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A 30 años del Concierto de Conciertos: ¿cambiaron las cosas o seguimos igual?

Radiografía del estado de los conciertos en Bogotá.
Shock
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Por
Chucky García

Más preguntas que respuestas, en todo caso, deja el aniversario del evento que en 1988 abrió el camino para la industria local de la música en vivo.

Por: @chuckygarcia

La idea original de hacer el Concierto de Conciertos nació en una discoteca, en 1987, y en resumen, más que de rock fue un concierto de baladistas y poperos. Y sin el espaldarazo del gobierno de aquel entonces sencillamente no hubiera sucedido, más que nada porque mientras en Cali los narcos sacaban corriendo a los organizadores y artistas para que literalmente no pisaran la gramilla del Pascual Guerrero (como pasó en el concierto Ecomundo en 1992, con David Gilmour de Pink Floyd encabezando el cartel); en Bogotá quienes defendían el préstamo del estadio a sangre, fuego y agua sucia eran los comentaristas deportivos.

Así fue que en 1988, más de 65 mil almas de todas las latitudes llegaron a ocupar la cancha y las graderías del estadio Nemesio Camacho El Campín, dándole forma y fondo al llamado “Concierto de Conciertos Bogotá en Armonía”, con un line up tan variopinto que hoy sin duda sería perseguido con antorchas por los puristas y atacado en redes por tratarse de un Frankenstein sonoro, a decir verdad, sin unidad entre los pies y la cabeza: Pasaporte, Compañía Ilimitada, Timbiriche, Yordano, Franco de Vita, José Feliciano, Toreros Muertos y Los Prisioneros, entre otros.

Hoy, 30 años después y justo en el año en que debutará la esperada Movistar Arena Bogotá (el nuevo foro que reemplazó al viejo coliseo El Campín y que promete ser el gran epicentro de espectáculos no solo musicales sino deportivos y hasta de tecnología); lo que resulta más interesante no es entrar en el detalle nostálgico de lo que pasó en el Concierto de Conciertos, sino en si en estas tres décadas han pasado tantas cosas en oferta, infraestructura y consumo de música en vivo como creemos.

O si más bien no son tantas y nos hemos vuelto unos especuladores y patrioteros que nos comemos nuestro propio cuento porque Mick Jagger se tragó una oblea sin parpadear y Axl Rose usó un sombrero vueltiao.

Nos centraremos en todo caso en Bogotá, por ser la ciudad que según cifras de la Cámara de Comercio concentra el 45% de la industria musical en vivo del país, y porque siendo sede de 2.303 eventos musicales solo entre los años 2012 y 2015 (en datos de la misma Cámara) es la que comanda no solo la oferta sino la demanda.

Según la Unesco, “Bogotá es una de las capitales musicales del mundo”, y esto no es una afirmación sino una designación, un título que desde 2012 comparte con otras ciudades como Montreal, Glasgow, Bolonia, Gent (Bélgica) y Sevilla. Se habla además de que la ciudad tiene 600 lugares para conciertos en vivo, y que en ella “las fronteras de los géneros musicales desaparecen para atraer todo tipo de público”, como figura en la revista Bogotá Creativa de la propia Cámara de Comercio.

En ese mismo documento, se dice que nuestra capital cuenta con 1.663 empresas relacionadas con el sector de la música, de las cuales “919 desarrollan espectáculos musicales en vivo”. Y ahora vienen las preguntas: si casi un millar realizan conciertos y hay más de medio millar de salas, ¿por qué los empresarios de los que se habla son casi siempre los mismos y no se anuncia el trabajo de otros?; ¿y por qué el promedio de asistencia a conciertos en vivo de un capitalino promedio y en capacidad económica de hacerlo es bajo?

