que da testimonio de sus luchas, que materializa la evolución de las letras de las canciones y las transforma en una vida que honra 35 años de trabajo.

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Hubiera sido muy difícil llegar juntos a este punto como banda y como pareja si no hubieran vivido de otra forma...

-Mónica: Claro porque eso se desbarranca. I.R.A. es una cosa que se hace con guantes porque es punk en Colombia, donde no solo no somos la "música no culta", sino que dentro de la no culta, ¡es la de última! ¿A quién le importa una banda de punk en el Caribe? Si no se lleva con guantes se fisura por cualquier lado porque o se vuelve insostenible económicamente, o una farsa filosóficamente, o un blanco militar, o una oportunidad de volverse mierda.

-Viola: No digo que ahora no hagamos nada, pero sí hubo un momento en el que estuvimos muy activistas y muy empeliculados, pero uno también se pregunta dónde está lo de uno, dónde está mi individuo, mi alma.

-Mónica: Davi, es que mirá que además de lo que estás diciendo, esa energía tan loca del punk es muy juvenil, y uno no se da cuenta que David ya tiene 50 años.

-Viola: Es como el meme, un día estás tomando chorro y al otro día apagando los bombillos de la casa.

-Mónica: Lo que pasa es que es como que no lo tuviéramos permitido, como que por la energía del punk, por el desatalaje de la pinta y la estética, no tuviéramos permitido cansarnos, mutar. No es que no hagamos las cosas, pero no en la línea del frente con los muchachos. 

-Cuando conviven con jóvenes punkeros, ¿ven la incoherencia?

-Mónica: Hay pelados que se soyan unos proyectos bacanos, montan casas y talleres de autogestión, festivales, tienen sus bandas y revistas, dibujan, pero hay unos que para mí es más punkera mi abuelita porque son pelados que entregan todo su tiempo y energía a volverse mierda, a consumir la basura de la sociedad, a replicar la violencia y la agresividad, a no hacer ni mierda porque todo es caspa, comercial, sistema. Pero cada uno tiene que hacer lo que tiene que hacer. Nosotros éramos necios con toda la gana, callejeros.

-Viola: A finales de los 80 Medallo era la locura, a vos te podían matar por cualquier güevonada. Vos mirabas a un man y ¡pum! Nosotros éramos con chaquetas, crestas, caminando por donde no se podía. ¿Que no se podía salir? Nosotros salíamos.

-¿Qué los salvo de no caer?

Viola: El Espíritu Santo y el Ángel de la guarda

Mónica: No sabemos porque vea, nosotros nunca hemos sido viciosos, pero en el parche sí había parceros que eran más loquitos. Nosotros nos entrábamos temprano porque yo estudiaba y trabajaba, tenía horario. Al otro día nos enterábamos que los del parche se habían quedado otras cuatro horas en las que había habido un asesinato, pero TODOS los fines de semana. Los obituarios del parche de I.R.A., ¡ja! Nos contaban que al rato que nos habíamos ido llegaron otros con fierros, que mataron, que se habían ido a pie y en el camino los orilló un carro, bolearon bala y mataron un par. Nunca fuimos tan extremos ni atrevidos como los otros. Cuando en Medallo había toque de queda porque ese tipo (Pablo Escobar) lo puso, nadie salía. Nosotros decíamos "la chimba, cómo así que nadie va a salir, nosotros sí". Nos gustaba ir del Poblado a Envigado a un bar de metal donde nos ponían tres canciones de punk en toda la noche. Tocaba rogarle al dueño que nos pusieran California Über Alles de Dead Kennedys o Stop de Plasmatics y ¡váyanse pa' la puta mierda de este bar que ya no los quiero ver más aquí! Pero cuando ponían eso, volaba gente.

Viola: Hasta ahí llegaba la tranquilidad del bar. Nos parábamos a poguear a tirarnos de las mesas.

Mónica: Porque vivíamos en una represión. No podíamos oír música en ninguna puta parte porque de la calle nos echaban, de la casa nos echaban, del colegio nos echaban...

Viola: Al man del bar lo amenazaron y lo hicieron ir de ahí, porque estaba en Envigado que era pura zona de caballistas. El bar se cerró porque los metaleros eran tranquilos pero a la calentura no le gustaban los roqueros en general, ni metaleros ni punkeros.

II.

¿Cómo encajó en sus familias el punk?

Alcira, la mamá de Luis David “Luchi” Viola, recuerda haber sido la más alcahueta de su hijo desde chiquito, fue quien le compró su primera guitarra en Marinilla y le promovieron la música con la condición de que fuera serio y correcto. La música no era ajena en la casa; el hermano tocaba violina y todos pertenecían a coros de colegios. Pocas cosas daban para pensar que de la familia Viola iba a salir uno de los iconos del punk nacional. El hermano mayor es ingeniero de la armada y vive en Miami, las dos hermanas son administradoras de empresas y ha pasado que sus compañeros de trabajo se enteran que son familiares de una de las bandas de punk más importantes de Colombia y les piden un saludo o que les firmen los discos. “Son más seriecitos, pero apoyan a Luchi, les gusta todo lo que él hace. Lo cuidan, saben que está en lo que está”, resume doña Alcira, quien recuerda que lloró cuando Viola nació porque lo vio tan blanco y albino que no creía que fuera su hijo.

Y entonces, ¿cómo llegó el punk?

-Viola: En mi casa no se escuchaba rock, puro Diomedes Díaz. Decíme pa’ qué voy a decir, por más gente que me va a ver en televisión, que mi mamá escuchaba Queen. No, ella escuchaba el Puma, Diomedes, los Betos, vallenatos, como costeña que era. Yo nací en Medellín y ahí se me pegaron las güevonadas del rock. Mi hermano tenía unos casetes de Blondie y unos LP de Iron Maiden y de Queen, el que tenía We Will Rock You. Imagináte yo de 14 años escuchando eso, ahora no me parece tan pesado porque ya he escuchado Dimu Borgir, Behemoth, Inmortal, pero me parecía tan chimba. Empecé con eso y con un programa que daban en Veracruz Estéreo por la noche que lo conducía el Bull Metal, el primer baterista de Masacre que ya está muerto. Ahí ponían heavy metal, Maiden, Judas Priest, Mötley Crüe, y me parecía una belleza, un mundo súper bacano y me empecé a meter.

Era inevitable que el look de Viola no se fuera a oscurecer. Doña Alcira veía cómo solo le pedía ropa negra a la que luego le abría huecos y le decía “no me regañe mamá”. “Puso a la mamá de modista”, recuerda. Ahora siente mucho orgullo por su “Luchi” y por “Moniquilla”, los considera personas respetuosas y pendientes, y aunque no tiene muy presentes los nombres de las canciones de la banda, recuerda especialmente “la del tomate” (haciendo alusión a Lo que ustedes se merecen) porque de pequeño Viola cogía tomates y los lanzaba.

-Viola: Yo me estaba enredando en una época con el breakdance a través de una película que se llamaba así. Me llamó mucho la atención cómo se vestían los tipos. Estaba como en esa onda del arete, sombrero, camuflado... por esa época me estaba dando mis primeros pinitos en la calle. En el colegio me encontré con otros manes que les gustaba el metal, intercambiamos música y a rodar por los parches de Medellín. Eso era bien loco, quedaba la vinera en el Parque el Poblado y ahí compre vino que volteaba más maluco como un hijueputa. Yo me tomaba dos tragos y quedaba tirado a las escalas. A la 1 de la mañana me levantaban y yo cogía a pie para mi casa y cuál Pablo Escobar ni qué hijueputas, que me mate si me lo encuentro. Siempre llegaba bien, pero un día mi mamá me dijo “usted ya pasó el límite, está muy loco, se descontroló. ¿Está satánico? ¿Qué le pasa? Lo vamos a llevar al sicólogo porque ya se nos salió de las manos, cruces al revés... ¿con quién se está juntando? ¿Está tirando droga? No puede ser así". Mi mamá se puso súper maluca.

La preocupación de Alcira no era en vano. Antes que Viola encontrara el punk, su cercanía era con el black metal, con el parche de Parabellum que, recuerda, tenía letras satánicas del corte de "Satán y Madre Muerte haciendo el amor en el altar de la iglesia" o "bruja maldita que estás en la oscuridad". Incluso Viola alcanzó a ser parte de la alineación de Astaroth, con quienes encarnaban la versión paisa del infierno: “Éramos unos manes peludos, llenos de taches; eso era como ver un guerrero medieval. Mi mamá se empezó a preocupar porque me encontraba los anticristos o la cruz al revés que yo compraba en almacenes religiosos, en la casa le quitaba la argolla y me la ponía. Eso para mí era lo más... Yo creo que la gente me veía y decía ‘¡llegó Satanás!’”. Viola complementaba el look con la decoración de su cuarto, cortinas y paredes negras, para expandir la atmósfera de encierro en la que se metía cuando oía Venom o Slayer para huir de los problemas familiares y sociales.

Viola ya era reconocido en las calles por cómo se vestía, porque pintaba logos de bandas en camisetas y en los cuartos de la gente, y porque se había vuelto en una especie de dealer de metal; lo que oía por acá lo llevaba por allá y así se volvió el eslabón entre los parches de los diferentes barrios de Medellín. El metal era tan fuerte que la emisora Veracruz Estéreo organizó en 1984 una épica batalla de bandas en la que participó la pesada de entonces: Kraken, Parabellum, Gloster Gladiator, Danger o Laser.