Calculando que un capitalino promedio y en capacidad económica de hacerlo asistiera cada semana a dos conciertos grandes, festivales o conciertos en un bar; estaríamos hablando de que un buen promedio sería consumir ocho espectáculos de música en vivo en un mes y que asistir a solo cuatro –el 50% de esa media– incluso sería muy positivo. Pero, para no irnos más lejos, hagan el siguiente ejercicio entre su círculo de amigos o compañeros de estudio u oficina: pregunten a cuántos conciertos grandes, medianos y chicos fueron ellos en el último mes, y en promedio dirán que entre 1 y 2, y en el mejor de los casos dirán que a 3.

¿Es un problema de precios? ¿De seguridad? ¿De movilidad? ¿O acaso tiene que ver que hasta ahora se está formando la primera generación de colombianos con el chip de la música en vivo ya incluido, y que no son, como muchos de nosotros, hijos de colombianos que sin importar si vivían en grandes o pequeñas ciudades no estaban habituados a consumir música en vivo o a lo que ahora llaman “cultura de conciertos”?

Incluso, ¿aún cargamos con el miedo de salir a la calle que nos heredaron el segundo lustro de los 80 y primero de los 90, cuando agarrar para la calle en ciudades como Medellín, Cali o Bogotá era prácticamente exponerse a un balazo o un bombazo? ¿O, más que este fantasma histórico, tiene que ver que nuestro bolsillo no es blindado y si vamos a un evento de música en vivo grande luego no nos alcanza para ir a uno mediano y mucho menos para ir a los más pequeños?

Por supuesto que hoy contamos con muchos más festivales, súper conciertos y hasta eventos de música en vivo para nichos muy específicos que 30 años atrás nos resultaba imposible tener y hasta imaginar; pero entendiendo en todo caso que esto no crea una circulación regular de artistas sino esporádica y que la gran mina de oro de la música en vivo bien puede estar en que los habitantes o extranjeros tengan a la mano una oferta cerca de su casa o no muy lejos del hotel donde se hospedan; ¿qué está pasando en la calle?

De ese millar de lugares que podrían programar bandas, ¿todos lo hacen o solo son unos pocos y los demás pasan de agache y se ahorran el gasto con una playlist de reggaetón? Y además del programa DC en Vivo de Idartes, que este año se pondrá en acción de nuevo y que en 2017 llevó a cabo 80 conciertos de 38 agrupaciones locales en 16 escenarios, casi todos bares, ¿qué otros programas de este tipo se realizan por parte de la empresa privada o entidades y organizaciones que no sean públicas?

De hecho, una pregunta final, ¿cómo anda el maní de financiar conciertos gratuitos o de pago con patrocinios?, y si en el país tenemos unas cien marcas líderes, algunas con valoraciones superiores a los 1.000 millones de dólares y otras que a su vez reúnen en su portafolio hasta 21 marcas más, según datos de la Revista P&M, ¿cuántas de estas apoyan y patrocinan a la música en vivo y están dispuestas a invertir en su promoción y no necesariamente en un negocio que les traerá un retorno absoluto de la inversión?

Cuando usted piensa en “música en vivo”, ¿con cuántas marcas o empresas privadas lo relaciona? ¿Ninguna? ¿Varias? ¿Más de una? ¿menos de diez? Si es menos de ese número, podríamos concluir a la ligera que ni siquiera el 10% de las 100 principales marcas colombianas o establecidas en Colombia apoyan o patrocinan la música en vivo y que en eso sí estamos igual que en los días del Concierto de Conciertos de 1988. Según el Observatorio de Patrocinio de Marcas en Festivales de España, una marca debería patrocinar un festival porque “El 52% de la audiencia ve atractivos los patrocinios de marcas en festivales de música, al 89% le gustan las marcas que patrocinan un evento de música en directo, el 83% confía más en marcas que apoyan la música en directo y el 36% tiende a comprar productos de marcas patrocinadoras”. Al 96% de los festivaleros “no le molesta que las marcas estén presentes en los festivales y la mayoría cree que la presencia de las marcas en este entorno les beneficia para tener mejores servicios (menos colas, mejor transporte, etc.), poder participar en más actividades y que las entradas sean más baratas”.

 

 

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