Pero el punk inglés también empezó a calar, primero en su versión pandillera, en una ciudad violenta como Medellín. Lo que llegaba era una mezcla seductora de poca virtud y mucha violencia que ayudaba a hacer catarsis. La pinta y el sonido de Plasmatics fueron un quiebre definitivo para que Viola dejara atrás el negro, se hiciera cresta y le propusiera a José Roberto y José Posada hacer una banda de punk llamada SIDA con canciones como Deskontrol, Vómito verde, Suicidio o Mente política. Aunque visualmente era más digerible que el look de ángel del infierno, el punk no significaba una corriente más feliz y positiva.

Aunque Posada está alejado de la historia de I.R.A. desde hace dos décadas y es reacio a contar muchos detalles de la banda y sus orígenes, sí recuerda que “la situación de la ciudad era muy atosigante y no permitía ver más allá. Había un punto en el que uno bajaba al Poblado, a la Universidad de Antioquia, a Bello, y uno veía gente que venía de otros lados hablando de las filas de muertos. Ya se había vuelto normal. Esa persecución lo mantenía a uno paranoico, de ahí se desprendía la corrupción del gobierno, y uno se daba cuenta que los matones eran los mismos”.

-Viola: Cuando me metí al punk mi mamá se tranquilizó un poquito porque ya no me vestía tanto de negro. Estaba muy crossover, chalequito con parchecitos más suaves, nada de Anticristo, jean entubado, una que otra manillita de taches y unos Reebok blancos como el vocalista de Metallica que para mi mamá ya era volver a la normalidad. Luego sí me volví muy punk, con cresta de colores.

La casa de Alcira también fue la sede temporal de I.R.A. pues apenas Mónica y Viola se casaron estuvieron viviendo en el garaje. Ahí organizaban los primeros conciertos que, lejos de espantar a Alcira, la hacían muy feliz porque incluso servían para recoger fondos para ayudar a gente con necesidades. Los vecinos tampoco fueron ajenos al fenómeno y hoy en día le piden a Alcira que avise cuando la banda vaya a tocar o salir en medios.

III.

Mónica tampoco nació en un hogar roquero. La menor de nueve aprovechó la flexibilización de las reglas de la que goza todo hermano menor para vestirse como quisiera, pero fue tan o más responsable con sus estudios que si hubiera tenido encima todo un régimen de vigilancia. En su casa comenzó el romance entre ella y Viola, un compañero de colegio que ya la había visto, que un día fue a su casa junto a otro parche, y que quedó enganchado cuando vio que en esa etapa colegial ya oía a los maestros del rock.

-Viola: Me conocí con Mónica en mi último año de colegio. Yo le contaba que tenía una banda que se llamaba I.R.A. y a ella le encantaba porque éramos contrarios al Medellín traqueto. Ella era una niña hermosa, de copete, monita, divina. Un día me llevaron a la casa de Mónica y ella tenía una colección de LP de Iron Maiden, Pink Floyd y Black Sabbath. Yo era "¿qué es esto? ¿Vos escuchás esta música?". Desde ahí los Gemelos fantásticos, se encontró el hambre con la necesidad.

Luz Helena, la mamá de Mónica, le cogió cariño inmediato a Viola, le pedía ayuda con mandados y le dejaba quedarse con las vueltas para que él y Mónica tuvieran con qué llegar a los parches punketos. Incluso fue artífice de varias crestas de Mónica y Viola y ella misma se hizo una para recibir a su hija y su yerno a la llegada de un vuelo. Para Luz Helena, I.R.A. es “una banda muy buena que da ejemplo, que congrega a los muchachos y los invita a que no usen drogas y no sean violentos”, y así mismo confiesa que “yo soy una viejita y para mí esa música era muy dura y muy estridente, pero me he puesto a oír los mensajes y me llenan”.  

Pero Luz Helena no es la única en la familia Moreno que ha estado compenetrada con el espíritu del punk. Cristina, hermana de Mónica, es conocida entre los más fans como “la Abuel-IRA”, porque los ha acompañado a múltiples conciertos, especialmente una presentación de la banda en Rock al Parque en la que estaba en la tarima luciendo una ruana, ondeó una bandera y bailó. Los más fanáticos pueden a reconocer a Cristina porque ha vendido la mercancía de la banda en algunos conciertos, o porque cuando Viola y Mónica se aventuraron a tener un bar, ella fue de las que les ayudó a atender mesas.  “Si recorres letras de las canciones, hablan de respetar al otro. Por ejemplo, La nueva esclavitud es sobre eso. Antes eran más activistas, más anti tombos porque al ser jóvenes eran más rebeldes y querían defenderse a puño y patada, por decirlo de una manera. Ahora van más tranquilos, caminando y sabiendo qué están haciendo”, explica Cristina.

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¿En algún momento pensaron que esto iba a tener fin o que iba a ser para toda la vida?

-Mónica: Nosotros no pensábamos nada, fue desprevenido. Cuando éramos sardinos no había mucho que hacer porque Medallo era una parroquia, chiquita y goda. Lo único que querían de uno era que uno estudiara ingeniería, derecho o alguna cosa tradicional. Y estaba ese señor [Pablo Escobar] dando bala. Uno podía ser el nerdo que en la casa querían, o el matón que quería el otro. En la mitad no había nada. Nosotros nos escondimos, literalmente, en las bandas. Nos juntábamos en sótanos, bodegas, terrazas, parqueaderos, puras partes marginales pa' que nadie nos viera ni nos encontrara, porque si cogíamos un bar o un teatro, nos sacaban. Todo era negado. Nosotros nos hacíamos e inventábamos nuestra vida. Cualquier adolescente piensa que va a ser eternamente como es, todos creen que no van a cambiar. Nosotros también lo creíamos, pero además se nos fue cerrando el cerebro. Aunque tratamos de ser flexibles en términos de aceptar que la gente sea como es, nosotros sí somos radicales en cómo nosotros lo hacemos. A nosotros se nos fue dando. ¿Qué reversamos, pa’ dónde?

IV.

Mónica entró a I.R.A. y al punk al mejor estilo punkero. Luego de la fundación de SIDA y su posterior conversión a I.R.A. comenzó una era turbulenta donde los músicos iban y venían. Unos se retiraron, otros se tuvieron que ir del país y a otros Viola los echó. Eran días en los que todo se hacía con las uñas y los toques emergían del barro. Por como cuentan sus historias, parece que se estuviera oyendo una serie de mitos y leyendas, pero según Mónica "en los conciertos nos tocaba requisar, cobrar, tocar, barrer", y Viola complementa "nosotros éramos el artista, el logístico, el celador, el del aseo y hasta la policía". En vista de la falta de un baterista estable, Mónica dijo que quería probarse, compró tambores y baquetas y empezó a estudiar.

-Viola: Como no estábamos de afán le dijimos a Mónica “métase a clases que la esperamos” y nosotros también le enseñábamos porque teníamos unas nociones elementales. Comenzó a ensayar conmigo y Gabriel Arango (el bajista de ese momento) y eso sonaba una mierda. Ahí no había nada te digo, pero no teníamos ninguna obligación ni contratos, y nos dimos cuenta que tenía tiempos, que tenía reloj en la cabeza para marcar el ritmo. En el 98 salió un concierto en Cali y le dije a Mónica “parce, le llegó la hora, usted va a ser la baterista de I.R.A.”. Fuimos y bien, bien, no tocamos perfecto pero la sacamos.

Aunque Mónica ya había cantado Sexorcista y Funesta diversión, cortes del tercer álbum de la discografía de la banda, Impotable diversión en 1993, en el 2003 con el popular Epidemia ya se presentó en sociedad como la dueña de la batería. El éxito de este disco y su lanzamiento (dicen que metieron a más de mil personas en una bodega y que tocaron 60 temas en un concierto de 4 horas) fue un catalizador para que Mónica abandonara su trabajo como profesora en la Universidad de Antioquia y se dedicara de lleno a I.R.A.

Lo que vino en adelante coincidió con el éxito “comercial” de I.R.A. o lo que para mucho punkero ortodoxo implicó su “caspeada”, pues comenzaron a sonar y llegar al #1 en Radioacktiva y Radiónica, a ser reseñados en la prensa nacional, a tocar en Rock al Parque, a hacer videoclips de sus canciones (bajo su propia “productora” TKG Films, o Tekagaste Films), y eventualmente a fundar el festival de rock más importante de Medellín, Altavoz. Inspirados en las giras que hicieron por Estados Unidos, Mónica y Viola entendieron la necesidad de crear un espacio que, a la postre, mejoró los pagos a las bandas locales, abrió una feria de merch para encontrar otras fuentes de ingreso, abrió un escenario alternativo para montar bandas emergentes, y dejó un proyecto de memoria del festival que actualmente está disponible en el Centro de documentación musical El Jordán. En 2004, 2005 y 2007 hicieron el peregrinaje soñado de toda banda de rock: tocar en el mítico bar CBGB, cuna de históricos como Ramones, Blondie o Talking Heads. Esta hazaña quedó inmortalizada en el álbum I.R.A. Tour USA 2004 y en un documental que estrenarán el 9 de mayo de 2020.  

La expansión del nombre I.R.A. inevitablemente les trajo detractores desde todos los flancos y Mónica renunció a la dirección de Altavoz. Desde entonces se ha concentrado plenamente en la administración de la banda, tarea que no le ha confiado a nadie pues a ella le gusta manejar milimétricamente todos los detalles, desde las giras hasta la digitalización y carga a plataformas de su catálogo.

En el libro Aguante I.R.A. 30 años de punk Viola escribió: “Mónica y yo somos seres complementarios. Hacemos buen equipo y eso ha sido una base importante para la realización de los proyectos de vida incluyendo los musicales. Aunque algunas veces tenemos posiciones contrarias, muchas veces coincidimos y es ahí donde encontramos la chispa que enciente este motor y lo pone a andar hasta por las trochas más empinadas”.

V.

Dos cosas sobresalen en la mística metafísica de I.R.A.: la jerga militar y combativa, y su dimensión espiritual. Pero comencemos por lo primero.

Cualquiera que haya ido a uno de sus conciertos habrá oído el grito de “Batallón I.R.A.”. Es una gran metáfora para sintetizar lo que ha encarnado esta banda: lucha, resistencia y creación de un ejército de fieles. En sus libros, Viola se refiere a Mónica como una “capitana” y a sus fanáticos como “soldados”. Una parte puede ser por lo desafiante que es sostener una banda de punk en Latinoamérica, otra porque han sido sobrevivientes literales de una guerra urbana, y por último por el hecho de que el comienzo de la historia de la banda coincide con el año en el que Viola prestó servicio militar.

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Paradójicamente, el tiempo en el cuartel salvó a Viola de la violencia de Medellín sicarial y traqueta que incluso le había tocado la puerta de la casa. Una noche, frente a su casa, pusieron un carrobomba con 20 kilos de dinamita dirigido a unos vecinos y que estalló todos los vidrios y desajustó las puertas. El segundo álbum de la banda, Atentado terrorista (1991), atestigua ese momento. En Cali se volvió el popular porque una diminuta, tierna y no punkera Mónica lo había ido a visitar al batallón llevándole pastelito, comida y cigarrillos que Viola repartió entre sus compañeros. Aunque le fue bien en los entrenamientos y tenía madera de soldado, Viola no quería quedarse. Tuvo la suerte de terminar como escolta de las hijas de un general, suavizando el tiempo de servicio e incluso permitiéndole una licencia en la que pudo volver a Medellín en 1989 a grabar el primer disco de I.R.A.: Ideas de Revolución Adolescente, más conocido como Barquizidio. Esa histórica pieza solo se puede encontrar como vinilo de 7 pulgadas o buscándolo en los sótanos de la web pues sus creadores nunca se pusieron de acuerdo para ponerlo en plataformas, pero vale la pena buscar esos 11 fogosos minutos con letras contra la guerra, la violencia, la corrupción política y las adicciones.

El segundo elemento llamativo en este universo es la dimensión espiritual. En sus libros, Viola constantemente hace referencia a las “fuerzas del bien”. Esa intangible y personalizada noción de la divinidad los saca del ateísmo, pero tampoco los mete en alguna religión, conforme a su deseo de no estar en ninguna secta o movimiento radical. "Creemos fielmente que hay poderes más grandes que nosotros. Lo hemos experimentado en la vida. ¿Cuántas veces uno sin buscar nada le llega una sorpresa? ¿Cómo se explica lo impredecible?", pregunta Mónica.

Así entonces, “las fuerzas del bien” es su propia colección de dioses, espíritus, almas, energía presente en árboles y viento, manifestaciones de almas de familiares en animales y plantas, mantras, mudras y hasta en el poder de la oración del Padrenuestro. Para Viola esta es la forma de aceptar que somos un granito de arena en el universo y de combatir la petulancia que implica negarlo. Mónica cree en la protección que le dan piedras y plantas, especialmente las hojas de un árbol que tiene en su casa en honor a su difunto padre, y que cada vez que viaja se mete en bolsillos, brasier, billetera y pasaporte.

VI.

Volver a los orígenes de I.R.A. ya no es lo mismo para Mónica y Viola. Los parques que engendraron la movida punkera –el Poblado, Envigado, Sabaneta, Caldas, La Estrella, Itagüí, Cristo Rey o Castilla– hoy ya tienen otra connotación y albergan otras juventudes. Pero en su momento las calles de Medellín fueron la gran motivación y a la vez enemigo de la banda.

-Mónica: no fue una casualidad, eso fue una reacción. Estábamos desahogando eso y emputados, claro. I.R.A. ha sido tan importante en Medellín porque Medellín ha sido tan goda. En Bogotá uno sale al centro y todo el mundo es como roquero, raro, loco, en cambio aquí usted ve un roquero y ahí mismo resalta. Nosotros hemos podido decir tanto porque ha habido tanto pa' decir.

Para Gabriel Arango, bajista de I.R.A. entre 1998 y 2004, “parte de la historia de Medellín se cuenta a través de ellos. Que en el 91 hayan sacado un álbum que se llamaba Atentado terrorista ya no pasa. El contexto les facilitó, como compositores y lectores de la realidad, a construir una música de la ciudad para el mundo”.

Los primeros conciertos de punk en Medellín se hacían donde se pudiera. Muchos iban de 3pm a 11pm y se hacían los domingos en parqueaderos cuyo vigilante abría las puertas sin permiso del dueño. A los propios músicos les tocaba conseguir sonido por su lado que se les quemaba inmediatamente porque no aguantaba el voltaje. Los que tenían equipos medianamente decentes les alquilaban cualquier cosa porque los dañaban. Otro epicentro clave fue el Ivo Romani, una bodega para guardar equipos de cine que los punkis se tomaban por las noches y donde I.R.A. tocaba al lado de Desconcierto, Bastardos sin nombre, Fértil Miseria, Nadie o Desadaptados. Hoy en día esa bodega alberga una iglesia cristiana. Sobre Medellín, Viola escribió “nos cayó el país como anillo al dedo y nuestra ciudad natal como pedrada en ojo tuerto”.

¿Y cómo han logrado sostenerse en ese ambiente? ¿Cómo no emigrar de una ciudad tan goda?

-Viola: Lo que pasa es que Medellín te atrapa y te expulsa. Tiene unas cosas muy voladas. El punk y el metal son muy soyados y a finales de los 80 eran vanguardias que se vivieron a tope. Aquí estaba Masacre, Neus, Ekhymosis, Nadie, Pestilencia, Kraken, I.R.A. comenzando con todas sus fuerzas… Todas las bandas que te estoy diciendo estábamos en ese punto donde la cosa germina. Entonces uno se enamora de eso, uno dice "acá estamos donde es". Punk-medallo y metal-medallo mandan y mandaban. Uno lo comparaba con lo que veía en revistas y Medellín parecía un Nueva York. Teníamos mucho combo, gente que se interesó en hacer conciertos, tener empresas de sonido, estudios de grabación, video... eso nos atraía. La escena de Medallo se hizo a punto de pico y pala.

-Mónica: I.R.A. se volvió la banda del punk de Medellín y un referente de autogestión, independencia y coherencia. Nos fuimos quedando y armando el parche. Como teníamos la finquita, qué chimba hacer todo aquí donde teníamos el sello, el taller, entonces pa' qué nos íbamos. Hay un momento en que o la banda se deja en el pasado y hace parte de los hobbies de infancia o adolescencia, o se toma como proyecto de vida. En ese momento mucha gente dijo "yo me voy a estudiar y trabajar en el exterior y no voy a estar toda la vida con una banda de punk que nada me va a dejar". Nosotros nos quedamos porque estábamos parchados, descubriendo qué podíamos hacer en Medellín, y estábamos metidos en TODO. Usted habla con cualquier banda en Medellín, le pregunta por sus influencias y todos le mencionan, no por el estilo sino por la forma de trabajar, a I.R.A. Hicimos cosas que yo ahora no haría. En ese momento no teníamos miedo sino unas ganas las hijueputas. Nos juntábamos con Neus, Juanita Dientes Verdes, Polvo de Indio, Pestilencia, Masacre, Reencarnación y nos inventábamos la vida. 

-Viola: De todas formas, ese conservatismo nos llevaba a eso, porque en una ciudad donde nadie está poniendo un montón de límites la gente de pronto también está muy relajada y no hacen nada. La tenés toda fácil. En cambio, donde te están jodiendo, vos decís "las güevas, yo no me voy a dejar".

-Mónica: La dificultad nos obligó. 

VII.

Atrás han quedado las épocas en las que grababan y mezclaban, con ingenieros que no sabían nada de punk, 20 canciones en solo día que fueron empaquetadas en el tercer disco de la banda, Impotable diversión (1993). O también es historia que hayan tenido que vender una moto para poder grabar y prensar Crónicas de una década podrida (1996).

Hoy en día los ensayos y las sesiones de creación de I.R.A. no son diarias porque para ellos la banda no solo es tocar. Además, el hecho de que su bajista actual Duván Ocampo viva en Medellín, a más de una hora de distancia de Santa Punkera, también hace que los ensayos deban ser más espaciados. Aún así, Viola sí toca guitarra acústica todos los días y entre él y Mónica compusieron las siete canciones de Kanana, álbum debut de ese proyecto homónimo; una especie de lado B de I.R.A. en el que la pareja suelta su lado más metalero sin dejar de lado la velocidad del punk.

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Sin embargo, para recordarme algo del éxtasis que se siente verlos tocar en vivo, tocaron un par de canciones en el ensayadero que tienen en Santa Punkera. El estrecho cuarto es otro templo de la banda, plagado de piso a techo de afiches de sus toques y coronado por una foto de la pareja encrestada. Algunas canciones se les ha olvidado cómo comienzan y tienen que recordarse el uno al otro cómo van. En últimas, todas son recuerdos de luchas pasadas, algunas se han ido y quedado en el olvido. En un concierto normalmente tienen una base fija de 20 canciones como Mi punk amor, Sepultado, Sucio plan, Lo que ustedes se merecen, Neurona, Atentado terrorista y Firmes, y hay otras 40 que van rotando para no tocar siempre el mismo setlist. Así mismo, la canción que para cada uno es su favorita va cambiando según avanza la vida. En ese monto, para Viola era Antizocial y para Mónica La vida como es y Sepultado, hecha en memoria de su padre. Hoy la respuesta puede ser diferente.

Lo que siempre ha estado ahí es la esencia combativa que, para muchos colegas, es el gran logro de la banda. Para Dilson Díaz de La Pestilencia, “I.R.A. ha dejado sinceridad a todas las bandas, que con la música hay que persistir, que han sido honestos y reales con la música que han hecho, y me parece que es una música a la que uno le cree”. Gabriel Arango coincide: “son una banda que ha decidido no parar, que me parece lo más digno y respetuoso con la escena”. Y Duván Ocampo remata, “han creído mucho en lo que hacen y aún hoy lo hacen con mucho amor. Y la terquedad, siempre han sido muy tercos, muchas veces les han criticado cosas por tener iniciativa”.

¿Qué causas los encienden, los animan a actuar o los inspiran para componer?

-Mónica: A mí lo que más me mueve es la conciencia individual de la vida de uno. Ahí es donde yo pienso que uno tiene que poner la atención, no en la vida ni la opinión del otro. Me comprometo con mi conciencia y lo que hago con mi vida, tiempo, decisiones, música, familia, casa, banda y amigos. Nosotros trabajamos más que todo en eso y si oís los últimos discos de I.R.A. son eso.

-Viola: A mí me mueven mucho para componer las frases rebuscadas, compuestas, y que tienen que ver con el momento que estamos viviendo. Los refranes me gustan mucho, cuando escucho una palabra que estamos hablando y me parece bacana, ¡tin! salgo y arranco y la escribo para que no se me olvide. 

-Mónica: Los gustos de la gente, las decisiones que toman, su sexualidad, eso no me importa. A mí me interesa lo que nos puede matar, lo que nos puede unir, lo que puede construirnos como personas, como familia, lo que nos puede salvar. Cuando uno está quinceañero toda la culpa son los demás… que la policía, que mi mamá, pero uno empieza a cagarla en todo, lastima a la gente que más quiere, se hace daño a su propio cuerpo, se equivoca con las decisiones que toma. En ningún momento se reacciona para decir "si pienso en mí como el problema y la solución y dejo un poquito quieto lo otro, también vale la pena". Botas de hierro (2017), Firmes (2015), I.R.A. Pura (2014), tienen mucho de eso. 

¿Cuál es el primer recuerdo político que permeó en las letras de la banda?

-Mónica: La narcoguerra, narcopolítica, toda esa cochinada, ha sido lo que ha estado ahí siempre. Los primeros discos de I.R.A. fueron mucho eso, pero ya después uno cambia. Tenemos la misma rabia, pero no les vamos a dedicar la vida. Que coman mierda. Entonces uno empieza a ver también que puede cantar a otras cosas de la vida, a la familia, a las alegrías también, mamadera de gallo a veces, o cosas más existenciales: al poder que también hay en uno para vivir. También llegamos a esa reflexión: ¿vamos a ser un policía que vive pendiente de lo que todo el mundo hace y solo va a hablar de eso? ¿O vamos a vivir nosotros? Decidimos pasar bueno también porque si no esta vida es una amargura. 

Con el pasar de los años la lucha de I.R.A. se ha vuelto por I.R.A. en una ciega creencia de que si esa batalla se gana, muchas otras triunfarán. Durante los días del Paro Nacional les pregunté si estaban marchando y cuál era su opinión del movimiento, y de una manera muy concreta resumieron su postura: “nosotros estamos en paro desde hace 20 años”. Y así como Los Simpson han predicho todo lo que nos están pasando o los tweets antigobiernistas de Hassan Nassar que criticaban a Santos desnudan las falencias de su nuevo jefe Iván Duque, las canciones de I.R.A. han sido una denuncia que exhibe la misma corrupción y violencia en la que ha funcionado Colombia en las últimas cuatro décadas. 

Canciones como No impuestos que tiene 30 años, es un dardo contra reformas económicas, el sistema pensional o el IVA. Poco ambiente habla sobre la defensa que deben tener los páramos contra el fracking; Olé torero es sobre el maltrato animal; Atentado terrorista critica el sometimiento a la violencia; Ataque fatal denuncia la violencia contra la mujer. Esa es la manera de protestar de Viola y Mónica, asegurándose que su mensaje no sea manoseado por terceros para intereses propios. Tal vez eso explica por qué la fanaticada de I.R.A. no es una de las más numerosas, pero sí de las más fieles del país, encontrando en la agrupación una identificación con su descontento. Se identifican con la banda del pueblo, no con fenómeno musical. La gracia de I.R.A. es que la gente quiere a I.R.A. a pesar que mucha gente toca mejor que nosotros, compone mejor que nosotros”, resume Mónica.

A Mónica, reconocida también por su faceta como educadora especial (rama que atiende diversidad ocasionada por discapacidad, problemas emocionales, hiperactividad, trastornos u otras condicionas que dificulten aprendizaje), profesora en la Universidad de Antioquia y asesora de varias tesis en su área, también la han buscado sin éxito para unirse a marchas estudiantiles. La razón extendida de su crítica a estas protestas y al sistema educativo en general está consignada en un libro inédito que se llamará Pedagogía Punk, pero Mónica resume así su postura:

-El propósito fundamental del sistema educativo es la reproducción de todos los errores sociales, de todas las maricadas que aburren, enferman y causan infelicidad. Como profesora me observaba recitando unas guevonadas que ni yo me las creía. Cuando iba a clase subvertía absolutamente todo, los estudiantes se sometían a una cátedra de punk. La educación no puede ser de calidad, porque si lo es la gente se subleva y toda esta hijueputada se daña. A mí me han llamado para mil protestas de educación y les digo, “¿saben qué pelados? Estoy totalmente divorciada con el asunto. el interés de la educación y el de ustedes es el mismo. Parecen peleando, pero van para el mismo lado”. Los estudiantes jamás han peleado por lo que yo me sueño de la educación. Los profesores, menos. Las universidades están hechas para ganar premios, para que el ICFES las apunte, para lograr certificaciones de calidad, pero en realidad la gente pasa re mal, y cuando salen de la universidad pasa lo peor. 

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Ni Mónica ni David necesitan estar en las trincheras para llevar una vida revolucionaria porque su lucha es desde adentro. Por el contrario, su cotidianidad defraudaría al que imagina dos demonios que desayunan sangre y cenan carne humana. Por el contrario, madrugan, se acuestan temprano, hacen ejercicio (Viola abdominales y flexiones; Mónica meditación), caminan juntos por los verdes prados que rodean Santa Punkera, se turnan la preparación de las comidas y las labores del hogar, ven televisión (siguieron compulsivamente el desarrollo de Game of Thrones) y por la noche se empiyaman y se lavan los dientes. "Como cualquier persona, ¿o es que los punkeros duermen de taches, con las botas en la cama y la cresta parada?", pregunta Mónica. Viola sigue oyendo los clásicos del metal, punk, hardcore, ska y reggae pero también pone Vangelis, Enya o new age. Incluso, por los días que conversamos oyó algunas cosas del difunto Avicii y le gustaron.

Atrás quedaron los años de callejear ante la falta de infraestructura, de buscar quién les prestara una grabadora, una guitarra y un parlante decente. Atrás quedaron los días en los que inmortalizaban sus ensayos en casetes, los copiaban y los pasaban entre amigos. El que tenía carro lo ponía y lo oían en el parque hasta que llegaba la policía. El Parque El Poblado era su epicentro –había grandes decisiones estratégicas que lo explicaban como la vinera que quedaba en una esquina del parque–, pero también fue una de las razones por las que tuvieron resistencias iniciales.

¿Cuál es su mayor orgullo como personas y como banda?

Viola: Estar donde estamos, haciendo lo que estamos haciendo, y estar unidos.

Mónica: Tener la banda, hacerla respetar…

Viola: Hacer unos hobbies bacanos, las motos, las patinetas, los vegetales…

Mónica: Haber tomado un poco el control de vida, la persistencia para eso. Digo "un poco" y no "toda" porque si a uno le cae un helicóptero encima pues...

Hoy I.R.A. representa una “Infexión Respiratoria Aguda”, antes fue “Ideas de revolución adolescente” y el día de mañana podrá llegar a ser, como ellos mismos bromean, “Ideas de Revolución Anciana”.

Pero la revolución, esa siempre estará ahí.

 

 

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